Este año quería hacer un regalo especial y diferente. Un regalo que nada más verlo me enamoró a más no poder y que sabía que le encantaría a mi regalado. Descubrí este bonito proyecto en diciembre, leyendo Yorokobu y la verdad es que me habría encantado conocerlo antes.
Tot’em es una forma de poder convertir el sonido en una pieza de madera a través de un dibujo de sus ondas. Mandas un audio y ellos usan un torno para modelar la forma de la onda en un colgante.
¿Por qué os cuento esto? No es porque me hayan pagado por ello, tenía guardada esta idea para regalarla por Navidad, pero al final regalé otro cúmulo de regalos y lo dejé para el 14 de febrero. Os lo cuento porque dentro de poco llega San Valentín y seguro que querréis ser los más originales del mundo. Estoy segura de que esta idea sorprenderá mucho más que un ramo de flores, una cena sorpresa o un viaje (aunque oye, si regaláis cualquiera de esas tres cosas, seguro que quedáis de maravilla, pero añadid este regalo también, que así es más especial).
Bueno, vale. Seré sincera. Realmente os lo cuento para que si alguien quiere cotillearme y sorprenderme con algo especial, que piense en Tot’em. Me daban ganas de pedir dos, uno para mi regalado y otro para mí. Luego pensé que era un poco raro autoregalarme algo tan romántico, que sería como ser la loca de los gatos que vive sola comiendo chino, así que se lo conté a mis amigas para que en un futuro puedan chivárselo a quien busque con qué sorprenderme.
-» Las puertas de embarque están cerradas, pongan sus dispositivos en modo avión y asegurense de que sus pertenencias están en los compartimentos superiores.»
Echamos a correr y el avión sale disparado de la pista al aire. En ese momento confías más en el piloto que en ti mismo. Y te olvidas de donde estás.
Por la ventanilla se ve el paisaje y salvo algunas referencias que conozcas de la ciudad, desde arriba dejas de reconocerla. Hora de perder el rumbo y dejarse llevar.
En un vuelo largo te olvidas de la hora, comes cuando aparece tu bandeja de comida y duermes cuando apagan las luces. Muchos quieren llegar sin jetlag a su destino y aguantan despiertos. Porque en un vuelo no hay horas. Despegas en un lugar donde el horario es GMT(+1) y puedes aterrizar en un lugar donde sea GMT (-7). Podría llegar a considerarlo un viaje en el tiempo porque tu avión no pertenece a ningún huso horario.
Despegas en tu ciudad a la hora de comer y puedes aterrizar en la otra también a la hora de comer. ¿Y mi día? ¿Quién se lo ha llevado? Soy consciente de que han pasado unas horas ¿Pretenden que coma dos veces y haga como si nada? ¿O que haya despegado en lunes por la noche y que aterrice aún siendo lunes por la mañana? Con lo que odio los lunes ¡lo que me faltaba! Tener uno interminable de verdad.
En un avión eres como tu mismo y tus circunstancias. Tú solito, alejado del mundo, en el tuyo propio que ocurre en el avión. En tu lugar en medio del cielo que no pertenece a ningún sitio. Bueno sí, a un lugar pasajero donde no perteneces a nadie.
Este viernes 19 termina mi beca en El Corte Inglés. Durante un año he estado en el Departamento de Social Media de la empresa y no puedo estar más contenta. He aprendido muchísimo y de personas brillantes. Dejaré de verlos por Hermosilla, pero sé que como este mundo es un pañuelo, volveré a verlos en algún otro lado, seguro.
Entré como becaria y desde el primer día me han tratado como una más del equipo, dejándome ser responsable de cuentas y campañas de principio a fin. Me han dejado proponer acciones y sacarlas adelante. Me han salido cosas bien y he vuelto a casa con una sonrisa de oreja a oreja. También cosas mal que me han hecho aprender incluso más, aunque estuviese de bajón toda la tarde. Jamás pensé que con 20 años me dejarían hacer tantas cosas, tampoco pensé que los días que llegaba una hora y pico más tarde a casa lo haría tan contenta por trabajar en lo que me gusta. Ni pensé que los regalices de fresa serían el objeto más preciado de nuestras mesas.
Este año he vivido mis segundas vacaciones «de mayores». Semana Santa no fue una semana, las vacaciones de verano no fueron tres meses de vuelta y vuelta todo el día al sol… ¿Y qué? Mientras todo mi WhatsApp y Facebook se pegaba la vida padre de playas, viajes y borracheras, yo no he parado de aprender y disfrutar de lo que hacía en la oficina ¡el vinito bien acompañada me tocaba por la tarde! He conocido Madrid en Agosto y creedme que es algo que volvería a conocer el año que viene encantada. Madrid en Agosto es un lujo, se vuelve todito para ti, tus antojos y tus curiosidades. Madrid en agosto es un Madrid envidiable ¡y he estado dos décadas perdiéndomelo!
Recuerdo el primer día cuando me presentaron a compañeros del Departamento de Marketing, son tantos que a día de hoy sigo sin saberme los nombres, por mucho que nos hayamos cruzado mil emails. De los que sí me acordaré es de las personas que han estado durante todo este año al pie del cañón: Cristina, Irene, Elena y Dani. Gracias por vuestra paciencia y por haberme enseñado tanto durante 12 meses. Aunque hayáis estado siempre con mil cosas que hacer, me habéis dado todos los ratos del mundo para contestar todas mis preguntas. Tampoco puedo olvidarme de Bego, Ainhoa y Lola que desde FullSIX nos habéis ayudado siempre con ese buen rollo que os caracteriza, fuese la hora que fuese y Víctor que desde 3Lemon también estaba en todo momento pendiente de nosotros ya fuera en su oficina, en la nuestra o vía WhatsApp. De Cris y Gema también me acordaré, siempre se saben las rutas dónde están los archivos de los vídeos de las campañas que hay que subir a Youtube y si no te las cantan desde el otro lado de la pared. También me acordaré de dos personas que se incorporaron más tarde como son Diego, quien nos intenta convencer a todos de que hagamos crossfit y que lleva el deporte en las venas, y quien me sustituye a partir de ahora y que me ha dado micro clases express de Photoshop, Antonio. GRACIAS A TODOS!! 😀
Me voy cerrando una etapa a la vez que abro otra que os contaré más adelante. De nuevo, gracias a los que habéis hecho posible este año.
Tocaba el piano desde hacía años. Sus amigos le llamaban «iceman», porque nunca parecía tener sentimientos. Y si los tenía, era imposible saber qué estaba sintiendo en ese momento. Realmente los tiene, claro que los tiene, muy escondidos y en el fondo del corazón. Es más de quedárselo todo guardado dentro, no le gusta hablar de ello a no ser que se lo intentes sacar de alguna forma sutil. Porque a veces si no se lo sacas, no te lo dirá.
Y ahí estaba yo, intentando saber qué sentía en ese momento. Le recordé las palabras más bonitas que me había dicho nunca: «Dice mi profesor de piano que desde que estoy contigo, la música que toco suena mejor.» Y cuando se lo dije me respondió otra de las frases que se me quedarán grabadas para siempre: «Tú me enseñaste a sentir».
Las fotos hechas con Polaroid tienen su encanto. Son trozos de papel que imprimen lo que estamos viendo en ese momento. Imágenes únicas que capturan un instante. Fotografías de las cuales solo tenemos una copia que se imprime en el momento. Estampas de una idea que tenemos en la cabeza, que llevamos a la práctica y que al imprimirse podemos tocar. Hacemos tangibles nuestros recuerdos. Y ya está. No hay más. Nadie más va a tener tu foto, tu recuerdo, tu momento. La puedes repetir si no te gusta el resultado, pero no será la misma de antes.
Una foto de Polaroid no es como las fotos que hacemos con cámaras digitales, en donde las tarjetas de memoria guardan las fotografías de un viaje que después procesamos en el ordenador y que guardamos entre nuestros archivos. No es como las fotos que hacemos con el móvil que automáticamente se sincronizan con la nube. Tampoco es como las cámaras de carrete que se guardan en una película que después con los negativos podemos revelar las veces que queramos. Además, el papel que tenemos para hacer las fotos es limitado. Y muy valioso. Son imágenes de edición limitada. Por eso las fotos que sacamos con una cámara instantánea suelen ser fotos que hemos hecho con más mimo y dedicación. Le damos más valor e importancia, porque el recurso que imprime ese instante se gasta.
A la larga, las fotos nos ayudan a recordar pedacitos de nosotros, momentos de nuestra vida. Lo que capturamos se queda guardado para siempre.
Son fotos que solo existen una vez. Irrepetibles. Únicas.
Las abuelas de hoy te piden que les regales un iPod para escuchar música cuando salen a dar paseos por la calle o para ir al gimnasio. Heredan tus Kindles y se enamoran del hecho de poder llevar todos sus libros de lectura en un aparato que pesa más bien poco. Usan smartphones y ponen una foto de sus nietos de fondo de pantalla. Son las reinas del WhatsApp. Te llaman usando Facetime aunque estés en la otra punta del globo. Suben fotos de sus pastelitos a su perfil y te hacen salivar aunque estés a 600KM, o de sus manualidades y te hacen flipar y pensar que naciste con muñones en vez de manos. Te dan likes en Facebook, te leen en Twitter y te llaman para qué les cuentes dónde estuviste el otro día, que subiste unas fotos preciosas en Instagram.
Pero se empeñan en decirnos que las «nuevas tecnologías» (que de nuevas ya no tienen nada) y las redes sociales nos aislan y nos hacen asociales.
Quiero hacer muchas cosas contigo pero una de ellas en especial. Ya sabes que me encanta viajar y probablemente sepas que muy a menudo estoy mirando vuelos para poder irme contigo a algún lugar. Sé que los dos queremos salir de España y en especial ir a Francia. A París o a cualquier ciudad no tan conocida donde perdernos y donde hablar en inglés y chapurrear cuatro palabras de francés.
Sé que si fuésemos a París sería un fin de semana porque no nos daría para más con lo caro que es todo allí. Además con lo que nos gastamos en comer fuera en restaurantes bonitos durante el año, tampoco conseguimos ahorrar de manera prudente. Igual iríamos a un hotel de tres estrellas máximo, o un apartamento en Airbnb, lo que sea. Si fuese un fin de semana, aunque ya lo conozca, quiero verlo de nuevo contigo. Esta ciudad nunca cansa, cada esquina es preciosa y contigo lo será mucho más.
Me dan ganas de decirte que vayamos a pateárnosla entera, salir por la mañana tras desayunar y remolonear, coger un mapa y empezar a andar y recorrérnosla entera. Place Vendôme, Place de la Concorde y los Champs-Élysées enteros, hasta el Arc de Triomphe. Cuando estuviésemos cansados nos tomaríamos un café au lait o un chocolat con macarons y croissants. Tienes que conocer los mejores macarons del mundo, los de Ladurée. Te los traje una vez cuando volví de París, pero tienes que probarlos estando allí. Saben incluso mejor. Cogeríamos un metro para ir al Louvre y entraríamos a ver algunas de sus zonas más emblemáticas. Más tarde nos entraría el hambre, comeríamos en una brasserie una soupe a l’oignon au fromage y de postre una crème brûlée.
Seguimos andando más y más. Subimos a Montmartre y nos quedamos maravillados con las vistas desde allí arriba. Vamos fotografiando cada rincón, perdiéndonos por sus calles sin mirar el mapa, qué mas dará. Es París, siempre encuentras algo bonito que ver. Volvemos al centro y pedimos un taxi a la Tour Eiffel paseamos por el Pont Alexandre III, Pont des Arts, nos quedamos maravillados con Notre Dame, entramos en la famosa librería Shakespeare and Company… Se nos va acabando el día. Un día al que parece que le faltan horas.
Querría pasear toda la noche, tras bebernos una botella de vino entre los dos y tomarnos unos cuantos quesos. Me encantaría asegurarme de que no nos dejamos nada sin ver, que aprovechamos al máximo que estamos solos en una ciudad fuera de España, que somos jóvenes y tenemos energía para no parar de andar y de recorrer todas sus diferentes zonas.
En algún momento volveríamos a la habitación y nos echaríamos en la cama, a dormir, muertos del cansancio pero no antes de comernos a besos como si no hubiese mañana, como si fuese el mejor fin de semana de nuestra vida, como si el mundo se acabase pasado mañana y nos pillara en medio de un viaje. Nuestro viaje. Me encantaría acostarme contigo y sentirme la persona más feliz del mundo, por estar esa noche juntos fuera de casa, por haber cumplido uno de tantos sueños que tenemos de viajar juntos.
Me muero de ganas de enseñarte ciudades en las que ya he estado, contigo seguro que son mil veces más bonitas, quiero que me enseñes esas en las que has estado tú de Italia. Tu única vez fuera de España y pudiste ver mucho más que yo en la bota italiana. También quiero estar en sitios donde no hayamos estado ninguno de los dos… Donde sea, pero juntos. No puedo parar de imaginarme viajando contigo en algún momento. Ojalá no tardemos mucho en hacer esas ilusiones realidad. Después de cuatro años juntos, tenemos mucho mundo que recorrer.
Para un publicista probablemente estos sean de los premios que más enorgullece tener. Más allá de ganar un león en Cannes o un sol en Iberoamérica, creo que un EFI es mucho mejor. No solo se premia la creatividad, el que sea la campaña más emotiva de todo el año, sino que se premia si realmente ha funcionado o no. De nada sirve dejarnos a todos con el moquillo si no se convierte en éxito para la marca.
Este año he tenido la oportunidad de ir por segunda vez a la gala de entrega de premios. Ha sido una gala estupenda en la que se ha dejado bien claro que las agencias de publicidad de este país tienen mucho talento. El Club de Jurados lo tuvo muy difícil a la hora de decidir quiénes se llevarían los ansiados premios.
Más allá de hablar del palmarés, me centraré en un premio en especial, ya que es el que más ilusión me ha hecho. La agencia BAP&Conde (¡sí, donde hice mis primeras prácticas!) se llevó un premio en la categoría de local con su campaña «Se chove, ¡que chova!«. Desde el primer día que vi el anuncio, pensé que se lo merecía. Una campaña preciosa en la que los que somos gallegos o de familia gallega, nos sentimos aún más orgullosos de serlo. Si algo caracteriza a Galicia es la lluvia y ese fue el tema principal de la campaña, muy bien unido a situaciones que como gallegos habremos vivido más de una vez.
A los gallegos no les quita la alegría y el ser riquiños cuatro gotas de orballo, por eso ¡se chove, que chova! Un premio que durante los pocos segundos que dejan entre que leen la categoría y el nombre del ganador se me hicieron muy largos. Al escuchar que BAP&Conde era ganadora del premio, hasta se me escapó un gritito de la emoción y no pude parar de aplaudir hasta que me escocieron las manos de la alegría. De verdad, fue un subidón, como si lo hubiese ganado yo misma o hubiese estado en la entrega de briefing y hubiese vivido el día a día del making-of de la campaña.
Después de la gala, durante el catering pude acercarme a hablar con Miguel, fundador de la agencia, y con quien me crucé unas cuantas veces mientras era becaria. Como siempre, un placer estar con él ese rato y compartir con él mi alegría por el premio con una sonrisa de oreja a oreja. Ojalá vengan más, las campañas para GADIS siguen siendo una maravilla.
Además de hablar con quien fue mi jefe también me comí mil canapés, que por cierto, estaban buenísimos y había vasitos de mis tres caprichos favoritos (¡guacamole, foie y salmorejo!). Aproveché para jugar con los mupis de ClearChannel de los espacios de los patrocinadores. Cazando el nuevo logo de MSN gané 50 puntos, entrando en el top10 del ranking del juego. Me hice una foto con los guerreros del espacio y Darth Vader, otra que te hacía un collage en la portada de ABC.es y luego una sesión de selfies poniendo mil caritas que juntaba todas las fotos en un montaje que se reproducía en directo en un mupi de la calle Fuencarral. Había un chico de Microsoft con una Diana que iba haciendo fotos que se revelaban instantáneamente y te daban papel de polaroid con la imagen. ¡Me enamoré mucho de este detalle! La verdad es que fue muy divertido, otra cosa no sé, pero fotos me hice un rato 😀
Para terminar, me fui a casa con un montón de revistas del sector que me encanta guardar en mi habitación. ¡Con lo que valen las guardo como si fueran un tesoro! Además de eso cogí un par de libros, especialmente uno de Steve Jobs, genio al que admiro con todo mi corazón. A la salida daban un libro con todas las campañas premiadas donde se explican enteritas las estrategias, creatividades, medios, datos de viralización de los casos ganadores. ¡La verdad es que sales de allí con el estómago y las manos llenas! Por favor, como sugerencia, al lado de las revistas de marketing, ¡regalad bolsitas de tela para llevártelo todo sin sufrir! Añadimos los logos de los patrocinadores en ella y el tema principal de la gala, en este caso ENFOCADOS, junto con el hashtag y ya tenemos unas prácticas bolsas para volver a casa cargados de inspiración publicitaria. Las que vivimos a las afueras de Madrid y tenemos que hacer el viaje desde IFEMA os lo agradeceremos de todo corazón. Y lo que mola ir a clase o a la oficina después con la bolsa y que todo el mundo vea que fuiste a los Premios Eficacia qué, ¿eh?
Sin duda fue una noche fantástica, llena de emoción y creatividad publicitaria a raudales. Todo ello acompañada de mi amiga Blanca, con quien compartí la experiencia de ser becaria en la agencia, una publicitaria gallega muy riquiña a la que he seguido viendo después de terminar la primera beca de prácticas. En Coruña, en Madrid, en los Premios Eficacia.
Otro ejemplo son los drones, entre otros usos, hablemos de la parte artística. De los envíos de Amazon a través de drones hay más artículos. Se acabó tener imágenes maravillosas de los estadios de fútbol desde lo alto del cielo, ver los mejores goles desde ángulos que las cámaras no captan. Se acabaron los vídeos con imágenes captadas desde el aire de ciudades que parece que nunca duermen
O los time-lapse grabados desde un dron, de monumentos que jamás podremos ver desde esos ángulos (básicamente porque no podemos flotar encima de una obra para ver esos detalles).
Miles de avances que nos permiten vivir la vida con las nuevas tecnologías a nuestro alrededor con total naturalidad (y con nuevas tecnologías me refiero a los ejemplos mencionados anteriormente). Seguir denominando nuevas tecnologías a las RRSS cuando llevan existiendo años ya no es tan nuevo. Instagram desde el 2010, Twitter desde 2006, Facebook desde 2004… y así.
Ahora lo que nos gusta es compartir todo lo que vivimos pero claro, ya ha venido alguien a decirnos que por compartirlo todo estamos perjudicando nuestra vida. Que vivimos para derrochar likes y follows. Que ya no disfrutamos de las cosas que nos pasan como lo hacíamos antes. Sí, hablo del fatídico vídeo que ha dado la vuelta al mundo. Si eres uno de los millones de personas que aún no lo ha visto, lo dejo aquí. Menos mal que en Xataka hicieron un artículo muy bueno reafirmando que es un vídeo lleno de mentiras. El artículo no deja títere con cabeza.
Sin duda este vídeo no me dejó indiferente. Hace dos semanas lo vi pasar y no le presté mucha atención, pensé que era una exageración y punto. Al día siguiente vi a todo Facebook compartiéndolo. La gran mayoría diciendo cuánta razón tenía el vídeo y qué mal lo estábamos haciendo. No paré de ver como la gente empezaba a sentirse culpable porque ese vídeo estaba reflejando la supuesta sociedad en la que vivimos.
¿En serio? Cómo podemos dejarnos llevar por un vídeo que apela a los sentimientos usando los clichés de siempre. Amor, familia y niños. Ya tiene los tres ingredientes básicos para ser viralizado. Lo ponemos un poco sentimental de más y ya dará la vuelta al mundo. Y eso que no salen gatitos.
Anda que no es bonito ver una puesta de sol, hacerle una foto y al instante ver a toda tu comunidad haciendo fotos de ese mismo candilazo, cada uno desde un lugar distinto de la misma ciudad. La fuente de este argumento la tenéis en vuestra app de Instagram en torno a las 20h-21h cuando notes que el cielo empieza a tener colores bonitos. Hazle una foto y verás como al minuto, de tus followers de la misma ciudad, al menos uno habrá compartido el candilazo desde donde le haya pillado. Y si en ese momento te metes en el hashtag #Candilazo o #Madrid verás que miles de desconocidos también lo están compartiendo.
Si nos vamos a un terreno más personal, evidentemente, los momentos especiales que vivamos con esa persona se quedan entre los dos. Eso no nos lo quita nada ni nadie. Las miradas no se pueden compartir, ni la emoción que sientes según qué momentos.De esto no tengo ejemplo, cada uno se puede basar en su propia experiencia.
Pero ¿porqué no compartir que estás disfrutando de una comida magnífica en el restaurante que sea? Amigos verán las fotos y querrán ir. Anda que no me hacen salivar las fotos de los restaurantes más molones de Madrid a los que van amigos. Me ponen los dientes largos y al cabo de un tiempo, igual estoy viviendo la misma experiencia gastronómica que vivieron ellos. Y me he enterado porque lo pusieron en RRSS a través del objeto tan polémico. Con este boom de hacer fotos a comida, restaurantes han decidido beneficiarse de esta tendencia. Si comes en ese restaurante y le haces fotos a la comida etiquetándola con un hashtag del local, puedes terminar comiendo gratis. Te conviertes en el soporte publicitario del restaurante y el local se ha dado cuenta de lo bueno que es eso para ellos, por lo que quieren recompensar a sus clientes. Ahora mismo tengo un antojo tremendo por ir a StreetXO porque medio timeline ha pasado por allí para dar envidia con los platos que disfrutan. ¡Lo que está ganando este local gracias a Twitter e Instagram no tiene precio!
Posiblemente ahora no vivimos solo para nosotros mismos y disfrutamos compartiendo con más gente esas vivencias. Pues oye, mejor ¿para qué guardártelo todo para ti en vez de poder recomendarlo a mucha gente en un solo click?
Nadie dice que tengamos que sustituir el contenido que compartimos por una buena charla, cervezas y los amigos de siempre. Se pueden hacer las dos cosas a la vez. Hay que aprender a disfrutar dentro y fuera de la red social, se puede mantener un equilibrio perfectamente sano.
Como decía Aristóteles, «en el término medio está la virtud.»
Viral ¿qué es algo viral? Algo que pasa de pantalla a pantalla en internet, algo que todo el mundo comparte por una razón.
Y esa razón ¿cuál es? ¿Porqué compartimos?
Compartimos porque vemos algo que nos gusta/llama la atención/sorprende/emociona. Es decir, porque ese material que hemos visto nos provoca una reacción, ya sea buena o mala.
Compartimos para que las personas lo vean en sus perfiles de RRSS. Y cuando compartimos para que vean lo mismo que acabamos de ver hace un segundo, lo podemos hacer porque queremos que nuestros lectores piensen que estamos puestos y somos «trendys» oporque nos enteramos de noticias antes que nadie. Y cuando alguien comparte tu contenido diciendo que lo ha visto gracias a ti, reconforta.
Pero más allá de compartir porque nos guste o no ir a la moda, compartimos para que nos conozcan. Es algo así como «dime qué compartes y te diré quién eres«. Cuando compartimos algo lo hacemos también porque nos interesa que sepan qué es lo que nos mueve, lo que nos provoca ciertas sensaciones, lo que nos llega. En función del tipo de intereses y motivaciones que tiene cada uno compartiremos unas cosas u otras.
Esta reflexión deberían hacerla muchas marcas, ya que hoy en día se obsesionan por el fenómeno de lo viral. Van a agencias de comunicación pidiendo «que les hagan un viral» y eso no puede ser así. Lo que tendrían que hacer es pedir un contenido MUY bueno que transmita X emociones para que sus consumidores se sientan identificados y quieran compartirlo.
Más allá de compartir contenido facilón, simple, gracioso, absurdo, también se comparte contenido MUY bueno. Y es ahí donde las marcas deben insistir. Si al compartir un vídeo de una marca, cambias la marca por la competencia y el vídeo sigue diciendo lo mismo, es que la marca ha fracasado y su viral no transmitirá lo que de verdad tenía que decir. Porque cada marca tiene su filosofía y se debe reflejar en el vídeo que nos apetezca viralizar.