“Los buenos ratos, el sol de enero…”

El brazo está caliente, la ropa negra hace que el calor penetre por ella haciendo que éste sea más intenso y marcado. El sol siempre haciendo de las suyas.

Hoy no hacía excesivo calor, más bien mucho frío, un día nublado y con aire que viene congelado del alto de los Alpes. Nada acogedor, pocas ganas de ir por la calle, con el abrigo bien cerrado, sin botones que hagan que entre ese aire que te congela la espalda cuando te toca, con la bufanda bien sujeta al cuello para mantenerla a la temperatura corporal estable. Guantes por si llevas las manos fuera de los bolsillos, si no es así las que llevas guardadas sin sacar de ahí. A no ser que tengas que hacer una foto, o dos. De esos momentos que tienes que capturar y da igual que haga frío, que nieve, esté cayendo la del tigre o truene.

Ahi estás ese mismo día sentado y recibiendo un agradable calor en tu piel. Porque por la ventanilla del avión entra ese sol tan acogedor que siempre será bien recibido. Sobre todo si fuera hace frío. Cuando el día es gris y parece que el sol no está en ningún lado, volando hasta arriba ves que sí está. Y calienta.

En medio del mar muerto de nubes que nunca tiene mareas altas o bajas. De las que dan ganas de echar a correr por encima de ellas y comértelas a bocados si te caes de morros contra ellas.

Y sí, los aviones inspiran.