De fechas

Estaba mi libro abierto. Tenía una fecha escrita en la parte superior de la página a lápiz. Los números no estaban separados por guiones o barras, pero esa chica intuyó que era una fecha. Le buscaba sentido a los números para hacerlos cuadrar y que saliera la fecha exacta.

-¡Quién lo diría! ¡Qué rápido ha pasado el tiempo! ¿no?

-Dímelo a mí, que se me ha pasado volando.

De unos números sale una historia.

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¿En qué piensas?

Hablando con una compañera, dando vueltas por el patio, cada una pensando en su mundo y sin hablarnos. En un momento inesperado para ella, chasqueo los dedos y después de un “clack” pregunto: -¿En qué piensas?¿En qué estabas pensando?- Ella me responde que miraba a unos chicos que estaban allí de pie y que se preguntaba que hacían. No es cierto, estoy segura de que no pensaba en eso. Hoy me ha contado algo con lo que me ha dejado sorprendida y fijo que estaba pensando en ello.

Luego la miro y digo: -No estabas pensando en eso, y lo sabes” -Vale, en realidad no pensaba en nada-

Entonces es cuando me pregunto: ¿Qué es no pensar? Siempre tenemos algo en la cabeza, aunque sea al estar mirando una pared, estarás pensando en las grietas que hay en ella, pero ¿la mente en blanco? Así es como te quedas en un examen si no lo tienes preparado, “in albis” pero el no pensar en nada, no puede ser posible.

Las miradas sienten

Los sentimientos son algo subjetivo. No los vemos, ni los tocamos, pero sí los sentimos y los ven en nosotros. Pero hay gente que se los guarda, que no los sabe expresar y hace lo posible para que no se los noten. Otros tienen facilidad para mostrarlos. Les gusta que la gente de su alrededor sepa lo que piensa, o al menos que se hagan la idea con solo mirarlos.

A veces eso es bueno. Cuando no te apetece hablar y según que tipo de miradas eches, lo puedes decir todo sin haber abierto la boca. Y esa habilidad la tienen desarrollada muy pocos, pues no es fácil decirlo todo con la mirada. Siéntate y mira fijamente a una persona. Verás como su cara cambia según pase el rato. Mírala. Está pensando en cientos de cosas. ¿La estás mirando? Hazlo discretamente para que esa persona no se sienta observada. Ahí empieza el juego de miradas.

Es típico cuando a alguien le gusta una persona. La miras y observas cada movimiento que hace. Cuando te pilla mirándole, rápidamente cambias de dirección la mirada y haces como si nada hubiese pasado. No quieres que se de cuenta. ¿Se ha dado cuenta? Tan evidente no podías ser. La siguiente vez mira más de reojo. Entonces es cuando las miradas se vuelven a cruzar. Vale ya. Suficiente.

Pero ¿a que esas miradas son distintas cuando miras a alguien con quien tienes confianza? La puedes mirar todo el tiempo que quieras, no se va a molestar. El juego es distinto y hasta produce sensación de felicidad. No sabes porqué dirige los ojos hacia los tuyos, o igual sí, pero qué más dará la razón. Te estás mirando con esa persona y te da igual lo demás. Que te vean otros, que comenten, que hablen, que griten, pero ellos no tienen porqué influir en ese canal por el que se intercambian mensajes sordos, mudos. Eso ocurre si no estás a solas. Si lo estás, punto a favor para vosotros. Todo lo demás importa incluso menos porque ni está.

Y esas miradas son las que lo dicen todo. Las que valen. Las que se recuerdan. Las que son importantes. Las que disfrutas tú y las disfruta la otra persona.

Por lo tanto, con una mirada se puede decir mucho. Cosa que muchos saben hacer, cosa que otros no dominan tanto. Un movimiento de ojos determinado puede significar un sentimiento. Y saberlos mostrar es bueno. Juega un papel importante en una persona.

Sobran las palabras: las miradas sienten.