Emociones de papel

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Se ha perdido la ilusión de escribir y recibir cartas en papel. Ayer recibí mi primera carta escrita de puño y letra. La emoción es inmensa.

Sé que la mayoría de los que leáis esto conoceréis esa sensación de sobra. Os habréis mandado mil cartas que posiblemente guardaréis, cuando no había ni emails ni todas las RRSS en las que podemos dedicarle palabras y fotos bonitas a quien nos importa. También habéis vivido el no tener móvil y depender de una cabina de teléfono. Visteis como ese móvil y sus SMS fueron la revolución. Luego ya aparecieron las redes sociales… Medios que hacen que las relaciones a distancia de antes nada tengan que ver con las de ahora. A los que pudisteis con ella, con la temida palabra “distancia”, tenéis mi más profunda admiración.

No sé vosotros, pero quiero vivir esas sensaciones que muchos habéis disfrutado. Que broten sin querer sonrisas al ver una carta a vuestro nombre, que se te escape una lágrima al leerla, sentir a la otra persona más cerca, la sorpresa de saber si hoy habrá un sobre con sello de colores, la pena de ir al buzón y que aún no haya llegado, la intriga de no saber cuándo responderá, ni cuándo llegará, los nervios al abrir el sobre, no tener la inmediatez en la respuesta, el cosquilleo en la tripa que te invade todo el cuerpo mientras vas leyendo, poder pasar el dedo por las letras y sentir el roce de la tinta…

“Me hace ilusión ser el primero (y quizás el último) que te mande una carta en papel”.

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Pinchazos de recuerdos

SallyFoto.

de SallyFoto

Empiezo el dia sonriendo gracias a la enfermera que me ha hecho el análisis. Se ha fijado en mi colgante diciéndome que era muy bonito y que de dónde era. Le he dado las gracias aunque el mérito no fuese mío, que llevaba tiempo buscándolo y que era de un mercadillo gigante de Berlín, a lo que me contesta que se imaginaba algo así, que en España iba a ser difícil encontrarlo…

– ¿Y cómo es que estabas en Berlín? – Le cuento que de vacaciones, que tenía un amigo allí que me había dicho varias veces que fuera a verle, que me acogía en su casa cuando quisiera. Así que allí me planté. Sin conocerle en persona aunque llevásemos 6 años hablando por chat y emails. Dispuesta a conocer la ciudad, por las mañanas como una turista mientras él trabajaba. Por las tardes como si fuera local, él venía a recogerme a donde fuera que estuviese para enseñarme más rincones. Un viaje para conocer la ciudad, ponerle ojos y voz a él y lo más importante, conocerme a mí misma.

Es muy posible que me haya dado esa conversación para entretenerme porque me notaba algo nerviosa por el pinchazo (aunque al ser donante, esa aguja es como un cariñito), pero he salido de la consulta con una sonrisa de oreja a oreja recordando el viaje.

Le he dado las gracias por hacer que me distraiga mientras me pinchaba pero realmente ¡me han dado ganas de invitarla a un café y contarle más!

SallyFoto

de SallyFoto

P.D.: pronto os hablaré de las fotos que ilustran este post. Me las hizo SallyFoto y fue una experiencia preciosa.

Viaja conmigo

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Eran casi las 10 de la noche en el avión. Aunque depende del destino del que venga podría haber sido 1h más. O dos. Quién sabe. Qué relativo es el tiempo, y más aún en medio del cielo. Me tocó ventanilla en el lado en el que ya es de noche. Al otro lado del avión está sucediendo un atardecer multicolor sobre un mar de nubes que por sus colores parece un batido de maracuyá.

También me tocó volar con la mejor compañera de viaje. La emoción. La de llorar de nosesialegríanostalgiaoquéseyo. En cuanto este avión empezó a mover las ruedas por la pista del aeropuerto y empecé a ver que se acercaba a la zona de despegue, ahí estaba ella conmigo. La que llevaba unos minutos recorriéndome el cuello y apretando cada vez más. Hasta que decidió salir de lo más profundo y se convirtió en lágrimas. No fueron tristes, lo prometo. Posiblemente hayan sido de las lágrimas más bonitas que he llorado. He disfrutado cada una de ellas como si llevara dos meses sin hacerlo.

La emoción de las ganas que tenía de hacer esto. Viajar sola. Desahogarme y pensar en todo lo que esta barra libre de momentos que lleva 7 meses abierta me está dando. Con sus tragos más dulces y los más amargos. Dedicarme esta semana para mí. En una ciudad desconocida donde nada me saque de este torbellino de emociones que no puedo (ni quiero, aún) parar.

Porque sí, porque me lo merezco y sé que voy a recordar este viaje y todo lo que está sucediendo este año el resto de mi vida. Es algo que deberíamos hacer al menos una vez. Esto acaba de empezar y parece que viene fuerte. A cazar microemociones llenas de intensidad.

El cepillo de dientes

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Muchas historias comienzan con un cepillo de dientes.

Cepillos de dientes que pueden contener trazas de “quédate esta noche un ratito más”.

Ese momento en el que tenemos un feeling de que vamos a pasar muchas noches con esa persona en casa. Una historia que nos gusta. Que nos apetece que dure. No una ni dos lunas. Más de tres y cuatro. Semanas. Meses. Darle el tiempo que se merezca.

No recuerdo cuándo empezaste a tener cepillo de dientes en mi baño. Pero sí cuándo dejaste de tenerlo. Tras cortar, lo mantuve unos días por si te arrepentías o por si alguna noche venías a cenar y nos quedábamos hablando hasta tarde. Luego asumí que eso no iba a pasar y lo mantuve un poco por nostalgia. Finalmente me di cuenta de que molestaba tenerlo tropezando con el mío o incluso confundiéndome al coger el que no es.

Tiré el tuyo a la basura, no era necesario tenerlo. Ni remover recuerdos cada vez que lo veía. No dueles, no. Pero hay cosas que simplemente no es necesario mantener.

Unos días después empecé a tener cepillo de dientes no solo en mi casa.