Los sueños se hacen realidad

Había soñado durante muchos años con estar en un lugar rodeada de kilómetros de nieve. Donde no hubiese nada más que hacer que ver, pasear y admirar el paisaje blanco. Había visto muchísimas fotos, reportajes de blogs de viajes y había fantaseado con ello muchas veces. Pero nunca había pensado que la realidad superaría aún más todas mis expectativas.

Mi novio me había regalado por navidad un viaje a Helsinki y me dijo que iríamos a un pueblecito cercano donde habría nieve y montaríamos en trineo tirado por huskys. Me hizo muchísima ilusión y rápidamente me enganché a una cámara 24h de ese pueblecito para ver la cantidad de nieve que había. Como era un lugar muy remoto la única cámara que encontré daba a una autopista. Pero ahí que estuve haciendo F5 todos los días durante tres meses. Las semanas previas la nieve estaba prácticamente derretida y la previsión del tiempo daba temperaturas altas (4ºC de media). Ahí me desilusioné un poco pensando que no vería ni una pizca de nieve. Le dije a Dani que preguntase en el hotel si íbamos a poder hacer la excursión con los perros y me dijo que había dos noticias, una buena y una mala. La mala: que no había suficiente nieve. La buena: que por lo menos te dejaban ir al refugio y jugar con los perros.

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Aterrizando en Helsinki

Me hice a la idea totalmente de que era imposible que viese nieve. Cuando viví en Berlín me fui con la ilusión de ver nevar, de alucinar con los lagos y ríos helados y la gente patinando sobre ellos, pero no vi ni un triste copo. Viajamos a un pueblecito cercano un fin de semana de diciembre y allí tampoco había nieve. Nos fuimos a vivir a Barcelona, pero enseguida llegó el buen tiempo y no daba como para irnos a la montaña a ver nieve. De ahí volvimos a Madrid y lo más cerca que estuve de la nieve fue en una excursión que hicimos a La Granja un noviembre donde había algunos puntos con nieve acumulada y hielo de color ya marrón muy sucio. Ahora nos íbamos a Helsinki y tras ver las previsiones del tiempo, me convencí de que el mundo me había castigado para no ver nieve jamás.

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Aterrizando en Ivalo

Hasta que llegamos a Helsinki. Durante el aterrizaje me puse contentísima al ver desde el avión que había terrenos llenos de nieve y me dije que muy mala suerte tendríamos si justo en el pueblito al que íbamos, no iba a haber ni una gota. Al salir del avión Dani empezó a caminar por la terminal, saltándose las salidas por las que estaba convencida de que iríamos para coger un taxi. Me decía que le siguiese y yo diciéndole que si no había visto la puerta o la señal de EXIT, que era por el otro lado. Hasta que se paró y me dijo: “Aquí, ya estamos, ahora siéntate”. Estábamos sentados delante de otra puerta de embarque con destino a un pueblo del que no había oído hablar jamás. Entonces fue cuando me dijo: “¡Sorpresa! Te llevo a la nieve, a Laponia, más allá del Círculo Polar Ártico”. No me dejó buscar fotos del destino, solo me dijo que lo pusiera en el mapa para ver lo arriba que estaríamos y que me hiciese a la idea. Me prometió que veríamos nieve. Y vaya si la vimos…

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Pista de aterrizaje en Ivalo

Desde el avión, nada más atravesar la capa espesa de nubes, apareció bajo nosotros un paisaje increíblemente blanco. Hectáreas de color blanco, millones de bosques y lagos inmensos congelados, además empezaba a atardecer… Ahí mi alegría empezó a aumentar exponencialmente y al aterrizar en Ivalo la pista estaba en medio de la nada, solo había colinas de nieve y más bosques. Bajamos del avión por las escaleras y todos empezamos a hacer fotos. Era el único avión del aeropuerto más minúsculo en el que habíamos estado. Salimos rápidamente de las cintas de equipaje facturado ya que solo llevábamos dos maletas de mano. Esperando solo había señores y conductores de los transfers a los distintos hoteles. Nuestro hotel era el que sale en los artículos donde hablan de los mejores sitios para ver auroras boreales, artículos de los hoteles más originales donde debes dormir al menos una vez en la vida, etc. Era uno de los famosos hoteles con cúpulas que salen en tantas fotos, el Kakslauttanen Artic Resort.

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Habitaciones igloo

Con el transfer llegamos al hotel en media hora – cuarenta minutos aprox y el paisaje nos dejó boquiabiertos. De verdad, es increíble. Llegamos al hotel a las 19:30 y el restaurante cerraba en media hora, así que nos sentamos para cenar antes de ir a la habitación. Sopa calentita de salmón y eneldo de primero y un plato de carne de reno con puré de patata y arándanos de segundo. La carne de reno sabe parecido a las carrilleras, creía que sería un sabor más extraño, pero era bastante familiar. De postre tomamos una especie de crema de nata con canela, dados de queso y frutos rojos. No sé cómo se llama pero estaba cremosísimo y buenísimo. Teníamos muchas ganas de probar la comida local y nos encantó. Igualmente, también había opciones vegetarianas.

Terminamos de cenar y nos indicaron cómo llegar a la habitación. La entrada estaba llena de trineos para desplazarte por la villa y llevar las maletas, así que eso hicimos. Preguntamos de nuevo cómo llegar porque estaba todo oscuro y aún no nos habíamos familiarizado con el sitio y de repente oímos a la gente exclamar sorprendidos mirando al cielo. Aparecieron las auroras boreales. Dani y yo nos miramos sin poder creerlo y ahí estaban, el cielo completamente oscuro, lleno de estrellas y reflejos verdes asomando en el horizonte. Nos quedamos allí parados, viendo el espectáculo sintiendo muchísima emoción por dentro. A los pocos minutos las auroras se fueron y entonces seguimos caminando a la habitación. Llegamos al igloo y dejamos las maletas, nos sacamos los abrigos y botas de nieve, vimos que había un aparato que era un detector de auroras, apagamos la luz y al tumbarnos en la cama veíamos el cielo perfectamente. El cacharro empezó a pitar como loco y ahí estábamos, tumbados en la cama, mirando al cielo y viendo auroras boreales. No podíamos creerlo. Al cabo de un rato nos pusimos el pijama y caímos rendidos mirando al cielo.

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Aurora boreal desde la habitación

A la mañana siguiente, amaneció a las 5AM, aunque desde las 4AM ya se empieza a ver luz. A mí me gusta dormir con la persiana subida, así que estaba acostumbrada a dormir unas horas más o despertarme con la luz natural. Si eres de dormir con las persianas bajadas del todo, no te olvides de traer un antifaz. Habría seguido durmiendo más pero no podía contener la emoción y como me desperté antes que él, empecé a dar vueltas en la habitación como una niña pequeña para despertarle, estaba como loca por salir a pasear por la nieve y descubrir donde estábamos, ya que por la noche se veía muy poco.

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Nuestra habitación igloo por la mañana

No podía parar de admirar el paisaje, desayunamos al lado de la ventana y enseguida nos fuimos a hacer la primera actividad del día, montar en trineo con huskys. Nos recogió el transfer del hotel y nos llevaron al refugio. Allí te dan un mono de esquiar, botas, guantes y gorros de pelo. Nos explicaron cómo se manejaba el trineo, cómo frenar y cómo ayudar a los perros cuando hay que subir una cuesta. Llegamos a los trineos, nos subimos y en cuanto te sueltan la cuerda que sujeta el trineo, sales corriendo disparado tirado por los huskys. Es increíble la velocidad que alcanzan y las ganas locas que tienen de correr. De hecho cuando están parados están ladrando y suplicando que empiece ya la carrera. El manejo es mucho más sencillo de lo que creía. Simplemente tienes una barra que puedes pisar con un par de ganchos que se clavan en la nieve y así se frena. Para correr, no tienes que hacer nada más que mantener el equilibrio mientras vas de pie.

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Paseo en trineo con huskys

Da mucha impresión pero enseguida se le coge el truco. Y si eres miedica como yo, puedes ir pisando a ratitos el gancho para que los perros no vayan tan rápido. 20 mins de trineo, pausa en un tipi para tomar un té caliente y al que iba tumbado le toca conducir. Llegamos al refugio de nuevo y tras bajarnos del trineo, nos dejaron pasear por allí y jugar con el resto de perros. Hasta que de pronto aparecieron con tres cachorritos de huskys y ahí se nos paró el corazón. El amor que derrochan, los mimos  de estos perritos y el calor que emanaba de sus cuerpecitos regordetes era increíble.

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Husky bebé

Tras quitarnos todo el equipo de nieve, volvimos a la villa y nos volvimos a vestir para ir a pasear por el complejo del hotel. En mi cabeza no paraba de sonar la canción “Hazme un muñeco de nieve” de Frozen. Caminamos tres o cuatro horas por los alrededores, subimos al mirador, vimos la galería de arte y la tienda llena de artículos de diseño finlandés, volvimos a salir a pasear y caminar por las casitas de Papá Noel y los elfos, fuimos a la granja de renos que tiene el hotel, nos acercamos a los establos de caballos, nos tiramos en trineo por las colinas, hicimos un muñeco de nieve, dibujamos cosas en la nieve, nos tiramos bolas de nieve, tiramos bolas de nieve también al hielo del río congelado para ver si se rompía… Y repetimos incontables veces la palabra “increíble”.

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Alrededores del hotel

De verdad, intentaba darle forma y articular las palabras correctas que describieran a la perfección la inmensa felicidad que sentía y sabía que me quedaba corta. Pero para mí, este había sido de los mejores días de mi vida, donde lo único que era capaz de sentir era la felicidad en el estado más puro que había sentido jamás, asombrada por la increíble belleza del lugar, en medio de la nada. Podías caminar durante horas y no te cruzabas con nadie, pasear completamente solos, con el sonido de los pájaros, en plena paz y solo escuchando el sonido del hielo y la nieve romperse bajo tus pies. Y con ese cóctel de ingredientes que hacían aún más posible esa felicidad, estaba allí con Dani. No podía pedirle más a la vida. Se me olvidaron todos los problemas, preocupaciones, ansiedad y agobios que me suelen rondar en la cabeza. Todo lo malo desapareció por completo, no existía y si formaba parte de mí, estaba lo más alejado posible. Nunca había sido capaz de alejarme tanto de esos sentimientos ni me había visto completamente rodeada de tantas cosas bonitas a la vez.

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Kilómetros de bosques nevados

Esa noche cenamos pronto y nos volvimos a abrigar para salir a dar un paseo en trineo con los renos. En medio de la oscuridad de la noche, los renos empezaron a caminar lentamente y nos llevaron a otro tipi donde nos contaron historias de los samis mientras tomamos té. Este paseo se suele hacer para ver las auroras boreales pero la noche estaba totalmente cubierta y no se veían ni las estrellas, pero fue mágico estar de nuevo rodeados de kilómetros de nieve y bosque oscuro. Antes de salir te dejan pasar por un vestuario para coger un mono de nieve, botas, gorro, guantes y hay barra libre de mantitas para ponerte cómodo y calentito en el trineo. Todo esto se devuelve al llegar de nuevo al hotel y ya puedes volverte a la habitación.

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Reno preparado para dar un paseo en trineo

Nos pusimos el pijama y caímos rendidos en la cama. Hasta que Dani se despertó porque tenía calor y de repente se encontró con una aurora boreal en el cielo. Rápidamente me despertó y yo que estaba profundamente dormida y no veía nada sin gafas no entendía aún qué estaba pasando. Me puse las gafas y ahí estaban las luces verdes otra vez en el horizonte. Empezamos a hacer fotos con el móvil, ya que como este viaje había sido sorpresa, por mucho que llevase la reflex no tenía el trípode. Así que con la cámara del móvil en modo nocturno sacamos las mejores fotos que pudimos. Y con la felicidad inmensa de haber podido ver auroras boreales en nuestra segunda y última noche en Laponia, nos volvimos a dormir.

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Aurora boreal desde la habitación

A la mañana siguiente, con la pena de tener que volver a la civilización, amanecí a las 4:30, vi salir el sol, vi como empezaba a jugar con los reflejos de la nieve, los colores ocres de las nubes… Creía que era muy valiente por estar despierta a esas horas, pero a través del cristal de nuestro igloo vi que ya había una mujer asiática paseando por allí… Nuestro vuelo salía a las 9:50AM así que tuvimos que dejar la habitación pronto para ir al lobby, hacer el checkout, tomarnos el desayuno take-away que nos habían preparado y coger el transfer de nuevo al aeropuerto. En el lobby sonaba la canción Your song de Elton John y con una mezcla de alegría por lo que habíamos vivido y pena por tener que irnos, se me empezó a hacer un nudo en la garganta. Cogimos el coche y con los nervios por estar emocionada, no podía hablar y me puse a grabar el trayecto de vuelta en silencio mientras conducíamos por la nieve. No quería irme.

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Mirador

Llegamos al aeropuerto, pasamos seguridad y ya para embarcar volvimos a salir a la pista, subimos las escaleras y con la emoción a flor de piel, respiré el aire frío del Círculo Polar Ártico por última vez. En el momento del despegue seguía tan emocionada, que el nudo en la garganta me apretaba a más no poder, así que cogí los cascos, me puse la canción de Elton John y mientras veía el paisaje nevado desde la ventanilla del avión empecé a llorar sin parar. De felicidad por lo que habíamos vivido, de tristeza por tener que volver, de pura emoción por el cúmulo de sensaciones de este viaje, por haber sido capaces de cumplir un sueño, o más bien dos, estar en un lugar lleno de nieve como este y el haber visto auroras boreales.

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“Hazme un muñeco de nieve…” ♫ ♫ ♫

Aterrizamos en Helsinki 1h:40 después y cogimos el taxi al centro (tarifa fija alrededor de los 30-40€). Llegamos al hotel y como este hotel lo habíamos reservado juntos, tenía una idea de cómo era, pero no fue hasta que llegamos, cuando vimos la preciosidad de hotel en el que estábamos. Se llama Hotel St. George y es un hotel boutique monísimo en pleno centro, en el barrio más cosmopolita de la ciudad. La habitación era de un diseño exquisito, las paredes y estanterías estaban llenas de piezas de arte y podías llamar a recepción para preguntar por ellas y que te las explicaran. El lobby tenía también piezas de arte y estaba todo decorado con un gusto exquisito. Dejamos las cosas y nos fuimos a pasear por la ciudad, llegamos al puerto, comimos una sopa de salmón y una fritura de pescado. Seguimos paseando y volvimos al hotel para ducharnos y arreglarnos para cenar.

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Helsinki

Habíamos reservado en Spis, un restaurante local que se centra en comida de temporada. Cenamos el menú corto y salimos de allí llenísimos. Cómo estaríamos de llenos que hasta rechazamos el plato de queso opcional porque sentíamos que no íbamos a poder desabrocharnos el pantalón. Al día siguiente aprovechamos para acercarnos al museo de arte contemporáneo y como habíamos desayunado fuerte, no comimos, ya que nos esperaba una cena de menú largo en un restaurante de Estrella Michelín llamado OLO. Esa cena fue aún más espectacular que la de la noche anterior. Probamos el hígado de reno con remolacha, (que en realidad sabe a foie), las ostras con perlas de lima, un postre de ruibarbo que venía en una maceta llena de flores frescas, otro postre de chocolate con papel de oro… Fue una maravilla y muy interesante ya que usaron un montón de ingredientes locales.

En definitiva, el viaje fue una experiencia increíble que volvería a repetir mil veces. Y más aún, fue espectacular al no saber que íbamos a Laponia y enterarme media hora antes de coger un segundo avión con toda la emoción de golpe.

 

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Kiasma museum, Museo de arte contemporáneo

Para aquellos que queráis hacer este viaje, os doy todos los detalles y preguntas que me habéis hecho durante esos días resumidos aquí:

  • Cómo llegar a Laponia desde Madrid:
    • Volamos con Finnair hasta Helsinki. Desde Helsinki puedes volar a diferentes ciudades del norte de Finlandia. La más conocida es Rovaniemi, donde está la famosa villa de Papá Noel. Si quieres irte a un sitio menos turístico y subir mucho más al norte, vuela a Ivalo que es a donde fuimos nosotros. Desconozco si hay más compañías que vuelen a cada ciudad, pero Finnair seguro que sí. Creo que también se pueden hacer escalas en París o Londres con otras compañías aéreas.
  • Dónde dormir en Laponia:
    • Hay muchos hoteles tanto en Rovaniemi como en Ivalo u otras ciudades cercanas. Lo esencial es encontrar el hotel que más se ajuste a tu presupuesto y una vez lo hayas elegido, mires el aeropuerto más cercano. En todas las webs de cada hotel te dicen cómo llegar y todos suelen tener transfers que te recogen en el aeropuerto.
  • Clima:
    • Nosotros tuvimos muy buen tiempo, mínimas de -8ºC de madrugada (cuando estás durmiendo) y máximas de 4ºC durante el día. Apenas había viento, nos nevó y llovió algún ratito mientras paseamos y hasta salió el sol radiante y tuvimos cielo completamente azul. La semana previa estaban con mínimas de -15ºC o -25ºC, por lo que tienes que estar muy pendiente del tiempo la semana antes de volar para no llevarte sustos. En Diciembre o Enero alcanzan fácil los -30ºC. Ellos están acostumbrados pero nosotros no y a partir de los -15ºC duele respirar. En la habitación igloo, cabañas y otros tipos de alojamientos que ofrecía nuestro hotel, la temperatura suele ser alrededor de 25ºC.
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Río congelado y la capa de nieve que tiene por encima

 

  • Ropa:
    • Lo más importante es vestir por capas. Y llevar siempre cacao para los labios en un bolsillo. Igualmente, en los hoteles antes de hacer las actividades se aseguran de que vayas bien abrigado y en el precio de las excursiones va incluido el material por si necesitas alquilarlo. A nosotros para montar en trineo con huskys nos dieron un mono de esquí para ponernos por encima de los pantalones de nieve y nos cambiamos las botas por unas de goma que llegaban casi hasta la rodilla. Detallo lo que llevaba durante los días de Laponia. Como se ve en muchos links, fuimos con lo más básico y si no tienes ropa de esquiar como yo y te da rabia no amortizarla porque casi nunca la vas a usar, la gama básica de Decathlon es tu mejor aliado. 
      1. Camiseta térmica de tirantes.
      2. Camiseta térmica de manga larga.
      3. (Por la noche para excursión con los renos: Forro polar de cuello alto)
      4. Sudadera térmica con capucha.
      5. Leggins térmicos.
      6. Pantalón de nieve.
      7. Calcetines normales.
      8. Bufanda y gorro de lana.
      9. Botas de nieve.
      10. Plumas.
  • Excursiones, actividades, comidas:
    • Nuestro hotel tenía un montón de actividades que podías realizar sin irte a ningún sitio ni contratarlas con otras compañías. Ellos te organizan todo y tú solo tienes que preocuparte de estar puntual en el lobby que es donde te recogen para coger un coche o ir caminando a donde empiece la actividad. Simplemente asegúrate de cogerlas con algo de antelación por si se llenan, pero si quieres improvisar alguna actividad o pensártelo cuando llegues, también podrás hacerlo. Para comer, nosotros recomendamos coger media pensión o completa, ya que probablemente el hotel esté en medio de la nada.
  • Auroras boreales: la temporada empieza a finales de agosto y dura hasta finales de abril, pero por mucho que cojas el hotel más al norte de Finlandia es posible que no las puedas ver ya que depende de factores externos como las nubes y el viento. Como consejo: evita ir cuando haya luna llena ya que deslumbra y hace más difícil apreciar las aurorasSi tu habitación tiene detector de auroras, pitará en medio de la noche y significará que puedes ver la aurora justo encima de ti. Si no, es recomendable llevar instalada una app que manda alertas cuando la probabilidad es alta. Nosotros usamos My aurora forecast (en iOS y Android), justo cuando vimos las auroras ponía que había un 45% de probabilidad así que imaginad cómo se verán cuando la app marca el 100%.

Creo que no me dejo ninguna duda por resolver. La única que no puedo responder es la del precio de los vuelos y alojamiento en Laponia ya que era parte de mi regalo sorpresa. En cuanto a hoteles en Helsinki, los hay de un montón de precios distintos. Nosotros fuimos a este porque queríamos hacerlo más especial y porque buscamos que tuviese spa por si hacía muchísimo frío para estar en la calle, pero sin spa, hay más todavía.

Lo único que sé es que hay que reservarlo con muchísima antelación. Dani lo cogió todo a finales de septiembre para ir a finales de marzo porque allí es temporada alta y se llena enseguida. Cualquier cosa que necesitéis saber, ¡no dudéis en escribirme!

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