De kilómetros volando

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Despegar. Una vez más. En esta ocasión rumbo al destino al que te fuiste y en el que dejamos de tener tanto contacto frecuente como al principio, cuando empezamos a hablar, hace siete años. Destino en el que tú abriste las alas. Destino al que llego con esas alas bien abiertas. Destino al que hace cosa de un año entre broma y verdad, cuando nos conocimos en persona por primera vez, dijiste que querías llevarme.

De repente, diez meses después de aquella conversación aquí estamos reencontrándonos otra vez. Nueve viajes después. Dieciséis vuelos después. A veces lo has hecho tú, otras veces yo, la mayoría de las veces ambos. Para poder vernos, en tu casa, en la mía o en la ciudad europea de turno que nos ha acogido a los dos unos días, donde hemos tenido nuestro piso temporal hasta llenar la ciudad de trocitos nuestros. Donde después de perdernos por sus calles hemos podido decir “¿Nos vamos a casa? Tenemos una botella de vino a medias, ¿una copa y a la cama?”.

Recuerdo hace diez meses cuando decías “me encanta verte disfrutar cuando pruebas una cerveza nueva. Ese instante después de que brindemos, siempre a los ojos, en el que los cierras para que el sabor se cuele en ti. Luego parpadeas, me vuelves a mirar y se te escapa una sonrisa.”

Dos meses después de aquella conversación, durante una visita por casualidad, apostamos. Con vuelos para volver a vernos ya reservados antes de que volvieras a casa, a 2.320kms de la mía. Y volvimos a comprar otro vuelo. Y otro. Nos empezamos a acostumbrar a la emoción acumulada de volver a vernos, a los nudos de garganta que ahogan en las despedidas de aeropuerto. Habíamos apostado, todo. Con las partes bonitas que todo el mundo quiere vivir, con las difíciles que no imposibles. Con las ganas. De seguir volando. Despegando. Y sin despegar, simplemente en la sencillez de volver a pedir una nueva cerveza, que nos quedan muchas por probar.