Que la alegría gane al miedo

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Weihnachtsmarkt Roden Breitscheidplatz, diciembre 2016

Ayer fue mi último día en Berlín antes de volver por Navidad y me negué a pasarlo encerrada en casa por miedo, aunque la noche de antes quise cancelar los planes que teníamos. Cogí el metro que atraviesa el mapa entero de la ciudad y pasa por los sitios más turísticos. A mi lado, justo en la parada donde ocurrió, un señor árabe leía la noticia en su móvil, cuando se fue, ocupó su lugar un señor mayor alemán que leía lo mismo con las fotos en la portada del periódico local. Es rara la sensación de ver en papel una noticia de ese tipo cuando la has vivido en la misma ciudad y sobre todo cuando estás lejos de tu familia.

Cuando salí del metro, la sensación térmica era de -5, lo que intuyo que fue otro factor para que la ciudad estuviese medio vacía, junto con ver todos los mercadillos cerrados por luto. Aún así, nosotros quisimos despedirnos de la ciudad como se merecía. Encontramos sitio para comer en un coreano que normalmente está siempre lleno, fuimos al museo de los videojuegos y jugamos al Pong entre risas en el sofá de una sala ambientada en los años 70, merendamos tarta y chocolate caliente en la plaza más bonita de la ciudad y al volver a casa compramos dos de nuestras cervezas favoritas para despedir el día.

Por mucho odio que haya en el mundo, capaz de hacer daño a tantos, por muy angustiada que haya estado mientras recibía mensajes de si estaba bien, aún sin saber realmente qué estaba pasando, Berlín no va a dejar de tener un lugar especial dentro de mí. Porque nunca he estado tan feliz como lo he sido aquí. Con todo lo bueno y lo menos bueno, por el crecimiento personal que me ha supuesto. Y esa alegría es mucho más grande que el miedo.

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De semáforos parpadeando

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La que nunca cruza los semáforos en verde parpadeando, porque ya se ha tropezado más de una vez y se ha visto en el suelo del paso de cebra a punto de que los coches vuelvan a arrancar motores. La que nunca entra en los trenes y metros cuando los pitidos de las puertas anuncian que están a punto de cerrarse, porque ya se le cerró la puerta con su brazo en medio. La que nunca pisa las alcantarillas ni rejillas de ventilación, ni pone los pies sobre suelos acristalados por vértigo y pánico de sólo imaginar que se rompa. La que siempre llena la maleta de porsiacasos que luego nunca usa. La que se olvidó de cómo se montaba en bicicleta, aunque digan que eso es algo que nunca se olvida. Aunque lo haya intentado de nuevo, la coge con miedo a caerse, por lo propensa que es a hacerse heridas en las piernas.

Se ha caído en semáforos, tropezado en bordillos y asustado con el impacto de una puerta cerrada de golpe. Se ha raspado las piernas muchas veces, recuerda de cuándo es cada herida. Una vez hizo una maleta sin porsiacasos y se planteó que quizás no pasaría nada si volvía a coger una bici. También juega a caminar haciendo equilibrios por los bordillos en alto. Pero seguirá teniendo vértigo al pisar suelos acristalados o con rejilla.

Si ves a una chica esquivando suelos frágiles por la calle, ya sabes quién es. Los semáforos que no cruza cuando parpadean antes de ponerse en rojo… Los usa para invitar a una ronda de besos.