“Casa” tiene varios significados

Este fin de semana estuve en Madrid. Han sido 48h relámpago que han valido para mucho. La semana pasada fue mi cumpleaños y el domingo lo fue de mi padre. Mi pareja y yo nos presentamos el viernes en un restaurante para darle una sorpresa a mi padre, que esperaba cenar con mi madre y unos amigos. Llegamos más tarde que ellos y al entrar, como estaba de espaldas le tapé los ojos y le pregunté “¿quién soy?”. Al quitar las manos, de repente se encontró conmigo y se dio cuenta de que las personas con las que iba a cenar esa noche éramos mi madre, mi pareja y yo. Fue una gran velada acompañada de brindis llenos de amor. Al día siguiente, entre risas y abrazos de reencuentro, comimos paella casera con amigos y familiares. Por la noche cenamos en casa de otra amiga que celebraba sus 30 y acabamos saliendo a una discoteca a la que solíamos ir cuando teníamos 18. Finalmente, el domingo mi madre nos llevó a casa de mis suegros y al despedirme se me hizo el primer nudo en la garganta. Después de comer ellos nos llevaron al AVE para volver a Barcelona.

Podría haber sido un fin de semana cualquiera pero realmente no lo fue. Ayer al coger el tren, por primera vez me di cuenta de que iba a “casa”, pero no era a mi casa-casa de siempre, donde estar con mis padres y despertar en mi habitación grande con su ventana por la que entra el solecito cada mañana. Esta vez volvía a casa. Mi casa-nueva. Con mi pareja, en Barcelona, donde nos esperaba hacer la cena y acostarnos pronto para ir hoy a trabajar.

Era la primera vez que volvía a Madrid después de haberme ido a vivir fuera con la vida organizada y ha sido extraño. Era volver a mi casa-casa y sentir la pena de no poder quedarme allí, porque mi casa-nueva estaba en otro sitio. En otra ciudad. Y me ha dado pena, aunque no pena mala, sino pena de morriña. Morriña de estar creciendo y viviendo una nueva etapa. La de dejar el nido, la de querer estar con mis padres y llenarme de mimos cualquier domingo por la tarde, cuando realmente mi sitio está empezando a estar fuera. Estoy empezando mi nueva vida, con mi pareja, con un trabajo y una casa-nueva en la que seguir creciendo. Volver a casa-casa me ha provocado por primera vez sentir morriña y pena de no poder quedarme cinco minutos más. Ha sido despedirme de mis padres otra vez y en esta ocasión sentir que estoy empezando “mi vida de mayor, la que yo sola he elegido”. Con la persona de la que estoy enamorada, con el trabajo que nos ha salido a los dos y en la ciudad que aún no conocemos bien. Vivir en Berlín fue una maravilla, una experiencia que recomendaría a cualquiera, pero cuando estaba allí y volvía a casa-casa unos días mi sensación era la de siempre. No esta nueva que he sentido ahora. Hoy está empapada de morriña.

Hay gente que me ha criticado que igual voy muy deprisa. Pero no considero que sea rápido o lento, simplemente como ha surgido, cada uno tiene sus tiempos y el mío está siendo este. Quizá pueda interpretarse como una vida más arriesgada por ser la única de mis amigos de mi rango de edad que esté viviendo esta etapa, pero es así.

Una parte de mí quería quedarse en Madrid, en mi casa-casa con mi vida de siempre. La otra quería volver a Barcelona, a mi casa-nueva, a mi nueva vida. Como fueron mis suegros los que nos llevaron a coger el tren, llamé a mi madre para decirle que ya estaba dentro del vagón. Me dijo que se había aguantado las ganas de ir a la estación a decirme adiós otra vez. Se me hizo el segundo nudo en la garganta. Mi sitio del AVE estaba repleto de emociones que se contradecían mientras buscaba distraerme con el paisaje.  Mi pareja me cogió la mano y me miraba en silencio, con amor. Lo hizo durante las tres horas de viaje. No me decía nada, pero creo que sabía lo que podía estar sintiendo. Tenía el mismo nudo en la garganta, que no se iba. En realidad era el que llevaba teniendo todo el día. A veces apretaba fuerte y otras más flojito. Mi cabeza decía: “que no, que yo quiero volver a mi Madrid, me bajo en la siguiente estación y vuelvo a casa-casa”. Mi corazoncito decía “estoy enamorada, quiero seguir haciendo mi vida con él, en Barcelona o donde sea”. Y aquí estoy, en Barcelona. En mi casa-nueva que tanto me gusta decorar y ordenar a nuestro gusto.

Con lo que me quedo de este fin de semana es con las palabras que le dijo mi madre a él al bajar del coche: “Gracias por cuidarla”. También me quedo con el mensaje que me dijo ella por la noche cuando hablamos por chat: “Me ha encantado verte, te he visto contenta, te cuida mucho”.

Vaya si lo hace.

Y mis padres también, aunque tenga que ser en la distancia.

Mamá

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Llevaba varias semanas dándole vueltas a este post, porque en los últimos meses he vivido muchos cambios y mi madre ha seguido demostrando que es maravillosa. Siempre que veo campañas emocionales sobre madres e hijas se me pone un nudo en la garganta enorme y cuando las veo con mi madre acabamos llorando las dos a mares. Desde entonces he pensado que somos el target perfecto y que deberíamos participar en algún anuncio de ese estilo pero aún no hemos tenido oportunidad. Por eso hoy quiero aprovechar para decir que mi madre me ha demostrado tanto que no sé si voy a ser capaz de transmitir aquí lo importante que es para mí.

Mi madre es una mujer que cuando hablo de ella, me hace sentirme increíblemente afortunada de tenerla a mi lado. Siempre se me pone una sonrisa cuando lo hago y cuando empiezo a hablar de ella siempre digo que más que una madre, es una amiga. Es alguien que siempre está ahí, en casa cuando necesito hablar, al otro lado de la pantalla, a la hora que sea, a los kilómetros que sean cuando no estoy en casa. Es con quien tengo confianza plena y absoluta y en la que sé que siempre podré confiar. Es alguien que nunca se duerme sin tener su beso de buenas noches, aunque últimamente hayan tenido que ser más emojis de los que me gustaría por no poder estar a su lado cuando me acuesto. Pero no he fallado ni un solo día desde que me he ido para mandarle un mensaje de buenas noches. Es quien me ha abrazado en los mejores momentos y en los peores, con quien más he llorado de alegría o de tristeza (afortunadamente más veces de alegría y emoción), con quien más me ha dolido discutir y pelearme cuando ha tocado. Porque ella es la que más se emocionó cuando al terminar el Proyecto Fin de Grado me dijeron “Enhorabuena Claudia has terminado la carrera” y las dos rompimos a llorar abrazadas para celebrarlo. Porque también es con quien más he vuelto a llorar cuando nos hemos reconciliado tras duras discusiones.

Es quien me hace preguntarme muchas veces si seré capaz de ser tan buena madre como lo es ella conmigo. Y cuando lo hablo con mi pareja, me digo que no, que ella lo hace tan bien que yo creo que no sabría por dónde empezar para estar a su altura. Porque la relación que hemos construido durante años es tan firme, que es una de las cosas por las que más la admiro. Entonces me emociono y pienso, “ojalá me hubiese podido escuchar decir esto, me acaba de salir del corazón”. Por eso he venido aquí a escribirlo. Es a quien pregunto “¿cómo lo haces? Yo también quiero llevarme igual de bien con mis hijos como me llevo yo contigo” y me responde que yo se lo puse fácil. Muchos conocidos me han dicho “¿cómo le cuentas esas cosas a tu madre? o ¡eso no se lo puedes contar a una madre!” y siempre respondo “Ella es más que una madre, se lo cuento al igual que se lo contaría a una amiga”. Con todo lo bueno y con todo lo menos bueno. Es por ella por quien tengo ahora un nudo en la garganta al estar escribiendo esto. Porque las dos somos las únicas personas que entendemos la relación que tenemos. Porque es la persona que más se alegra cuando ve que estoy creciendo y soy feliz, pero también la que más triste se pone cuando echa de menos que ya no sea la niña que se ponía sus zapatos de tacón para andar por el pasillo. A la que más le duele que me equivoque o esté triste por algo que no me ha salido como esperaba.

Es la que más me corrige y me enseña a hacer las cosas bien, la más exigente y por lo tanto la que más tranquilidad me transmite cuando tengo su visto bueno. La que me hace cuestionarme las cosas más veces cuando no la noto a ella convencida. Por ella es por quien soñaba con una casa inmensa en la que vivir feliz con la familia que hubiese creado con mi pareja y con ella en otro piso, para estar juntas pero no revueltas. Pero también por la que me he dado cuenta de que realmente puedo ser feliz aunque ella no esté cerca y tengamos que vivir en ciudades diferentes. Su amor es tan inmenso que lo puedo notar aún estando a kilómetros, razón por la cual estoy contenta de poder salir del nido y poder acostumbrarme a no estar bajo el mismo techo. Aunque me muera de ganas de verla, abrazarla y no se lo diga muchas veces. Es la primera persona a la que recurro cuando tengo que contarle algo, sea positivo o negativo. Con la que más me enfado cuando me dice algo que no me gusta, pero a la que luego acabo dando la razón, “porque mamá siempre tiene razón”. Es de la que me acuerdo ahora que estoy soltándome un poco en la cocina, porque ella cocina tan rico que siempre pienso  lo bien que huele la casa y lo que disfruta haciendo comidas exóticas que no sé si llegaré algún día a preparar.

Es de la que más me acuerdo ahora que he empezado a independizarme, porque estando sola en casa me sorprendo un montón de veces pensando “jolín, cómo me parezco a mi madre”, “esta frase que acabo de decir lo diría ella”. Por la que más “presufro” cuando sé que nos tenemos que despedir y que no nos vamos a ver en unos meses. Mi madre es la persona que más y mejor me ha sabido cuidar durante toda la vida, quien más se ha preocupado por mí, quien se ha quedado despierta sin poder dormir cuando he salido de noche. Porque ahora que estoy fuera cuando tengo un mínimo dolor de algo y me tengo que curar sola, me acuerdo de ella y voy al chat para preguntarle y asegurarme de que en realidad no es nada, porque estando en casa la sensación siempre ha sido “si está mi madre cerca, seguro que se cura antes”. Es de quien me acuerdo cuando estoy fuera y veo algún lugar que sé que le gustaría ver o cuando como un plato nuevo y sé que se moriría de ganas de probarlo.

No sé si existe la madre perfecta pero la mía debe parecerse a ella. Mi madre y la relación que tenemos de amor incondicional es de las cosas que más orgullosa me hacen sentirme. Porque cuando llegue el momento en el que me toque estar en su lugar, solo espero ser capaz de hacerlo al menos la mitad de bien que lo hace ella.

Te quiero mamá.

 

 

Querida yo misma a los 15 años

Esta es la carta que me habría gustado leer hace ocho años, cuando estaba en el colegio sin tener ni idea de qué iba a pasar después. Ahora mismo no sé qué va a pasar en los próximos tres meses. Ojalá pudiese ver tan solo unos instantes donde voy a estar para entonces, o pudiese leer una carta como esta escrita con mis 28. Empecemos el flashback y fastfoward:

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Bolonia, febrero 2016

Hola Claudia, soy tú misma con algunos añitos más de los que tienes ahora. Te escribo simplemente para decirte que estés tranquila y que todo va a salir bien. Lo que ahora te parece un mundo, no lo es y lo que hoy te preocupa, mañana no existe.

Hoy estás terminando 3º de la ESO, peleándote en el peor curso que has pasado. Aunque las matemáticas siempre te han costado, después de las de este año, ya no vas a tener que volver a pelearte tanto con ellas. En 4º podrás hacer la rama de letras donde dicen que son más sencillas y verás como siendo la recta final de esta asignatura, las sacarás con más ganas. Luego llegarás a bachillerato donde podrás hacer la rama de ciencias sociales, pero como la primera clase de matemáticas será con el mismo profesor que tan mal te las ha explicado durante 3º, harás la rama de humanidades y te olvidarás de ellas.

Aprenderás sobre historia, que aunque te resultará difícil memorizarla y entenderla, en unos años repasarás algunos capítulos de ella. Viajarás a Berlín y entenderás mejor la 2ª Guerra Mundial, verás el muro que se levantó durante la Guerra Fría y al pasear por la Topografía del Terror o por el Museo Judío, todas las fechas y nombres que aparecen en tus apuntes cobrarán sentido. También estudiarás filosofía y te amueblará la cabeza, haciéndote reflexionar sobre cómo somos y qué nos lleva a estar hoy aquí, de dónde venimos, cómo se debe organizar la sociedad o qué sistema económico es mejor. Esto último también puede liarte al principio, pero cuando veas el panorama político de 2016, las ideas de los filósofos más capitalistas o los más comunistas encajarán en los programas a los que echarás un vistazo cuando estés confusa sin saber a quién votar. Porque sí, te vas a confundir o más bien, te van a confundir. Sobre todo en tus primeras votaciones autonómicas, o las segundas. Te adelanto que votes lo que votes ese 20 de diciembre, se repetirán ocho meses después. Pero aunque te confundas, no dejes de ejercer tu voto, es un derecho que ha costado muchos años que puedas conseguir.

En estos años vas a conocer a mucha gente. Tendrás amigos que aunque se distancien, te darás cuenta que si los necesitas siempre están ahí. Al igual que con 15 años tienes personas que piensas que van a estar en cualquier momento, a los 22 verás que te dieron la espalda en cuanto te caíste. Te pasará con 15, con 17 o teniendo 20 (y seguramente después de esa edad también). Por no hablar de chicos por los que podrás pillarte como una tonta y no pase nada. Habrá otros a los que querrás y con los que pasarás algunos años haciendo castillos en el aire. Pero te adelanto una cosa: te van a romper las ilusiones que te montaste con una simple llamada de teléfono. Aunque parezca el fin del mundo, porque será tu primera ruptura seria, saldrás adelante. Pero ¿sabes que? Vas a aprender tanto del golpe y error que eso te hará crecer y estar preparada para lo siguiente que venga. Tus padres estarán contigo para celebrar cada buena noticia y para abrazarte si las cosas no salen bien, aunque discutas con ellos un poco más de ahora en adelante, no olvides nunca todo lo que te quieren al igual que los quieres tú a ellos. Conocerás a gente que te dirá que eso del amor es efímero, que no dura para siempre, pero tú seguirás creyendo en él, porque nadie te hará perder las ganas de vivirlo. Ya sabes lo que dice El Principito: “Es una locura odiar todas las rosas sólo porque una te pinchó. Renunciar a todos tus sueños porque sólo uno de ellos no se cumplió.”.

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París, marzo 2016

Entonces será 2015, una tarde en la que hablarás de todo esto con un chico al que conocerás por pura casualidad este invierno a tus 15 años. Hasta que no cumplas los 21 no le vas a conocer en persona pero seguiréis hablando por chat, mantendréis una buena amistad en la que aunque habléis de vez en cuando, os contáis todo. Ahora mismo no sabes de quién te hablo pero ¿sabes qué? Siete años más tarde, te vas a enamorar. Así con todas sus letras. Aprenderás a querer bien y a querer libre. Vas a estar con él en una relación a distancia, sí, sí. Tú. La que te prometiste que nunca harías eso. Por algo se dice que nunca digas “de este agua no beberé”. Aprenderás a disfrutar de tu independencia y de quien eres. Aprenderás que para querer a alguien, primero tienes que quererte tú misma. Aunque tu autoestima no estuviese en su mejor momento, un año después la tendrás alta y te querrás como nadie te ha sabido querer antes. Te sentirás con ganas de comerte el mundo y con la suerte de poder compartirlo con la persona de la que te has enamorado. Conocerás su ciudad, esa que te atrapó en una semana, él conocerá los sitios donde has crecido de pequeña. Os conoceréis cada día más y mejor. Él probará tu sushi favorito y tú descubrirás a qué sabe el helado de su barrio con sabor a cielo. Descubrirás que la confianza que te transmitía durante esos años, todo lo que os habéis contado de vuestras anteriores relaciones durante ese tiempo de amistad, sin querer, o sin querer queriendo, ha hecho que hoy estéis aquí.

Vas a viajar por toda Europa, Claudia, vas a disfrutar de cada ciudad con los cinco sentidos. Saborearás los dimsum de China a los 15, llorarás de emoción aterrizando en Nueva York a los 16, descubrirás el caótico y apasionante Japón a los 19, comerás un brownie en Amsterdam a los casi 20, volarás sola por primera vez a Berlín a los 21, dormirás en la casa más bonita de Oporto también a los 21 y volverás a París a punto de cumplir los 22. De verdad, te esperan viajes apasionantes. Además, cuando acabes la carrera podrás sumergirte en una ciudad alemana durante al menos dos meses con una escapada a una isla griega paradisíaca como Corfú. Yo que tú me prepararía para todo lo que viene. Papá y mamá te seguirán llevando a un montón de sitios, y a los que vayas sin ellos, estarás deseando contarles qué tal lo has pasado, junto con todas las fotos que harás con la réflex que te regalarán por las buenas notas en la carrera.

¿Sabes qué? De ser la que sacaba cincos o seises raspados en el colegio, elegirás una carrera que te entusiasmará, de verdad, aunque estés perdida sin saber qué elegir en bachillerato, elegirás una que te hará ser casi de las mejores de la clase. Sí, sí, tú la que en el cole es siempre de las que se queda de las últimas. Porque descubrirás que cuando encuentras tu sitio, sabes disfrutarlo. Aunque te desanimarás y aburrirás un poco por el camino, trabajarás desde que termines 1º de carrera. Serás la única de tus amigos que en vez de estar en la piscina dos meses en verano, va a la oficina a trabajar ¿pero sabes qué? Aunque piensen que estás mal de la cabeza, terminarás la carrera con tres años de experiencia que te habrán permitido conocer tu profesión desde distintos puntos de vista. Pero no te conformes con eso, porque también te hará sentirte perdida sin saber dónde encajas. Trabajarás en sitios que te apasionen más, otros menos, tendrás jefes de todos los tipos y todos ellos te aportarán algo a tu desarrollo profesional. Valorarás cada consejo que te den.

Hasta que hoy a tus 22 años, cometerás una pequeña locura. Lo dejarás todo y te irás a probar suerte a otro país que no es el tuyo, donde no conoces a nadie pero conocerás de verdad y convivirás con la persona de la que te has enamorado. Descubrirás más a fondo esa ciudad que tanto te gustó el año pasado y él te presentará a la “nueva familia” que se creó para sentirse como en casa en esa ciudad que tampoco era la suya cuando llegó hace tres años.

No te asustes por todos los cambios que vas a vivir en los próximos tres o cuatro meses, no tengas miedo si no te encuentras o si piensas que cambiar de ciudad no es un camino de rosas como tú pensabas. Te lo adelanto, al igual que lo ha hecho tu mejor amiga la noche anterior: no es un camino de rosas. No va a ser fácil, pero estarás dispuesta a darlo todo por conseguir cumplir la ilusión que te creaste hace exactamente un año. Te vas a volver a descubrir a ti misma. Y lo más importante de todo, sabrás que eres capaz.

Florencia, febrero 2016

Florencia, febrero 2016

Si al final no encuentras trabajo y tienes que volver a Madrid, espero que no te hundas, ya verás como dentro de unos años tendrás una historia que contar y de la que habrás aprendido infinidad de cosas. Llegar hasta aquí no ha sido la tarea más fácil del mundo, así que podrás con esto y mucho más.

Los sueños, sueños son, pero con ganas y con pasión, los puedes hacer realidad. Y durante todo ese proceso, no te olvides nunca ser siempre digna e íntegra contigo misma.

Tú.

Vaho

cead4b79bd22549cceca98e88d1f8999Esa noche discutieron. Le pilló con la mirada perdida y con los latidos buscando retumbar en todos los rincones de su pecho. Sin haberlo afirmado, inconscientemente sabía que sentía esa palabra a la que muchos temen y no saben como reaccionar cuando llega. Sus dedos dibujaban formas aleatorias en el cristal del coche.

Y entonces dibujó un corazón en el vaho.

-¿Qué haces?
– Nada… Pensar. ¿Porqué lo dices?
– Tu dedo, ese dibujo, lo que significa.
– ¿Y para ti qué es? ¿Qué quieres?
– Más.
– ¿Quién va a ser el que se atreva a decirlo? ¿Quién se la juega abriendo la boca con temor a abrirla demasiado?

Entre trazo y trazo la palabra “más” fue cobrando sentido. Sin saber a dónde iban a ir, tiempo después, se encontraron en el mismo coche, en el mismo vaho, dibujando los mismos dibujos.

Sintiendo. Más.

Diciembre de recapitulación

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Este año no he parado de decirlo. Algunos me lo habéis notado. He sido puro torbellino de emociones. Y eso se ha visto reflejado en mis hormonas, en mis hábitos alimenticios, en mi personalidad, en mis emociones, en mis comportamientos en casa, en mi familia… En todo. Hasta que por fin llegó la estabilidad. La calma. Hoy puedo decir que estoy terminando el año como no me imaginaba en enero que lo terminaría.

Esta vez Facebook se ha encargado de recordar lo que había hecho ese día el año pasado, el anterior, el de antes… A vosotros también os lo ha recordado. Ha habido días que he adorado rememorar esos recuerdos. Otros han sentado peor, pero en todos ellos he podido reflexionar y alegrarme de estar donde estoy. Quiero que en 2016 me empiece a recordar cómo ha sido este. Porque de verdad, ha sido emocionante.

Este año he llorado como hacía tiempo que no lo hacía. No me arrepiento de haberlo hecho, me he desahogado como y cuando hacía falta. Y lo mejor es que tengo un bonito recuerdo de esos días. He soltado lágrimas por amor y aunque fuera con toda la rabia e impotencia del mundo, me puedo recordar con cariño al saber que al final me iba a ir bien. Ya lo decía Lennon, si al final no sale bien, es que no es el final. Me he rodeado de las mejores personas, esas que me han dado los abrazos más gigantes y  reparadores que he recibido jamás. Que aunque en esos momentos me sintiese derrumbada, sin hambre, sin ganas de hacer nada, después he salido reforzada. Pero no todo han sido lágrimas agridulces.  También he llorado de emoción, he sentido cosas tan j*didamente bonitas, me han dicho palabras, he leído emails y he vivido momentos tan especiales que esas lágrimas han sido las más increíbles que he tenido. Y esas emociones son las que nos hacen sentir más vivos que nunca. Porque sí, este año (y va para largo), estoy con las emociones a flor de piel. Me siento más sensible y blandita que nunca.

Este 2015 ha sido movidito, muy movidito. Este año es uno de esos donde diría que volvería a vivirlo. Todo. Con sus partes buenas y las no tan buenas. En las buenas volvería a disfrutar a cámara lenta, en las malas volvería a aprender. Porque lo he hecho como nunca. Me he conocido también como nunca aunque para qué negarlo, también me he desorientado. Y lo que me queda. Dicen que de conocerte no terminas de hacerlo en la vida, que siempre habrá algo capaz de sorprenderte cuando menos te lo esperes. Me he visto en situaciones muy diferentes que me han pillado por sorpresa y me han puesto a prueba. He conocido sitios, he redescubierto lugares, he capturado momentos, he disfrutado bocados… Durante estos 12 meses he tenido el honor de conocer el interior de personas que ya conocía  de antes pero a las que nunca me había abierto tanto y ellos también lo han hecho conmigo. Éstas son tan bonitas por dentro y por fuera que me muero por seguir compartiendo con ellos estos momentos. No hace falta que los mencione, ellos saben quienes son. Por todas esas conversaciones en persona o vía chat: Gracias, de corazón.

El 2016 viene pisando fuerte. Voy a terminar la carrera, en los próximos 5 meses tengo tres escapadas fuera de España programadas y quizás le pueda dar un giro profesional a mi vida. Lo último es quizá algo más ambicioso pero no será por falta de ganas.

Mi 2015 queda marcado por personas y las emociones que me han hecho vivir. Por el aprendizaje que he ganado. Por un viaje. O varios. Por muchas casualidades. Y por una apuesta.

¿Hacemos del 2016 otro año que recordar?

Incertidumbre a besos

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Se quedó con ganas de un beso… Esa despedida lo pedía a gritos.

No sabía de qué iba a ser ese beso, no sabía como iba a reaccionar ni como iba a sentirse si lo hacia. Esa muestra de cariño no podía ser solo de amistad, los amigos no se besan así.

El momento era para besarse. Completamente. Sin saber cuando iban a volver a verse porque no se pusieron fecha de volver a hacerlo. Le entró miedo hacerlo, pensar qué podría pasar si lo hacia.

Como la primera vez, el beso de la apuesta con el que se lanzó. Sí. Se apostó un beso, como quien apuesta que a la siguiente ronda de cervezas invita.

Se asustó por no saber en qué se convertiría ese gesto. Ese que cada día muchos malgastan sin darle importancia, que un beso no tiene que cambiar nada, que puedes dárselo a quien sea aunque no tengas nada especial. Pero no, en su interior significa mucho más. Algunos dirán que exagera, que no es para tanto.

Quizás pensó demasiado y a esas cosas no hay que darle tantas vueltas. Estuvo un ratito pensando: “cómo me despido, qué hago”. Y aunque al final fue como finalmente decidió hacerlo, sin ese beso, se durmió pensando que tenía que haberlo dado.

Dejar un recuerdo especial de algún tipo.

Eso sí, a la mañana siguiente,  se despertó con él. Con un bonito recuerdo.

El resto de la historia, aún está escribiéndose.

Continuará.

La magia del reencuentro

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Mucho se ha hablado de la sinceridad de los besos en aeropuertos, donde se ven los besos más sinceros. Muchos de reencuentro, otros tantos de despedida. Personas que odian aeropuertos y estaciones de tren, que sientan mal, que saben a despedida.

Como dice Marwan en su Carita de Tonto:

Es patético empezar otra canción diciendo: 
“Te voy a echar de menos” 
Quédate, que a esta terminal 
le dan igual tus sentimientos, 
cuando hace falta nunca retrasan los vuelos. 
Me sientan tan mal los aeropuertos… 

Quizás nunca pensaste que llegarías a acabar siendo una de esas parejas que se despide a besos antes de coger un avión. Que serías de esas personas que se emocionan por lo que están viviendo antes de despegar. De las que sin querer hacerlo, tienen que estar pendientes de los minutos que quedan para poder darse un último abrazo, beso o suspirar a la vez.

Tú, que siempre te prometiste que nunca te meterías en una relación a distancia, que no ibas a poder soportarlo. Que esas relaciones no estaban hechas para ti. Pero ¿para quién lo están? A ti que te dijeron que esas cosas nunca funcionan. Que pasas más tiempo angustiado que disfrutando de cada minuto cuando te vuelves a ver con esa persona. Tú que te hiciste mil películas en las que chico aparece en la puerta de casa de chica cuando ella está teniendo un mal día. Que esas cosas pasan cuando vives a media hora de la otra persona. No a kilómetros, no en países diferentes. Tú que dijiste que no podrías hacerte la idea de pasar más de quince días sin veros. Y tú que aún estando a tanta distancia consigues que la otra persona pueda sentirte cerca. Que los correos electrónicos, llamadas y mensajes de buenos días hacen que las distancias se acorten, son vehículos de emociones. Viajan a la velocidad de la luz. Te tocan dentro con intensidad. Que la distancia impide abrazos, pero no sentimientos.

Confía. Que la confianza es un pilar esencial para que algo así funcione y mis pilares fundamentales van con C. Ven, te los quiero enumerar:

  1. C  de confianza.
  2. C de corazón.
  3. C de contigo.

Cuando tienes esos pilares muy fuertes dentro de ti eres capaz de todo. Acabas haciendo realidad la ilusión de volar. Sin rumbo, a donde sea. Que viajar ya te gustaba, pero ahora más. Con más motivos. Piensas en volver a reencontrarte. Te ves cogiendo vuelos sin ton ni son, sin pensarlo dos veces. Te la juegas, unos al negro, otros al blanco y tú al rojo, con pasión. Compras los billetes de avión, con antelación, a dos, tres meses vista. Y ya veremos donde estás para entonces.

Ojalá hubiese cerrado la página de gestión de reservas con los billetes del viaje comprados. Como la última vez que abrí la web de IberiaExpress para mirar de reojo y por cotillear los precios de los vuelos. Ojalá me plantase allí para poder descubrir todos los sitios que has añadido a nuestro mapa. Como cuando hice la compra de los billetes hace un mes sin saber qué iba a ver allí. Recuerdo que te acosé por todos los medios posibles con emoción preguntando si podrías acogerme esa semana en tu casa. Sin saber que me esperaba una experiencia tan bonita como la que ha sido uno de los mejores viajes que he hecho nunca.

Donde cada viaje se convierte en una nueva puerta que te recibirá, qué más da el destino, donde sea que te vayas a ver con la persona a la que llevas deseando ver durante un mes, dos… La emoción de aterrizar con ese cosquilleo en la tripa. Y te vuelves adicto a esa sensación.

Y la ilusión de imaginarte cogiendo un vuelo con esa persona, desde la misma puerta de embarque, porque sí, llegó un día en el que se acabaron las despedidas.