IB 3674

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Coge un avión sin pensártelo dos veces. Hazlo. Lo llevas deseando hacer desde hace tiempo. Todo el mundo dice “qué ganas tengo de coger un avión de repente sin darle vueltas” pero pocos lo hacen.  La sensación es indescriptible. Sobre todo cuando despegas con un cóctel de emociones y se te escapa alguna que otra lágrima. Cuando no sabes qué tal se va a dar esa semana allí y vas a estar descubriéndote en situaciones nuevas. Situaciones que cada día van a ir haciéndote que te plantees si esto es lo que quieres hacer de verdad.

Dale la vuelta a tu historia, que aquí estás tú para crearla, para ser protagonista de lo que estás a punto de vivir. Tienes alas para volar, pies para salir corriendo. Empieza a crear algo de lo que estés orgulloso, sal de lo que no te gustaba y que te tenía sin pasar página. Evoluciona, crece. Y que lo vean.

Atrévete a apostar por algo que siempre pensaste que no serías capaz de hacer. Apuesta al rojo, al negro, al color que te de la gana, pero apuesta. Juégatelo, que aquí estamos para jugárnoslo todo. Y yo he venido a apostar. Por ti, por mí, por nosotros.

Siéntete libre, para querer, para olvidar, para salir, para volver. Pero hazlo. Que “quien bien te quiere te hará volar”. Y tanto que me haces volar. Que no es querer mucho, que es querer bien. Y no se me ocurre mejor manera de querer(te).

Volveré a coger ese IB 3674. Lo tengo ya comprado para volver. Porque volar ese 14 de julio es de las mejores decisiones que he tomado. Volvería a coger ese avión mil millones de veces. Volvería a volar allí hasta que la ciudad se supiese de memoria qué sitios me gustan, en cuales quiero ir de la mano si me siento insegura,  en cuales volvería a quedarme inmortalizando momentos con atardeceres especiales. Una ciudad que me haga perderme en su metro con estaciones innombrables, que me haga buscar desesperada buses que van en mil direcciones y no saber dónde está el mío, que me den ganas de entrar en todas sus tiendas pequeñas y originales, que sus paredes pintadas me pidan pararme para fotografiarlas todas, que quiera probar todas sus cervezas artesanales, que me quiera perder por sus calles buscando en el mapa los fotomatones analógicos que fueron testigos del principio de una historia.

Vuela, conmigo.  A donde sea. Volemos.

 

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Pinchazos de recuerdos

SallyFoto.

de SallyFoto

Empiezo el dia sonriendo gracias a la enfermera que me ha hecho el análisis. Se ha fijado en mi colgante diciéndome que era muy bonito y que de dónde era. Le he dado las gracias aunque el mérito no fuese mío, que llevaba tiempo buscándolo y que era de un mercadillo gigante de Berlín, a lo que me contesta que se imaginaba algo así, que en España iba a ser difícil encontrarlo…

– ¿Y cómo es que estabas en Berlín? – Le cuento que de vacaciones, que tenía un amigo allí que me había dicho varias veces que fuera a verle, que me acogía en su casa cuando quisiera. Así que allí me planté. Sin conocerle en persona aunque llevásemos 6 años hablando por chat y emails. Dispuesta a conocer la ciudad, por las mañanas como una turista mientras él trabajaba. Por las tardes como si fuera local, él venía a recogerme a donde fuera que estuviese para enseñarme más rincones. Un viaje para conocer la ciudad, ponerle ojos y voz a él y lo más importante, conocerme a mí misma.

Es muy posible que me haya dado esa conversación para entretenerme porque me notaba algo nerviosa por el pinchazo (aunque al ser donante, esa aguja es como un cariñito), pero he salido de la consulta con una sonrisa de oreja a oreja recordando el viaje.

Le he dado las gracias por hacer que me distraiga mientras me pinchaba pero realmente ¡me han dado ganas de invitarla a un café y contarle más!

SallyFoto

de SallyFoto

P.D.: pronto os hablaré de las fotos que ilustran este post. Me las hizo SallyFoto y fue una experiencia preciosa.

De películas berlinesas

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Si me quedo en Berlín…

Quiero una bicicleta rosa para recorrérmela entera.

Hacerme fotos en todos los fotomatones de la ciudad y perder la timidez en cada flashazo por sorpresa.

Desorientarme en plazas gigantes, buscar buses que parece que no llegan nunca y acabar riéndome de los errores de principiante que tiene uno el primer día en una nueva ciudad.

Perderme mil veces en el mercadillo más grande, buscando colgantes, pulseras y pendientes con trocitos de mí.

Probar las cervezas de trigo artesanas de cada bar junto con los pretzels por las calles de la ciudad.

Hacer todas las colas que haga falta por probar un kebab del sitio donde se inventó, o una hamburguesa en un antiguo baño debajo de un puente ahora convertido en cocina.

Ver atardeceres a la orilla del río, en un lugar donde todos son bienvenidos y donde, para garantizar la seguridad, te preguntan hasta qué haces llevando encima una pistola de juguete con balas de goma espuma.

Sorprenderme con la alegría, energía y buen rollo que hay en la zona de discotecas, en fábricas y edificios abandonados. Quiero conocer los locales más extraños y peculiares que haya. Da igual si es uno que tiene aspecto de salón de casa de abuela, con sus sofás de ante y raso, mesas de madera y papel pintado en la pared, donde te ponen música comercial. Otro tiene una casa pegada en el techo para hacerte dudar dónde empieza y acaba la realidad. Otro lleno de calaveras y farolillos de papel, con billares en los que pasar horas.

Que una noche de verano signifique ver amanecer a las 4:20 de la mañana al volver a casa, tras comerte una palmera de chocolate en un metro que no duerme los viernes y sábados.

Pasear por calles en las que no te juzgan si llevas el pelo azul o vas lleno de piercings en los labios, si eres un señor mayor con el pelo blanco que lleva una camiseta de un grupo heavy o si sois una pareja de chicas disfrazadas de robot.

Tratar de descifrar el significado de cada graffiti que hay en los baños de los sitios más extraños.

Enamorarme de cada mesa de restaurante, donde siempre hay velas y flores para hacer el ambiente más íntimo y personal.

Conocer la ciudad en los meses más fríos para refugiarme en chocolaterías, merendando tartas de manzana con canela.

Acostumbrarme a disfrutar de la lluvia, de los días grises donde los charcos de agua son divertidos cuando tienes unas botas todoterreno.

Aprenderme de memoria las estaciones de metro que van de un lugar a otro y jugar a inventar traducciones literales.

Viajar sola, coger un avión de vuelta a casa con las palabras “quédate” al oído y con abrazos escritos en forma de carta antes de despegar.

Podría llenar una caja de cosas que me encantan de esta ciudad, para tenerla siempre conmigo y, cuando la eche de menos, tocar lo que me traje de allí y los detalles que me marcaron en ese destino. Cerrar los ojos y dejarme llevar. Tener un billete de ida sin vuelta. Porque una parte de mí se quedó en Berlín. Y quiero volver a sentir bajo mis pies que que Berlín no es Alemania. Y volverme a enamorar de cada recuerdo que dejé entre sus calles.

“Un destino es una oportunidad para reencontrarse. Un hogar es donde vacías tus maletas. Y un origen es donde dejas que crezcan los recuerdos. Por eso, por mucho que te alejes, ellos se crecen más.” – Risto Mejide, Je demande.

Micromomentos de Barcelona

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Un viaje improvisado y planificado dos semanas antes, cervezas, música en vivo con vistas, mil millones de risas, otras mil fotos arrepintiéndome de no coger la réflex, carreras hacia baños de mala muerte con efecto invernadero, selfies con cara pan y sonrisas forzadas, tres puntos altos de la ciudad con vistas que te quitan el hipo, columpios en los que quedarse hasta que cierren el parque, paseos interminables recorriendo todos los puntos importantes del mapa, mojar los pies en el mar por la noche, contemplar tres aviones a punto de aterrizar con sus tres reflejos de luz sobre el Mediterráneo, remover todos los recuerdos habidos y por haber, imaginar los que aún no han ocurrido, rechazar todas las rosas rojas de todos los vendedores ambulantes, botellas de vino intactas que viajaron del súper a la nevera y luego a la maleta de vuelta a Madrid, remolonear cinco minutos más en la cama antes de ponerse en marcha para patearse la ciudad, combinaciones de metro que salen perfectas, comer de terraceo o en medio de un parque tres cosas que picoteas del mercado de La Boquería, andar aunque los pies te duelan horrores, mitad y mitad de paellas con alioli, pasar horas sentado a la sombra en el suelo comiendo helado y bebiendo cerveza mientras contemplas un monumento hablando y riendo sin parar, quedarse maravillado con las obras de arte y la fascinante arquitectura de Gaudí, soñar con yates inalcanzables atracados en La Barceloneta, pegar bocados a cupcakes que te dan la vida, sorbos a horchatas que quedaron pendientes, la frustración con camas que crujen hasta con respirar cuando lo único que quieres es dormir, carreras de tacones y fiesta de la espuma que aplazar por una cena más tranquila, enamoramientos fugaces por la calle, facultades con edificios a cada cual más bonito y mejor situado, mercados que te hacen perder el aliento, los puestecitos más hipsters de toda la ciudad, perderse por callejuelas buscando restaurantes bonitos donde cenar, morir de calor y buscar la sombra como si no hubiera un mañana, conversaciones largas practicando inglés, cervezas antes de dormir como quien se toma un ColaCao caliente cuando tiene insomnio, y autobuses lentos de vuelta pero que llevan puesto a AC/DC y a Bon Jovi.

Tres días y un viaje relámpago cargado de momentos y emociones inolvidables en una ciudad preciosa dan para mucho.

Verano 2012: Convivencia

Se va acercando, se va acercando… Me falta menos para que llegue el día de volver a la rutina, 16 días. Sé que muchos ya lleváis días trabajando o empezando las clases y es posible que el comienzo de mi post os amargue un poco.

Hoy os quiero contar cómo ha sido mi verano, aunque los que me followeáis en Twitter o Facebook mas o menos sabéis como ha ido. Si lo tengo que resumir en una palabra, sería: Convivencia. Este verano ha sido muy especial para mí, además de ser el más largo de mi vida, ya que posiblemente nunca vaya a volver a tener tres meses y medio de vacaciones.

Mi verano comenzó al terminar Selectividad con un viaje sorpresa a Venecia por mi cumpleaños. Volví y luego me fui a Cangas de Morrazo, en Vigo. Fueron diez días muy bonitos y especiales ya que es el pueblo en el que veraneaba de pequeña con mis bisabuelos y mi abuela y veía a gran parte de la familia. Pero este año fue distinto, fui con él y le enseñé la ciudad desde cero junto a familiares que nos lo pusieron más fácil para poder ir a los alrededores. Fuimos a playas de toda la vida y nos perdimos por las callecitas de la ciudad vieja en busca de restaurantes donde comer maravillosamente bien. Quién me iba a decir a mí cuando era pequeña que volvería allí a mis 18 con una persona a la que quiero mucho.

También cogimos un barco para ir a las Islas Cíes. Mi opinión sobre estas islas es que el color del agua es precioso, la arena de la playa es muy agradable porque es finísima y muy blanquita, pero los precios son excesivamente caros. Mi recomendación es que si vais, llevad comida de casa, como íbamos a hacer nosotros, pero salimos de casa con prisas y se nos olvidó la bolsa con todo preparado encima de la encimera de la cocina. Nos dimos cuenta en el barco cuando llegábamos a Vigo, por lo que no había vuelta atrás. Ah, y protección 50+, a no ser que queráis volver como gambas. Por último, si queréis disfrutar de las islas y aprovecharlas bien no escojáis el día que dices “madre mía que calorazo va a hacer este día, vamos a ir este así nos tostamos al solecito y volvemos con color” porque si pilláis el día en el que casi no hay aire, estar cuatro horas al sol abrasador se puede convertir en una tortura, y más aún si no tenéis vuestra enorme botella de 2L con vosotros porque os la habéis dejado en la encimera de la cocina al salir de casa. Además, con un calor terrible, no es agradable hacer senderismo por alguno de los tres caminos que te proponen. Nosotros cogimos el barco de las 12 para aprovechar el día, pero al estar con falta de comida y bebida, volvimos a las 17h porque no aguantábamos más, pero el plan original era volver en torno a las 20h. Nos tomamos un helado cada uno y nos sacaron 5-6€ por los dos, por una botella de agua de menos de medio litro, 2,50€. Una ruina. Lo que sí tenía buena pinta y no era muy caro era el camping que tienen allí montado. Hasta me entraron ganas de ir, y eso que yo no soy muy amiga del campo.

Después de estar allí, volvimos a Madrid y en el mismo día que llegué de Galicia, cogimos el coche de vuelta, pero en vez de a Vigo, a Coruña. Menos mal que nosotros dos fuimos y volvimos en Trenhotel, pero aún así fue una paliza comerme otras 6h de viaje en coche casi en la misma dirección. En Coruña hacía buen tiempo así que fuimos a la playa unos quince días seguidos hasta que por fin llegó de nuevo él para pasar conmigo el resto del mes de agosto. Esta vez había hecho los deberes de llevarle a casi todos los sitios turísticos de Coruña, por lo que este año fuimos más de tapas, improvisando paseos sin rumbo, a ver la Playa de las Catedrales en Ribadeo y aunque justo esas tres semanas hizo peor tiempo, pudimos ir un par de días o tres a la playa. Aún me queda por llevarle a algún que otro lugar de esta pequeña pero preciosa ciudad, así que para el año que viene ya lo tengo apuntado.

Finalmente, volvimos juntos en tren mientras mis padres se quedaron allí y he tenido una semana para ver a mis amigas más cercanas, que las echaba de menos. Ha sido una semana muy completita con algo diferente que hacer cada día. Hasta he estrenado la nueva carta de 100 Montaditos. Merece la pena, hay cosas muy muy llamativas, como algunos de los montaditos que ahora preparan en tamaño XXL o un montadito con pan de chocolate, nocilla y lacasitos 😀 Vale, vale, lo dejo ya, que no soy la nueva RRPPs de Restalia.

Hasta aquí las vacaciones en Galicia con él y volviendo al principio del post, os cuento porqué quiero resumir las vacaciones en la palabra: convivencia. Hemos pasado casi un mes juntos y aunque ya sean dos años y pico, estábamos con el típico miedo de -¿me cansaré de el tras verle las 24h todos los días seguidos? ¿discutiremos? ¿nos vamos a hartar y se nos va a acabar el amor de repente?- Nada de eso ha ocurrido, por lo que consideramos que hemos dado otro paso en la relación y hemos pasado una prueba de fuego. Ahora vuelta a empezar el año académico, aprender a compaginar los estudios con los días que quedemos,…etc. Tengo ganas de la vida universitaria, pero echaré esto de menos.

Tras este pequeño paréntesis azucarado… Mañana me voy a Nueva York, que el año pasado nos quedamos con ganas de más… ¡Tengo unas ganas tan grandes que no sé si caben en el avión! Y al volver tengo unos días para quitarme el jet-lag, que el día 26 empiezo la carrera de Publicidad, que también tengo muchas ganas. El nombre de las asignaturas tiene buena pinta, espero que lo sean y no me rompan la ilusión.

Seguiré informando…

Diferencias abismales

Despego de Santo Domingo para aterrizar en Madrid. Desde un país menos desarrollado a uno desarrolladisimo.

Una vez estoy arriba miro por la ventanilla del avión, una larga línea de luces bordean la bonita costa que se ve durante el día, donde la linea del horizonte separa el cielo del mar. Alrededor de esa línea de luces, hay muchos más puntos de luz y lo que se ve de isla está inundada de destellos de color naranja y blanco.

Cierro los ojos unos instantes mientras el avión va cogiendo altura y cuando los vuelvo a abrir, apenas unos segundos después, vuelvo a mirar por la ventanilla. La línea que bordeaba la costa se quedó muy atrás, y las luces que la rodeaban tambien. Ahora apenas hay luz, sólo de vez en cuando se concentran destellos que se ven desde el aire. Pero en medio de tierra apagada, negra, oscura.

Pequeñas concentraciones de luz de villas en las que viven grupos de personas con sus menudos negocios. Bares en los que en las paredes de la entrada pone que sirven bebidas frias para captar tu atención, peluquerías que encuentras en cada calle una, gomerías que arreglan los neumáticos de coches, hostales de barrio, locales con tiendecitas y puestos en la calle con frutas tropicales y verduras de la tierra.

Personas que cada día se buscan la vida para ganar dinero y poder vivir dignamente, que con poco se conforman y cubren sus necesidades básicas. Familias numerosas y con una moto para llevar a cinco encima, cantidad de autobuses amarillos que llevan a los niños al colegio.

Así es el paisaje de los alrededores de Santo Domingo. Y todo eso lo he visto en tres horas de coche cruzando de una punta de la isla a la mitad de la misma.

Por Oviedo

Hace un par de meses estuve un fin de semana en Oviedo y me encontré con un mensaje de lo más positivo. No me pude resistir a fotografiarlo nada más pasar por delante. Creo que estaba en la calle donde está el NH y la confitería Rialto. Si no, en una paralela.

Si tenéis la oportunidad, os recomiendo ir. Es una ciudad pequeña, pero muy entrañable y fácil de ver. Yo la bauticé como la ciudad de las estatuas, ya que por todo el centro hay estatuas de bronce que se dejan hacer bonitas fotos. Se come fenomenal, como en cualquier parte del norte, ya sea una fabada o pixín acompañado de una sidra bien escanciada. Si pasáis por allí, id a desayunar a Rialto unas tortitas (mejor dicho, LA tortita) y llevaros a casa una caja de moscovitas.

Hablando de esta ciudad después de recomendaros ir, sólo me queda deciros que para apoyar a Oviedo como ciudad candidata a capital europea de la cultura en 2016, podéis followearla en twitter desde aquí.

Sin querer, me he quedado hablando de Oviedo cuando iba a poner la foto y un breve comentario. Debe ser que lo bueno engancha.

P.D: El post no me lo ha pedido nadie ni va patrocinado, ha salido solo, pero sí que se lo dedico a @Ruralworker 😉