Los sueños se hacen realidad

Había soñado durante muchos años con estar en un lugar rodeada de kilómetros de nieve. Donde no hubiese nada más que hacer que ver, pasear y admirar el paisaje blanco. Había visto muchísimas fotos, reportajes de blogs de viajes y había fantaseado con ello muchas veces. Pero nunca había pensado que la realidad superaría aún más todas mis expectativas.

Mi novio me había regalado por navidad un viaje a Helsinki y me dijo que iríamos a un pueblecito cercano donde habría nieve y montaríamos en trineo tirado por huskys. Me hizo muchísima ilusión y rápidamente me enganché a una cámara 24h de ese pueblecito para ver la cantidad de nieve que había. Como era un lugar muy remoto la única cámara que encontré daba a una autopista. Pero ahí que estuve haciendo F5 todos los días durante tres meses. Las semanas previas la nieve estaba prácticamente derretida y la previsión del tiempo daba temperaturas altas (4ºC de media). Ahí me desilusioné un poco pensando que no vería ni una pizca de nieve. Le dije a Dani que preguntase en el hotel si íbamos a poder hacer la excursión con los perros y me dijo que había dos noticias, una buena y una mala. La mala: que no había suficiente nieve. La buena: que por lo menos te dejaban ir al refugio y jugar con los perros.

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Aterrizando en Helsinki

Me hice a la idea totalmente de que era imposible que viese nieve. Cuando viví en Berlín me fui con la ilusión de ver nevar, de alucinar con los lagos y ríos helados y la gente patinando sobre ellos, pero no vi ni un triste copo. Viajamos a un pueblecito cercano un fin de semana de diciembre y allí tampoco había nieve. Nos fuimos a vivir a Barcelona, pero enseguida llegó el buen tiempo y no daba como para irnos a la montaña a ver nieve. De ahí volvimos a Madrid y lo más cerca que estuve de la nieve fue en una excursión que hicimos a La Granja un noviembre donde había algunos puntos con nieve acumulada y hielo de color ya marrón muy sucio. Ahora nos íbamos a Helsinki y tras ver las previsiones del tiempo, me convencí de que el mundo me había castigado para no ver nieve jamás.

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Aterrizando en Ivalo

Hasta que llegamos a Helsinki. Durante el aterrizaje me puse contentísima al ver desde el avión que había terrenos llenos de nieve y me dije que muy mala suerte tendríamos si justo en el pueblito al que íbamos, no iba a haber ni una gota. Al salir del avión Dani empezó a caminar por la terminal, saltándose las salidas por las que estaba convencida de que iríamos para coger un taxi. Me decía que le siguiese y yo diciéndole que si no había visto la puerta o la señal de EXIT, que era por el otro lado. Hasta que se paró y me dijo: “Aquí, ya estamos, ahora siéntate”. Estábamos sentados delante de otra puerta de embarque con destino a un pueblo del que no había oído hablar jamás. Entonces fue cuando me dijo: “¡Sorpresa! Te llevo a la nieve, a Laponia, más allá del Círculo Polar Ártico”. No me dejó buscar fotos del destino, solo me dijo que lo pusiera en el mapa para ver lo arriba que estaríamos y que me hiciese a la idea. Me prometió que veríamos nieve. Y vaya si la vimos…

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Pista de aterrizaje en Ivalo

Desde el avión, nada más atravesar la capa espesa de nubes, apareció bajo nosotros un paisaje increíblemente blanco. Hectáreas de color blanco, millones de bosques y lagos inmensos congelados, además empezaba a atardecer… Ahí mi alegría empezó a aumentar exponencialmente y al aterrizar en Ivalo la pista estaba en medio de la nada, solo había colinas de nieve y más bosques. Bajamos del avión por las escaleras y todos empezamos a hacer fotos. Era el único avión del aeropuerto más minúsculo en el que habíamos estado. Salimos rápidamente de las cintas de equipaje facturado ya que solo llevábamos dos maletas de mano. Esperando solo había señores y conductores de los transfers a los distintos hoteles. Nuestro hotel era el que sale en los artículos donde hablan de los mejores sitios para ver auroras boreales, artículos de los hoteles más originales donde debes dormir al menos una vez en la vida, etc. Era uno de los famosos hoteles con cúpulas que salen en tantas fotos, el Kakslauttanen Artic Resort.

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Habitaciones igloo

Con el transfer llegamos al hotel en media hora – cuarenta minutos aprox y el paisaje nos dejó boquiabiertos. De verdad, es increíble. Llegamos al hotel a las 19:30 y el restaurante cerraba en media hora, así que nos sentamos para cenar antes de ir a la habitación. Sopa calentita de salmón y eneldo de primero y un plato de carne de reno con puré de patata y arándanos de segundo. La carne de reno sabe parecido a las carrilleras, creía que sería un sabor más extraño, pero era bastante familiar. De postre tomamos una especie de crema de nata con canela, dados de queso y frutos rojos. No sé cómo se llama pero estaba cremosísimo y buenísimo. Teníamos muchas ganas de probar la comida local y nos encantó. Igualmente, también había opciones vegetarianas.

Terminamos de cenar y nos indicaron cómo llegar a la habitación. La entrada estaba llena de trineos para desplazarte por la villa y llevar las maletas, así que eso hicimos. Preguntamos de nuevo cómo llegar porque estaba todo oscuro y aún no nos habíamos familiarizado con el sitio y de repente oímos a la gente exclamar sorprendidos mirando al cielo. Aparecieron las auroras boreales. Dani y yo nos miramos sin poder creerlo y ahí estaban, el cielo completamente oscuro, lleno de estrellas y reflejos verdes asomando en el horizonte. Nos quedamos allí parados, viendo el espectáculo sintiendo muchísima emoción por dentro. A los pocos minutos las auroras se fueron y entonces seguimos caminando a la habitación. Llegamos al igloo y dejamos las maletas, nos sacamos los abrigos y botas de nieve, vimos que había un aparato que era un detector de auroras, apagamos la luz y al tumbarnos en la cama veíamos el cielo perfectamente. El cacharro empezó a pitar como loco y ahí estábamos, tumbados en la cama, mirando al cielo y viendo auroras boreales. No podíamos creerlo. Al cabo de un rato nos pusimos el pijama y caímos rendidos mirando al cielo.

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Aurora boreal desde la habitación

A la mañana siguiente, amaneció a las 5AM, aunque desde las 4AM ya se empieza a ver luz. A mí me gusta dormir con la persiana subida, así que estaba acostumbrada a dormir unas horas más o despertarme con la luz natural. Si eres de dormir con las persianas bajadas del todo, no te olvides de traer un antifaz. Habría seguido durmiendo más pero no podía contener la emoción y como me desperté antes que él, empecé a dar vueltas en la habitación como una niña pequeña para despertarle, estaba como loca por salir a pasear por la nieve y descubrir donde estábamos, ya que por la noche se veía muy poco.

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Nuestra habitación igloo por la mañana

No podía parar de admirar el paisaje, desayunamos al lado de la ventana y enseguida nos fuimos a hacer la primera actividad del día, montar en trineo con huskys. Nos recogió el transfer del hotel y nos llevaron al refugio. Allí te dan un mono de esquiar, botas, guantes y gorros de pelo. Nos explicaron cómo se manejaba el trineo, cómo frenar y cómo ayudar a los perros cuando hay que subir una cuesta. Llegamos a los trineos, nos subimos y en cuanto te sueltan la cuerda que sujeta el trineo, sales corriendo disparado tirado por los huskys. Es increíble la velocidad que alcanzan y las ganas locas que tienen de correr. De hecho cuando están parados están ladrando y suplicando que empiece ya la carrera. El manejo es mucho más sencillo de lo que creía. Simplemente tienes una barra que puedes pisar con un par de ganchos que se clavan en la nieve y así se frena. Para correr, no tienes que hacer nada más que mantener el equilibrio mientras vas de pie.

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Paseo en trineo con huskys

Da mucha impresión pero enseguida se le coge el truco. Y si eres miedica como yo, puedes ir pisando a ratitos el gancho para que los perros no vayan tan rápido. 20 mins de trineo, pausa en un tipi para tomar un té caliente y al que iba tumbado le toca conducir. Llegamos al refugio de nuevo y tras bajarnos del trineo, nos dejaron pasear por allí y jugar con el resto de perros. Hasta que de pronto aparecieron con tres cachorritos de huskys y ahí se nos paró el corazón. El amor que derrochan, los mimos  de estos perritos y el calor que emanaba de sus cuerpecitos regordetes era increíble.

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Husky bebé

Tras quitarnos todo el equipo de nieve, volvimos a la villa y nos volvimos a vestir para ir a pasear por el complejo del hotel. En mi cabeza no paraba de sonar la canción “Hazme un muñeco de nieve” de Frozen. Caminamos tres o cuatro horas por los alrededores, subimos al mirador, vimos la galería de arte y la tienda llena de artículos de diseño finlandés, volvimos a salir a pasear y caminar por las casitas de Papá Noel y los elfos, fuimos a la granja de renos que tiene el hotel, nos acercamos a los establos de caballos, nos tiramos en trineo por las colinas, hicimos un muñeco de nieve, dibujamos cosas en la nieve, nos tiramos bolas de nieve, tiramos bolas de nieve también al hielo del río congelado para ver si se rompía… Y repetimos incontables veces la palabra “increíble”.

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Alrededores del hotel

De verdad, intentaba darle forma y articular las palabras correctas que describieran a la perfección la inmensa felicidad que sentía y sabía que me quedaba corta. Pero para mí, este había sido de los mejores días de mi vida, donde lo único que era capaz de sentir era la felicidad en el estado más puro que había sentido jamás, asombrada por la increíble belleza del lugar, en medio de la nada. Podías caminar durante horas y no te cruzabas con nadie, pasear completamente solos, con el sonido de los pájaros, en plena paz y solo escuchando el sonido del hielo y la nieve romperse bajo tus pies. Y con ese cóctel de ingredientes que hacían aún más posible esa felicidad, estaba allí con Dani. No podía pedirle más a la vida. Se me olvidaron todos los problemas, preocupaciones, ansiedad y agobios que me suelen rondar en la cabeza. Todo lo malo desapareció por completo, no existía y si formaba parte de mí, estaba lo más alejado posible. Nunca había sido capaz de alejarme tanto de esos sentimientos ni me había visto completamente rodeada de tantas cosas bonitas a la vez.

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Kilómetros de bosques nevados

Esa noche cenamos pronto y nos volvimos a abrigar para salir a dar un paseo en trineo con los renos. En medio de la oscuridad de la noche, los renos empezaron a caminar lentamente y nos llevaron a otro tipi donde nos contaron historias de los samis mientras tomamos té. Este paseo se suele hacer para ver las auroras boreales pero la noche estaba totalmente cubierta y no se veían ni las estrellas, pero fue mágico estar de nuevo rodeados de kilómetros de nieve y bosque oscuro. Antes de salir te dejan pasar por un vestuario para coger un mono de nieve, botas, gorro, guantes y hay barra libre de mantitas para ponerte cómodo y calentito en el trineo. Todo esto se devuelve al llegar de nuevo al hotel y ya puedes volverte a la habitación.

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Reno preparado para dar un paseo en trineo

Nos pusimos el pijama y caímos rendidos en la cama. Hasta que Dani se despertó porque tenía calor y de repente se encontró con una aurora boreal en el cielo. Rápidamente me despertó y yo que estaba profundamente dormida y no veía nada sin gafas no entendía aún qué estaba pasando. Me puse las gafas y ahí estaban las luces verdes otra vez en el horizonte. Empezamos a hacer fotos con el móvil, ya que como este viaje había sido sorpresa, por mucho que llevase la reflex no tenía el trípode. Así que con la cámara del móvil en modo nocturno sacamos las mejores fotos que pudimos. Y con la felicidad inmensa de haber podido ver auroras boreales en nuestra segunda y última noche en Laponia, nos volvimos a dormir.

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Aurora boreal desde la habitación

A la mañana siguiente, con la pena de tener que volver a la civilización, amanecí a las 4:30, vi salir el sol, vi como empezaba a jugar con los reflejos de la nieve, los colores ocres de las nubes… Creía que era muy valiente por estar despierta a esas horas, pero a través del cristal de nuestro igloo vi que ya había una mujer asiática paseando por allí… Nuestro vuelo salía a las 9:50AM así que tuvimos que dejar la habitación pronto para ir al lobby, hacer el checkout, tomarnos el desayuno take-away que nos habían preparado y coger el transfer de nuevo al aeropuerto. En el lobby sonaba la canción Your song de Elton John y con una mezcla de alegría por lo que habíamos vivido y pena por tener que irnos, se me empezó a hacer un nudo en la garganta. Cogimos el coche y con los nervios por estar emocionada, no podía hablar y me puse a grabar el trayecto de vuelta en silencio mientras conducíamos por la nieve. No quería irme.

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Mirador

Llegamos al aeropuerto, pasamos seguridad y ya para embarcar volvimos a salir a la pista, subimos las escaleras y con la emoción a flor de piel, respiré el aire frío del Círculo Polar Ártico por última vez. En el momento del despegue seguía tan emocionada, que el nudo en la garganta me apretaba a más no poder, así que cogí los cascos, me puse la canción de Elton John y mientras veía el paisaje nevado desde la ventanilla del avión empecé a llorar sin parar. De felicidad por lo que habíamos vivido, de tristeza por tener que volver, de pura emoción por el cúmulo de sensaciones de este viaje, por haber sido capaces de cumplir un sueño, o más bien dos, estar en un lugar lleno de nieve como este y el haber visto auroras boreales.

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“Hazme un muñeco de nieve…” ♫ ♫ ♫

Aterrizamos en Helsinki 1h:40 después y cogimos el taxi al centro (tarifa fija alrededor de los 30-40€). Llegamos al hotel y como este hotel lo habíamos reservado juntos, tenía una idea de cómo era, pero no fue hasta que llegamos, cuando vimos la preciosidad de hotel en el que estábamos. Se llama Hotel St. George y es un hotel boutique monísimo en pleno centro, en el barrio más cosmopolita de la ciudad. La habitación era de un diseño exquisito, las paredes y estanterías estaban llenas de piezas de arte y podías llamar a recepción para preguntar por ellas y que te las explicaran. El lobby tenía también piezas de arte y estaba todo decorado con un gusto exquisito. Dejamos las cosas y nos fuimos a pasear por la ciudad, llegamos al puerto, comimos una sopa de salmón y una fritura de pescado. Seguimos paseando y volvimos al hotel para ducharnos y arreglarnos para cenar.

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Helsinki

Habíamos reservado en Spis, un restaurante local que se centra en comida de temporada. Cenamos el menú corto y salimos de allí llenísimos. Cómo estaríamos de llenos que hasta rechazamos el plato de queso opcional porque sentíamos que no íbamos a poder desabrocharnos el pantalón. Al día siguiente aprovechamos para acercarnos al museo de arte contemporáneo y como habíamos desayunado fuerte, no comimos, ya que nos esperaba una cena de menú largo en un restaurante de Estrella Michelín llamado OLO. Esa cena fue aún más espectacular que la de la noche anterior. Probamos el hígado de reno con remolacha, (que en realidad sabe a foie), las ostras con perlas de lima, un postre de ruibarbo que venía en una maceta llena de flores frescas, otro postre de chocolate con papel de oro… Fue una maravilla y muy interesante ya que usaron un montón de ingredientes locales.

En definitiva, el viaje fue una experiencia increíble que volvería a repetir mil veces. Y más aún, fue espectacular al no saber que íbamos a Laponia y enterarme media hora antes de coger un segundo avión con toda la emoción de golpe.

 

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Kiasma museum, Museo de arte contemporáneo

Para aquellos que queráis hacer este viaje, os doy todos los detalles y preguntas que me habéis hecho durante esos días resumidos aquí:

  • Cómo llegar a Laponia desde Madrid:
    • Volamos con Finnair hasta Helsinki. Desde Helsinki puedes volar a diferentes ciudades del norte de Finlandia. La más conocida es Rovaniemi, donde está la famosa villa de Papá Noel. Si quieres irte a un sitio menos turístico y subir mucho más al norte, vuela a Ivalo que es a donde fuimos nosotros. Desconozco si hay más compañías que vuelen a cada ciudad, pero Finnair seguro que sí. Creo que también se pueden hacer escalas en París o Londres con otras compañías aéreas.
  • Dónde dormir en Laponia:
    • Hay muchos hoteles tanto en Rovaniemi como en Ivalo u otras ciudades cercanas. Lo esencial es encontrar el hotel que más se ajuste a tu presupuesto y una vez lo hayas elegido, mires el aeropuerto más cercano. En todas las webs de cada hotel te dicen cómo llegar y todos suelen tener transfers que te recogen en el aeropuerto.
  • Clima:
    • Nosotros tuvimos muy buen tiempo, mínimas de -8ºC de madrugada (cuando estás durmiendo) y máximas de 4ºC durante el día. Apenas había viento, nos nevó y llovió algún ratito mientras paseamos y hasta salió el sol radiante y tuvimos cielo completamente azul. La semana previa estaban con mínimas de -15ºC o -25ºC, por lo que tienes que estar muy pendiente del tiempo la semana antes de volar para no llevarte sustos. En Diciembre o Enero alcanzan fácil los -30ºC. Ellos están acostumbrados pero nosotros no y a partir de los -15ºC duele respirar. En la habitación igloo, cabañas y otros tipos de alojamientos que ofrecía nuestro hotel, la temperatura suele ser alrededor de 25ºC.
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Río congelado y la capa de nieve que tiene por encima

 

  • Ropa:
    • Lo más importante es vestir por capas. Y llevar siempre cacao para los labios en un bolsillo. Igualmente, en los hoteles antes de hacer las actividades se aseguran de que vayas bien abrigado y en el precio de las excursiones va incluido el material por si necesitas alquilarlo. A nosotros para montar en trineo con huskys nos dieron un mono de esquí para ponernos por encima de los pantalones de nieve y nos cambiamos las botas por unas de goma que llegaban casi hasta la rodilla. Detallo lo que llevaba durante los días de Laponia. Como se ve en muchos links, fuimos con lo más básico y si no tienes ropa de esquiar como yo y te da rabia no amortizarla porque casi nunca la vas a usar, la gama básica de Decathlon es tu mejor aliado. 
      1. Camiseta térmica de tirantes.
      2. Camiseta térmica de manga larga.
      3. (Por la noche para excursión con los renos: Forro polar de cuello alto)
      4. Sudadera térmica con capucha.
      5. Leggins térmicos.
      6. Pantalón de nieve.
      7. Calcetines normales.
      8. Bufanda y gorro de lana.
      9. Botas de nieve.
      10. Plumas.
  • Excursiones, actividades, comidas:
    • Nuestro hotel tenía un montón de actividades que podías realizar sin irte a ningún sitio ni contratarlas con otras compañías. Ellos te organizan todo y tú solo tienes que preocuparte de estar puntual en el lobby que es donde te recogen para coger un coche o ir caminando a donde empiece la actividad. Simplemente asegúrate de cogerlas con algo de antelación por si se llenan, pero si quieres improvisar alguna actividad o pensártelo cuando llegues, también podrás hacerlo. Para comer, nosotros recomendamos coger media pensión o completa, ya que probablemente el hotel esté en medio de la nada.
  • Auroras boreales: la temporada empieza a finales de agosto y dura hasta finales de abril, pero por mucho que cojas el hotel más al norte de Finlandia es posible que no las puedas ver ya que depende de factores externos como las nubes y el viento. Como consejo: evita ir cuando haya luna llena ya que deslumbra y hace más difícil apreciar las aurorasSi tu habitación tiene detector de auroras, pitará en medio de la noche y significará que puedes ver la aurora justo encima de ti. Si no, es recomendable llevar instalada una app que manda alertas cuando la probabilidad es alta. Nosotros usamos My aurora forecast (en iOS y Android), justo cuando vimos las auroras ponía que había un 45% de probabilidad así que imaginad cómo se verán cuando la app marca el 100%.

Creo que no me dejo ninguna duda por resolver. La única que no puedo responder es la del precio de los vuelos y alojamiento en Laponia ya que era parte de mi regalo sorpresa. En cuanto a hoteles en Helsinki, los hay de un montón de precios distintos. Nosotros fuimos a este porque queríamos hacerlo más especial y porque buscamos que tuviese spa por si hacía muchísimo frío para estar en la calle, pero sin spa, hay más todavía.

Lo único que sé es que hay que reservarlo con muchísima antelación. Dani lo cogió todo a finales de septiembre para ir a finales de marzo porque allí es temporada alta y se llena enseguida. Cualquier cosa que necesitéis saber, ¡no dudéis en escribirme!

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Coge un avión sin pensártelo dos veces. Hazlo. Lo llevas deseando hacer desde hace tiempo. Todo el mundo dice “qué ganas tengo de coger un avión de repente sin darle vueltas” pero pocos lo hacen.  La sensación es indescriptible. Sobre todo cuando despegas con un cóctel de emociones y se te escapa alguna que otra lágrima. Cuando no sabes qué tal se va a dar esa semana allí y vas a estar descubriéndote en situaciones nuevas. Situaciones que cada día van a ir haciéndote que te plantees si esto es lo que quieres hacer de verdad.

Dale la vuelta a tu historia, que aquí estás tú para crearla, para ser protagonista de lo que estás a punto de vivir. Tienes alas para volar, pies para salir corriendo. Empieza a crear algo de lo que estés orgulloso, sal de lo que no te gustaba y que te tenía sin pasar página. Evoluciona, crece. Y que lo vean.

Atrévete a apostar por algo que siempre pensaste que no serías capaz de hacer. Apuesta al rojo, al negro, al color que te de la gana, pero apuesta. Juégatelo, que aquí estamos para jugárnoslo todo. Y yo he venido a apostar. Por ti, por mí, por nosotros.

Siéntete libre, para querer, para olvidar, para salir, para volver. Pero hazlo. Que “quien bien te quiere te hará volar”. Y tanto que me haces volar. Que no es querer mucho, que es querer bien. Y no se me ocurre mejor manera de querer(te).

Volveré a coger ese IB 3674. Lo tengo ya comprado para volver. Porque volar ese 14 de julio es de las mejores decisiones que he tomado. Volvería a coger ese avión mil millones de veces. Volvería a volar allí hasta que la ciudad se supiese de memoria qué sitios me gustan, en cuales quiero ir de la mano si me siento insegura,  en cuales volvería a quedarme inmortalizando momentos con atardeceres especiales. Una ciudad que me haga perderme en su metro con estaciones innombrables, que me haga buscar desesperada buses que van en mil direcciones y no saber dónde está el mío, que me den ganas de entrar en todas sus tiendas pequeñas y originales, que sus paredes pintadas me pidan pararme para fotografiarlas todas, que quiera probar todas sus cervezas artesanales, que me quiera perder por sus calles buscando en el mapa los fotomatones analógicos que fueron testigos del principio de una historia.

Vuela, conmigo.  A donde sea. Volemos.

 

Pinchazos de recuerdos

SallyFoto.

de SallyFoto

Empiezo el dia sonriendo gracias a la enfermera que me ha hecho el análisis. Se ha fijado en mi colgante diciéndome que era muy bonito y que de dónde era. Le he dado las gracias aunque el mérito no fuese mío, que llevaba tiempo buscándolo y que era de un mercadillo gigante de Berlín, a lo que me contesta que se imaginaba algo así, que en España iba a ser difícil encontrarlo…

– ¿Y cómo es que estabas en Berlín? – Le cuento que de vacaciones, que tenía un amigo allí que me había dicho varias veces que fuera a verle, que me acogía en su casa cuando quisiera. Así que allí me planté. Sin conocerle en persona aunque llevásemos 6 años hablando por chat y emails. Dispuesta a conocer la ciudad, por las mañanas como una turista mientras él trabajaba. Por las tardes como si fuera local, él venía a recogerme a donde fuera que estuviese para enseñarme más rincones. Un viaje para conocer la ciudad, ponerle ojos y voz a él y lo más importante, conocerme a mí misma.

Es muy posible que me haya dado esa conversación para entretenerme porque me notaba algo nerviosa por el pinchazo (aunque al ser donante, esa aguja es como un cariñito), pero he salido de la consulta con una sonrisa de oreja a oreja recordando el viaje.

Le he dado las gracias por hacer que me distraiga mientras me pinchaba pero realmente ¡me han dado ganas de invitarla a un café y contarle más!

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de SallyFoto

P.D.: pronto os hablaré de las fotos que ilustran este post. Me las hizo SallyFoto y fue una experiencia preciosa.

De películas berlinesas

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Si me quedo en Berlín…

Quiero una bicicleta rosa para recorrérmela entera.

Hacerme fotos en todos los fotomatones de la ciudad y perder la timidez en cada flashazo por sorpresa.

Desorientarme en plazas gigantes, buscar buses que parece que no llegan nunca y acabar riéndome de los errores de principiante que tiene uno el primer día en una nueva ciudad.

Perderme mil veces en el mercadillo más grande, buscando colgantes, pulseras y pendientes con trocitos de mí.

Probar las cervezas de trigo artesanas de cada bar junto con los pretzels por las calles de la ciudad.

Hacer todas las colas que haga falta por probar un kebab del sitio donde se inventó, o una hamburguesa en un antiguo baño debajo de un puente ahora convertido en cocina.

Ver atardeceres a la orilla del río, en un lugar donde todos son bienvenidos y donde, para garantizar la seguridad, te preguntan hasta qué haces llevando encima una pistola de juguete con balas de goma espuma.

Sorprenderme con la alegría, energía y buen rollo que hay en la zona de discotecas, en fábricas y edificios abandonados. Quiero conocer los locales más extraños y peculiares que haya. Da igual si es uno que tiene aspecto de salón de casa de abuela, con sus sofás de ante y raso, mesas de madera y papel pintado en la pared, donde te ponen música comercial. Otro tiene una casa pegada en el techo para hacerte dudar dónde empieza y acaba la realidad. Otro lleno de calaveras y farolillos de papel, con billares en los que pasar horas.

Que una noche de verano signifique ver amanecer a las 4:20 de la mañana al volver a casa, tras comerte una palmera de chocolate en un metro que no duerme los viernes y sábados.

Pasear por calles en las que no te juzgan si llevas el pelo azul o vas lleno de piercings en los labios, si eres un señor mayor con el pelo blanco que lleva una camiseta de un grupo heavy o si sois una pareja de chicas disfrazadas de robot.

Tratar de descifrar el significado de cada graffiti que hay en los baños de los sitios más extraños.

Enamorarme de cada mesa de restaurante, donde siempre hay velas y flores para hacer el ambiente más íntimo y personal.

Conocer la ciudad en los meses más fríos para refugiarme en chocolaterías, merendando tartas de manzana con canela.

Acostumbrarme a disfrutar de la lluvia, de los días grises donde los charcos de agua son divertidos cuando tienes unas botas todoterreno.

Aprenderme de memoria las estaciones de metro que van de un lugar a otro y jugar a inventar traducciones literales.

Viajar sola, coger un avión de vuelta a casa con las palabras “quédate” al oído y con abrazos escritos en forma de carta antes de despegar.

Podría llenar una caja de cosas que me encantan de esta ciudad, para tenerla siempre conmigo y, cuando la eche de menos, tocar lo que me traje de allí y los detalles que me marcaron en ese destino. Cerrar los ojos y dejarme llevar. Tener un billete de ida sin vuelta. Porque una parte de mí se quedó en Berlín. Y quiero volver a sentir bajo mis pies que que Berlín no es Alemania. Y volverme a enamorar de cada recuerdo que dejé entre sus calles.

“Un destino es una oportunidad para reencontrarse. Un hogar es donde vacías tus maletas. Y un origen es donde dejas que crezcan los recuerdos. Por eso, por mucho que te alejes, ellos se crecen más.” – Risto Mejide, Je demande.

Micromomentos de Barcelona

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Un viaje improvisado y planificado dos semanas antes, cervezas, música en vivo con vistas, mil millones de risas, otras mil fotos arrepintiéndome de no coger la réflex, carreras hacia baños de mala muerte con efecto invernadero, selfies con cara pan y sonrisas forzadas, tres puntos altos de la ciudad con vistas que te quitan el hipo, columpios en los que quedarse hasta que cierren el parque, paseos interminables recorriendo todos los puntos importantes del mapa, mojar los pies en el mar por la noche, contemplar tres aviones a punto de aterrizar con sus tres reflejos de luz sobre el Mediterráneo, remover todos los recuerdos habidos y por haber, imaginar los que aún no han ocurrido, rechazar todas las rosas rojas de todos los vendedores ambulantes, botellas de vino intactas que viajaron del súper a la nevera y luego a la maleta de vuelta a Madrid, remolonear cinco minutos más en la cama antes de ponerse en marcha para patearse la ciudad, combinaciones de metro que salen perfectas, comer de terraceo o en medio de un parque tres cosas que picoteas del mercado de La Boquería, andar aunque los pies te duelan horrores, mitad y mitad de paellas con alioli, pasar horas sentado a la sombra en el suelo comiendo helado y bebiendo cerveza mientras contemplas un monumento hablando y riendo sin parar, quedarse maravillado con las obras de arte y la fascinante arquitectura de Gaudí, soñar con yates inalcanzables atracados en La Barceloneta, pegar bocados a cupcakes que te dan la vida, sorbos a horchatas que quedaron pendientes, la frustración con camas que crujen hasta con respirar cuando lo único que quieres es dormir, carreras de tacones y fiesta de la espuma que aplazar por una cena más tranquila, enamoramientos fugaces por la calle, facultades con edificios a cada cual más bonito y mejor situado, mercados que te hacen perder el aliento, los puestecitos más hipsters de toda la ciudad, perderse por callejuelas buscando restaurantes bonitos donde cenar, morir de calor y buscar la sombra como si no hubiera un mañana, conversaciones largas practicando inglés, cervezas antes de dormir como quien se toma un ColaCao caliente cuando tiene insomnio, y autobuses lentos de vuelta pero que llevan puesto a AC/DC y a Bon Jovi.

Tres días y un viaje relámpago cargado de momentos y emociones inolvidables en una ciudad preciosa dan para mucho.

Verano 2012: Convivencia

Se va acercando, se va acercando… Me falta menos para que llegue el día de volver a la rutina, 16 días. Sé que muchos ya lleváis días trabajando o empezando las clases y es posible que el comienzo de mi post os amargue un poco.

Hoy os quiero contar cómo ha sido mi verano, aunque los que me followeáis en Twitter o Facebook mas o menos sabéis como ha ido. Si lo tengo que resumir en una palabra, sería: Convivencia. Este verano ha sido muy especial para mí, además de ser el más largo de mi vida, ya que posiblemente nunca vaya a volver a tener tres meses y medio de vacaciones.

Mi verano comenzó al terminar Selectividad con un viaje sorpresa a Venecia por mi cumpleaños. Volví y luego me fui a Cangas de Morrazo, en Vigo. Fueron diez días muy bonitos y especiales ya que es el pueblo en el que veraneaba de pequeña con mis bisabuelos y mi abuela y veía a gran parte de la familia. Pero este año fue distinto, fui con él y le enseñé la ciudad desde cero junto a familiares que nos lo pusieron más fácil para poder ir a los alrededores. Fuimos a playas de toda la vida y nos perdimos por las callecitas de la ciudad vieja en busca de restaurantes donde comer maravillosamente bien. Quién me iba a decir a mí cuando era pequeña que volvería allí a mis 18 con una persona a la que quiero mucho.

También cogimos un barco para ir a las Islas Cíes. Mi opinión sobre estas islas es que el color del agua es precioso, la arena de la playa es muy agradable porque es finísima y muy blanquita, pero los precios son excesivamente caros. Mi recomendación es que si vais, llevad comida de casa, como íbamos a hacer nosotros, pero salimos de casa con prisas y se nos olvidó la bolsa con todo preparado encima de la encimera de la cocina. Nos dimos cuenta en el barco cuando llegábamos a Vigo, por lo que no había vuelta atrás. Ah, y protección 50+, a no ser que queráis volver como gambas. Por último, si queréis disfrutar de las islas y aprovecharlas bien no escojáis el día que dices “madre mía que calorazo va a hacer este día, vamos a ir este así nos tostamos al solecito y volvemos con color” porque si pilláis el día en el que casi no hay aire, estar cuatro horas al sol abrasador se puede convertir en una tortura, y más aún si no tenéis vuestra enorme botella de 2L con vosotros porque os la habéis dejado en la encimera de la cocina al salir de casa. Además, con un calor terrible, no es agradable hacer senderismo por alguno de los tres caminos que te proponen. Nosotros cogimos el barco de las 12 para aprovechar el día, pero al estar con falta de comida y bebida, volvimos a las 17h porque no aguantábamos más, pero el plan original era volver en torno a las 20h. Nos tomamos un helado cada uno y nos sacaron 5-6€ por los dos, por una botella de agua de menos de medio litro, 2,50€. Una ruina. Lo que sí tenía buena pinta y no era muy caro era el camping que tienen allí montado. Hasta me entraron ganas de ir, y eso que yo no soy muy amiga del campo.

Después de estar allí, volvimos a Madrid y en el mismo día que llegué de Galicia, cogimos el coche de vuelta, pero en vez de a Vigo, a Coruña. Menos mal que nosotros dos fuimos y volvimos en Trenhotel, pero aún así fue una paliza comerme otras 6h de viaje en coche casi en la misma dirección. En Coruña hacía buen tiempo así que fuimos a la playa unos quince días seguidos hasta que por fin llegó de nuevo él para pasar conmigo el resto del mes de agosto. Esta vez había hecho los deberes de llevarle a casi todos los sitios turísticos de Coruña, por lo que este año fuimos más de tapas, improvisando paseos sin rumbo, a ver la Playa de las Catedrales en Ribadeo y aunque justo esas tres semanas hizo peor tiempo, pudimos ir un par de días o tres a la playa. Aún me queda por llevarle a algún que otro lugar de esta pequeña pero preciosa ciudad, así que para el año que viene ya lo tengo apuntado.

Finalmente, volvimos juntos en tren mientras mis padres se quedaron allí y he tenido una semana para ver a mis amigas más cercanas, que las echaba de menos. Ha sido una semana muy completita con algo diferente que hacer cada día. Hasta he estrenado la nueva carta de 100 Montaditos. Merece la pena, hay cosas muy muy llamativas, como algunos de los montaditos que ahora preparan en tamaño XXL o un montadito con pan de chocolate, nocilla y lacasitos 😀 Vale, vale, lo dejo ya, que no soy la nueva RRPPs de Restalia.

Hasta aquí las vacaciones en Galicia con él y volviendo al principio del post, os cuento porqué quiero resumir las vacaciones en la palabra: convivencia. Hemos pasado casi un mes juntos y aunque ya sean dos años y pico, estábamos con el típico miedo de -¿me cansaré de el tras verle las 24h todos los días seguidos? ¿discutiremos? ¿nos vamos a hartar y se nos va a acabar el amor de repente?- Nada de eso ha ocurrido, por lo que consideramos que hemos dado otro paso en la relación y hemos pasado una prueba de fuego. Ahora vuelta a empezar el año académico, aprender a compaginar los estudios con los días que quedemos,…etc. Tengo ganas de la vida universitaria, pero echaré esto de menos.

Tras este pequeño paréntesis azucarado… Mañana me voy a Nueva York, que el año pasado nos quedamos con ganas de más… ¡Tengo unas ganas tan grandes que no sé si caben en el avión! Y al volver tengo unos días para quitarme el jet-lag, que el día 26 empiezo la carrera de Publicidad, que también tengo muchas ganas. El nombre de las asignaturas tiene buena pinta, espero que lo sean y no me rompan la ilusión.

Seguiré informando…

Diferencias abismales

Despego de Santo Domingo para aterrizar en Madrid. Desde un país menos desarrollado a uno desarrolladisimo.

Una vez estoy arriba miro por la ventanilla del avión, una larga línea de luces bordean la bonita costa que se ve durante el día, donde la linea del horizonte separa el cielo del mar. Alrededor de esa línea de luces, hay muchos más puntos de luz y lo que se ve de isla está inundada de destellos de color naranja y blanco.

Cierro los ojos unos instantes mientras el avión va cogiendo altura y cuando los vuelvo a abrir, apenas unos segundos después, vuelvo a mirar por la ventanilla. La línea que bordeaba la costa se quedó muy atrás, y las luces que la rodeaban tambien. Ahora apenas hay luz, sólo de vez en cuando se concentran destellos que se ven desde el aire. Pero en medio de tierra apagada, negra, oscura.

Pequeñas concentraciones de luz de villas en las que viven grupos de personas con sus menudos negocios. Bares en los que en las paredes de la entrada pone que sirven bebidas frias para captar tu atención, peluquerías que encuentras en cada calle una, gomerías que arreglan los neumáticos de coches, hostales de barrio, locales con tiendecitas y puestos en la calle con frutas tropicales y verduras de la tierra.

Personas que cada día se buscan la vida para ganar dinero y poder vivir dignamente, que con poco se conforman y cubren sus necesidades básicas. Familias numerosas y con una moto para llevar a cinco encima, cantidad de autobuses amarillos que llevan a los niños al colegio.

Así es el paisaje de los alrededores de Santo Domingo. Y todo eso lo he visto en tres horas de coche cruzando de una punta de la isla a la mitad de la misma.