Infinitivos en color azul

Ermones, Corfú, agosto 2016

Ermones, Corfú, agosto 2016

Despegar entre nubes y ver que debajo de ese día nublado dejamos Berlín durante unos días. Pero pocos, que la ciudad “arm, aber sexy” nos espera a la vuelta. Salir del avión y sentir de sopetón ese aire caliente en la cara que sorprende cuando llevas un mes a temperaturas suaves y noches frescas.

Llegar al hotel, en la costa de Ermones, una cala preciosa de la isla de Corfú, con varios hoteles alrededor, una zona tranquila y acogedora en medio de la nada. Alrededor lo único que hay son montañas y acantilados llenos de olivos. Aguas turquesas, cristalinas de temperaturas agradables y poco usuales para una gallega acostumbrada a que con mojar el pie en el frío mar de las rías altas, con sus 22ºC de temperatura máxima en el agua los días de mucho calor, el frío te recorre el cuerpo y no necesitas bañarte más para refrescarte. Poder entrar al mar en muy pocos minutos y volver a la toalla a coger color con una piña colada que se derrite si no te la bebes rápido.

Comer acogidos por la música griega que suena en directo y sus bailes regionales que parecen la mar de tontorrones. Durante los cuatro siguientes días, alimentarnos de tzatziki, taramosalata, saganaki, ensalada griega, queso feta en todas sus variantes, musaka, berenjenas fritas, dolmades, pulpo, gambones… Descubrir que la gastronomía griega es una mezcla entre la italiana y turca con muchos aires mediterráneos.

Explorar el centro de la ciudad durante un día de sol abrasador, perderse por las callecitas desgastadas con ropa colgada en los tendederos a la vista, estrechas a la sombra que protegen del sol, llenas de tiendas con souvenirs, tiendas de sandalias hechas a mano, piezas de madera de olivo, joyerías llenas de pulseras y brazaletes de plata y oro con adornos de ojitos azules de la suerte, con corales y piedras azul turquesa, de vestidos blancos de encaje o helénicos con bordados en dorado y plata. Comer a la sombra en los soportales de la calle más conocida, entre el bullicio de las cigarras, de la gente, de los turistas en masa que vienen de cruceros que atracan en el puerto.

Cenar una noche con tormenta de verano, con vistas al mar que cuando cae el sol se llena todo de plena oscuridad. Disfrutar de las gotas de agua que no enfrían pero sí calientan. Ver caer los rayos iluminando el mar, los contraluces en los peñones y acantilados de roca. Oír el mar alterarse y los barcos moverse reflejados por la luna como única fuente de luz en la noche.

Amanecer entre besos y sonrisas que no cesan durante el día, en el mar, en la piscina, en las siestas, en los atardeceres, en los saltos por ver el último rayo de sol antes de que se esconda, en las cenas con mesas escondidas para dos, en las cervezas griegas que brindamos a los ojos, en la habitación que nos regala las mejores vistas al mar, en los vinos griegos, en las copas, en las buenas noches y en los buenos días.

Infinitivos que se transformaron en gerundios y que volverán a repetirse en otros lugares para no quedarse en pasados.

 

Querida yo misma a los 15 años

Esta es la carta que me habría gustado leer hace ocho años, cuando estaba en el colegio sin tener ni idea de qué iba a pasar después. Ahora mismo no sé qué va a pasar en los próximos tres meses. Ojalá pudiese ver tan solo unos instantes donde voy a estar para entonces, o pudiese leer una carta como esta escrita con mis 28. Empecemos el flashback y fastfoward:

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Bolonia, febrero 2016

Hola Claudia, soy tú misma con algunos añitos más de los que tienes ahora. Te escribo simplemente para decirte que estés tranquila y que todo va a salir bien. Lo que ahora te parece un mundo, no lo es y lo que hoy te preocupa, mañana no existe.

Hoy estás terminando 3º de la ESO, peleándote en el peor curso que has pasado. Aunque las matemáticas siempre te han costado, después de las de este año, ya no vas a tener que volver a pelearte tanto con ellas. En 4º podrás hacer la rama de letras donde dicen que son más sencillas y verás como siendo la recta final de esta asignatura, las sacarás con más ganas. Luego llegarás a bachillerato donde podrás hacer la rama de ciencias sociales, pero como la primera clase de matemáticas será con el mismo profesor que tan mal te las ha explicado durante 3º, harás la rama de humanidades y te olvidarás de ellas.

Aprenderás sobre historia, que aunque te resultará difícil memorizarla y entenderla, en unos años repasarás algunos capítulos de ella. Viajarás a Berlín y entenderás mejor la 2ª Guerra Mundial, verás el muro que se levantó durante la Guerra Fría y al pasear por la Topografía del Terror o por el Museo Judío, todas las fechas y nombres que aparecen en tus apuntes cobrarán sentido. También estudiarás filosofía y te amueblará la cabeza, haciéndote reflexionar sobre cómo somos y qué nos lleva a estar hoy aquí, de dónde venimos, cómo se debe organizar la sociedad o qué sistema económico es mejor. Esto último también puede liarte al principio, pero cuando veas el panorama político de 2016, las ideas de los filósofos más capitalistas o los más comunistas encajarán en los programas a los que echarás un vistazo cuando estés confusa sin saber a quién votar. Porque sí, te vas a confundir o más bien, te van a confundir. Sobre todo en tus primeras votaciones autonómicas, o las segundas. Te adelanto que votes lo que votes ese 20 de diciembre, se repetirán ocho meses después. Pero aunque te confundas, no dejes de ejercer tu voto, es un derecho que ha costado muchos años que puedas conseguir.

En estos años vas a conocer a mucha gente. Tendrás amigos que aunque se distancien, te darás cuenta que si los necesitas siempre están ahí. Al igual que con 15 años tienes personas que piensas que van a estar en cualquier momento, a los 22 verás que te dieron la espalda en cuanto te caíste. Te pasará con 15, con 17 o teniendo 20 (y seguramente después de esa edad también). Por no hablar de chicos por los que podrás pillarte como una tonta y no pase nada. Habrá otros a los que querrás y con los que pasarás algunos años haciendo castillos en el aire. Pero te adelanto una cosa: te van a romper las ilusiones que te montaste con una simple llamada de teléfono. Aunque parezca el fin del mundo, porque será tu primera ruptura seria, saldrás adelante. Pero ¿sabes que? Vas a aprender tanto del golpe y error que eso te hará crecer y estar preparada para lo siguiente que venga. Tus padres estarán contigo para celebrar cada buena noticia y para abrazarte si las cosas no salen bien, aunque discutas con ellos un poco más de ahora en adelante, no olvides nunca todo lo que te quieren al igual que los quieres tú a ellos. Conocerás a gente que te dirá que eso del amor es efímero, que no dura para siempre, pero tú seguirás creyendo en él, porque nadie te hará perder las ganas de vivirlo. Ya sabes lo que dice El Principito: “Es una locura odiar todas las rosas sólo porque una te pinchó. Renunciar a todos tus sueños porque sólo uno de ellos no se cumplió.”.

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París, marzo 2016

Entonces será 2015, una tarde en la que hablarás de todo esto con un chico al que conocerás por pura casualidad este invierno a tus 15 años. Hasta que no cumplas los 21 no le vas a conocer en persona pero seguiréis hablando por chat, mantendréis una buena amistad en la que aunque habléis de vez en cuando, os contáis todo. Ahora mismo no sabes de quién te hablo pero ¿sabes qué? Siete años más tarde, te vas a enamorar. Así con todas sus letras. Aprenderás a querer bien y a querer libre. Vas a estar con él en una relación a distancia, sí, sí. Tú. La que te prometiste que nunca harías eso. Por algo se dice que nunca digas “de este agua no beberé”. Aprenderás a disfrutar de tu independencia y de quien eres. Aprenderás que para querer a alguien, primero tienes que quererte tú misma. Aunque tu autoestima no estuviese en su mejor momento, un año después la tendrás alta y te querrás como nadie te ha sabido querer antes. Te sentirás con ganas de comerte el mundo y con la suerte de poder compartirlo con la persona de la que te has enamorado. Conocerás su ciudad, esa que te atrapó en una semana, él conocerá los sitios donde has crecido de pequeña. Os conoceréis cada día más y mejor. Él probará tu sushi favorito y tú descubrirás a qué sabe el helado de su barrio con sabor a cielo. Descubrirás que la confianza que te transmitía durante esos años, todo lo que os habéis contado de vuestras anteriores relaciones durante ese tiempo de amistad, sin querer, o sin querer queriendo, ha hecho que hoy estéis aquí.

Vas a viajar por toda Europa, Claudia, vas a disfrutar de cada ciudad con los cinco sentidos. Saborearás los dimsum de China a los 15, llorarás de emoción aterrizando en Nueva York a los 16, descubrirás el caótico y apasionante Japón a los 19, comerás un brownie en Amsterdam a los casi 20, volarás sola por primera vez a Berlín a los 21, dormirás en la casa más bonita de Oporto también a los 21 y volverás a París a punto de cumplir los 22. De verdad, te esperan viajes apasionantes. Además, cuando acabes la carrera podrás sumergirte en una ciudad alemana durante al menos dos meses con una escapada a una isla griega paradisíaca como Corfú. Yo que tú me prepararía para todo lo que viene. Papá y mamá te seguirán llevando a un montón de sitios, y a los que vayas sin ellos, estarás deseando contarles qué tal lo has pasado, junto con todas las fotos que harás con la réflex que te regalarán por las buenas notas en la carrera.

¿Sabes qué? De ser la que sacaba cincos o seises raspados en el colegio, elegirás una carrera que te entusiasmará, de verdad, aunque estés perdida sin saber qué elegir en bachillerato, elegirás una que te hará ser casi de las mejores de la clase. Sí, sí, tú la que en el cole es siempre de las que se queda de las últimas. Porque descubrirás que cuando encuentras tu sitio, sabes disfrutarlo. Aunque te desanimarás y aburrirás un poco por el camino, trabajarás desde que termines 1º de carrera. Serás la única de tus amigos que en vez de estar en la piscina dos meses en verano, va a la oficina a trabajar ¿pero sabes qué? Aunque piensen que estás mal de la cabeza, terminarás la carrera con tres años de experiencia que te habrán permitido conocer tu profesión desde distintos puntos de vista. Pero no te conformes con eso, porque también te hará sentirte perdida sin saber dónde encajas. Trabajarás en sitios que te apasionen más, otros menos, tendrás jefes de todos los tipos y todos ellos te aportarán algo a tu desarrollo profesional. Valorarás cada consejo que te den.

Hasta que hoy a tus 22 años, cometerás una pequeña locura. Lo dejarás todo y te irás a probar suerte a otro país que no es el tuyo, donde no conoces a nadie pero conocerás de verdad y convivirás con la persona de la que te has enamorado. Descubrirás más a fondo esa ciudad que tanto te gustó el año pasado y él te presentará a la “nueva familia” que se creó para sentirse como en casa en esa ciudad que tampoco era la suya cuando llegó hace tres años.

No te asustes por todos los cambios que vas a vivir en los próximos tres o cuatro meses, no tengas miedo si no te encuentras o si piensas que cambiar de ciudad no es un camino de rosas como tú pensabas. Te lo adelanto, al igual que lo ha hecho tu mejor amiga la noche anterior: no es un camino de rosas. No va a ser fácil, pero estarás dispuesta a darlo todo por conseguir cumplir la ilusión que te creaste hace exactamente un año. Te vas a volver a descubrir a ti misma. Y lo más importante de todo, sabrás que eres capaz.

Florencia, febrero 2016

Florencia, febrero 2016

Si al final no encuentras trabajo y tienes que volver a Madrid, espero que no te hundas, ya verás como dentro de unos años tendrás una historia que contar y de la que habrás aprendido infinidad de cosas. Llegar hasta aquí no ha sido la tarea más fácil del mundo, así que podrás con esto y mucho más.

Los sueños, sueños son, pero con ganas y con pasión, los puedes hacer realidad. Y durante todo ese proceso, no te olvides nunca ser siempre digna e íntegra contigo misma.

Tú.

Entre nubes está el recuerdo

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Dicen que los recuerdos que tienes se graban mejor cuando realizas viajes. Momentos, personas, lugares, curiosidades, sabores de una ciudad que hacen que el tiempo que pases en ella sea inolvidable. Estoy segura de que al decir esta frase has elegido el destino de un viaje que hiciste. Esa es la prueba de que lo que vives en un viaje merece ser recordado siempre. Cada vez que despegas, cuando vuelas de vuelta a casa y aterrizas, tu maleta incluye un montón de vivencias que te pertenecen a ti y a la ciudad escogida para vivirlo. Quizás sientas esos nervios llenos de emoción. Que la tripa te haga cosquilleos mientras estás en el avión. Que tengas ganas de vivir más de eso. Que de estos momentos es de lo que está hecha tu vida.

Por eso, para recordar, viaja. Saborea cada plato nuevo. Huélelo todo, desde el café del desayuno, el de especias de tu comida, el del vino nuevo que pruebas, hasta las sábanas limpias cuando te acuestas. Han descubierto que a los enfermos de alzheimer les ayudan a recordar haciéndoles oler esencias de cosas que hayan respirado antes. La música también ayuda a recordar y ha sido usada en estos pacientes. Si puedes escuchar algo especial cuando tengas un ratito sólo para ti durante ese viaje, te invito a hacerlo. Dedícatelo. Porque valdrá la pena que se quede contigo. No sé tú, pero yo tengo recuerdos que quizá habrían pasado desapercibidos si no fuera porque recuerdo la canción que sonaba en ese momento.

Abre los ojos y deja tu corazón dispuesto a sentir, que los cinco sentidos harán que se te quede grabado para siempre.

A mi 2016

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A este año le pido principalmente: viajar. Hacer viajes y vuelos inesperados que me sigan haciendo crecer. Que los mejores recuerdos se crean cuando sales de casa y de la rutina. También le pido sentir muy fuerte, retos que me pongan a prueba, disfrutar al escuchar canciones recomendadas que no conozco, dar besos llenos de cariño, recibir abrazos en los que quedarme a vivir, pintardespintar labios rojos, reducir distancias a milímetros, disfrutar de fotos delante y detrás del objetivo, palabras y personas por las que dejarme inspirar, bocados que me dejen con ganas de repetir mil veces, noches de cervezas… Y siempre brindar mirando a los ojos.

“Ser feliz es entender que este es el mejor momento.” – Marwan.

IB 3674

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Coge un avión sin pensártelo dos veces. Hazlo. Lo llevas deseando hacer desde hace tiempo. Todo el mundo dice “qué ganas tengo de coger un avión de repente sin darle vueltas” pero pocos lo hacen.  La sensación es indescriptible. Sobre todo cuando despegas con un cóctel de emociones y se te escapa alguna que otra lágrima. Cuando no sabes qué tal se va a dar esa semana allí y vas a estar descubriéndote en situaciones nuevas. Situaciones que cada día van a ir haciéndote que te plantees si esto es lo que quieres hacer de verdad.

Dale la vuelta a tu historia, que aquí estás tú para crearla, para ser protagonista de lo que estás a punto de vivir. Tienes alas para volar, pies para salir corriendo. Empieza a crear algo de lo que estés orgulloso, sal de lo que no te gustaba y que te tenía sin pasar página. Evoluciona, crece. Y que lo vean.

Atrévete a apostar por algo que siempre pensaste que no serías capaz de hacer. Apuesta al rojo, al negro, al color que te de la gana, pero apuesta. Juégatelo, que aquí estamos para jugárnoslo todo. Y yo he venido a apostar. Por ti, por mí, por nosotros.

Siéntete libre, para querer, para olvidar, para salir, para volver. Pero hazlo. Que “quien bien te quiere te hará volar”. Y tanto que me haces volar. Que no es querer mucho, que es querer bien. Y no se me ocurre mejor manera de querer(te).

Volveré a coger ese IB 3674. Lo tengo ya comprado para volver. Porque volar ese 14 de julio es de las mejores decisiones que he tomado. Volvería a coger ese avión mil millones de veces. Volvería a volar allí hasta que la ciudad se supiese de memoria qué sitios me gustan, en cuales quiero ir de la mano si me siento insegura,  en cuales volvería a quedarme inmortalizando momentos con atardeceres especiales. Una ciudad que me haga perderme en su metro con estaciones innombrables, que me haga buscar desesperada buses que van en mil direcciones y no saber dónde está el mío, que me den ganas de entrar en todas sus tiendas pequeñas y originales, que sus paredes pintadas me pidan pararme para fotografiarlas todas, que quiera probar todas sus cervezas artesanales, que me quiera perder por sus calles buscando en el mapa los fotomatones analógicos que fueron testigos del principio de una historia.

Vuela, conmigo.  A donde sea. Volemos.

 

Personas con mundo

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Me gustan las personas con mundo. Personas que han viajado y vivido al menos unos días en otras ciudades, países, continentes… Que se han adaptado a una cultura, que se han integrado en ella durante un periodo de tiempo. Que al hablar con ellas ves que son conscientes de lo que les rodea, que aprenden a disfrutar y valorar lo que tienen, que siempre tienen ansia por conocer más. Tienen buena conversación, saben de lo que hablan, pueden comparar y contarte curiosidades de lugares en los que han estado, de otros sitios donde ansían estar algún día. Que hablan desde la experiencia, que están llenos de historias que contar, tantas, que dan ganas de quedarte escuchándolos horas. Que cuando te cuentan algo sobre un destino que está lejos  hacen que lo puedas sentir muy cerca.

Cuando viajas, viajas contigo. Da igual donde estés, siempre eres tú. Lo que te rodea y lo que vives hace que te vayas construyendo, es lo que te hace ser lo que eres. La gente que ha viajado está llena de pedacitos de otras ciudades. Y cuando hablas con esas personas, se nota.  Porque hay cosas que marcan. Viajar te hace más rico: en cultura, en conocimiento, en experiencia. Si has llorado con una aurora boreal con la que llevabas años soñando, si has reído locamente mientras disfrutabas de una cerveza local, si te has perdido usando el transporte público donde todas las paradas tienen nombres que no conoces, si te has encontrado en las plazas y calles de las que siempre te hablaban, si has mordido con ganas cada plato típico del lugar,  si te has enamorado perdidamente en los rincones de una ciudad. Al final vas dejando el corazón en un montón de sitios.

Personas con mundo, esas que disfrutan del viaje pero también del trayecto. De la ilusión de prepararlo. Que siempre tienen en la cabeza un destino al que irían mañana, y disfrutan cotilleando precios en sus ratos libres. Por si alguna vez se les va el cursor sin querer al botón de “realizar compra”. Sin remordimientos. Por si algún día se plantan de repente en un nuevo destino con la maleta llena de páginas en blanco que llenar de ilusión. De momentos. De vida. Crea recuerdos por todo el mundo: las mejores historias están entre los disparos de una cámara, entre los tickets de metro gastados, entre las páginas de un pasaporte.

De películas berlinesas

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Si me quedo en Berlín…

Quiero una bicicleta rosa para recorrérmela entera.

Hacerme fotos en todos los fotomatones de la ciudad y perder la timidez en cada flashazo por sorpresa.

Desorientarme en plazas gigantes, buscar buses que parece que no llegan nunca y acabar riéndome de los errores de principiante que tiene uno el primer día en una nueva ciudad.

Perderme mil veces en el mercadillo más grande, buscando colgantes, pulseras y pendientes con trocitos de mí.

Probar las cervezas de trigo artesanas de cada bar junto con los pretzels por las calles de la ciudad.

Hacer todas las colas que haga falta por probar un kebab del sitio donde se inventó, o una hamburguesa en un antiguo baño debajo de un puente ahora convertido en cocina.

Ver atardeceres a la orilla del río, en un lugar donde todos son bienvenidos y donde, para garantizar la seguridad, te preguntan hasta qué haces llevando encima una pistola de juguete con balas de goma espuma.

Sorprenderme con la alegría, energía y buen rollo que hay en la zona de discotecas, en fábricas y edificios abandonados. Quiero conocer los locales más extraños y peculiares que haya. Da igual si es uno que tiene aspecto de salón de casa de abuela, con sus sofás de ante y raso, mesas de madera y papel pintado en la pared, donde te ponen música comercial. Otro tiene una casa pegada en el techo para hacerte dudar dónde empieza y acaba la realidad. Otro lleno de calaveras y farolillos de papel, con billares en los que pasar horas.

Que una noche de verano signifique ver amanecer a las 4:20 de la mañana al volver a casa, tras comerte una palmera de chocolate en un metro que no duerme los viernes y sábados.

Pasear por calles en las que no te juzgan si llevas el pelo azul o vas lleno de piercings en los labios, si eres un señor mayor con el pelo blanco que lleva una camiseta de un grupo heavy o si sois una pareja de chicas disfrazadas de robot.

Tratar de descifrar el significado de cada graffiti que hay en los baños de los sitios más extraños.

Enamorarme de cada mesa de restaurante, donde siempre hay velas y flores para hacer el ambiente más íntimo y personal.

Conocer la ciudad en los meses más fríos para refugiarme en chocolaterías, merendando tartas de manzana con canela.

Acostumbrarme a disfrutar de la lluvia, de los días grises donde los charcos de agua son divertidos cuando tienes unas botas todoterreno.

Aprenderme de memoria las estaciones de metro que van de un lugar a otro y jugar a inventar traducciones literales.

Viajar sola, coger un avión de vuelta a casa con las palabras “quédate” al oído y con abrazos escritos en forma de carta antes de despegar.

Podría llenar una caja de cosas que me encantan de esta ciudad, para tenerla siempre conmigo y, cuando la eche de menos, tocar lo que me traje de allí y los detalles que me marcaron en ese destino. Cerrar los ojos y dejarme llevar. Tener un billete de ida sin vuelta. Porque una parte de mí se quedó en Berlín. Y quiero volver a sentir bajo mis pies que que Berlín no es Alemania. Y volverme a enamorar de cada recuerdo que dejé entre sus calles.

“Un destino es una oportunidad para reencontrarse. Un hogar es donde vacías tus maletas. Y un origen es donde dejas que crezcan los recuerdos. Por eso, por mucho que te alejes, ellos se crecen más.” – Risto Mejide, Je demande.