Berlinweh

Berlín – Julio 2016

He hablado mil veces de lo que Berlín ha significado para mí y hoy quería volverlo a hacer. Tengo morriña de Berlín y lo mejor de todo es que hay una palabra en alemán que significa exactamente eso, que es la que titula este post, Berlinweh. Weh significa “ay”/dolor/mal/pena y se usa como lo que los gallegos llamamos morriña, o como se dice en inglés “homesickness”. A ese -weh se le añade la palabra Berlín y los alemanes ya tienen una forma de describir ese sentimiento.

Hoy, hace un año que volé a la ciudad que más me ha marcado en mi vida. Una ciudad que me vio empezar una etapa nueva en la que no había guión escrito. Una ciudad en la que me enamoré profundamente y en la que muchos sueños se hicieron realidad. Y se siguen haciendo. Hoy hace un año que me fui de casa y hoy, un año después no me imaginaba que cambiarían tantas cosas en tan poco tiempo. Si me dijeran el año pasado donde estaría hoy, todo lo que iba a vivir y a dónde estaría yendo, posiblemente me costaría creerlo. Y lo mejor, todo lo que hoy viene por delante.

(Sí, puede ser que hayas visto estas palabras en mi Instagram, pero quería repetirlas también en el blog, para que queden siempre aquí).

Además, hace tiempo encontré esta lámina de Martin Schwartz un artista de Copenhague. Iba a publicarlo algún día, así que esta ocasión me parece perfecta. Me encanta la ilustración y sobre todo me gusta la descripción que he copiado más abajo. Describe lo que hace especial a esta ciudad, lo que quizá es lo que hace que cualquiera que la pise, no se vuelva a casa como si hubiese visitado “una ciudad más”. Porque una vez la conoces, Berlín nunca pasa desapercibida.

Ilustración de Martin Schwartz

“Berlin is like the unnoticed girl in the classroom of European capitals. She may not be a classical beauty such as Paris or Rome, but once you get to know Berlin, you will discover this city’s many unique qualities. Here you will find a mixture of new and old, ugly and beautiful. Like no other city, Berlin knows how to transform the rawness of concrete into something hip. The many aspects of this city is what gives it its charming and colorful soul. The many concrete buildings from the post war (plattenbau) are erected next to beautiful new classical apartment buildings and will remind you, that only 70 years ago this city was nothing but a pile of ruins.” – Martin Schwartz

Finalmente quería contar que pronto publicaré una guía y un MyMaps de Berlín donde hablaré de mis sitios favoritos, aquellos a los que os llevaría si pasáramos unos días juntos en esta ciudad. Es algo que he escrito con mucho cariño y que he ido enviando a amigos que me han dicho que iban de visita unos días. Tras mandarla por email, he pensado que mi blog sería un buen lugar para publicarla. En cuanto esté disponible, la encontaréis en una pestaña nueva que espero abrir dentro de poco. Por favor, cuando vayáis a ir, contádmelo o preguntadme, ya sea por aquí en comentarios, por email, por Twitter, Instagram… Por donde sea, me hace ilusión veros por Berlín. Es como volver a estar allí.

Pronto, volveré con novedades que contar, pero todavía no puedo hacerlo aquí.

¡Seguiré informando!

“Casa” tiene varios significados

Este fin de semana estuve en Madrid. Han sido 48h relámpago que han valido para mucho. La semana pasada fue mi cumpleaños y el domingo lo fue de mi padre. Mi pareja y yo nos presentamos el viernes en un restaurante para darle una sorpresa a mi padre, que esperaba cenar con mi madre y unos amigos. Llegamos más tarde que ellos y al entrar, como estaba de espaldas le tapé los ojos y le pregunté “¿quién soy?”. Al quitar las manos, de repente se encontró conmigo y se dio cuenta de que las personas con las que iba a cenar esa noche éramos mi madre, mi pareja y yo. Fue una gran velada acompañada de brindis llenos de amor. Al día siguiente, entre risas y abrazos de reencuentro, comimos paella casera con amigos y familiares. Por la noche cenamos en casa de otra amiga que celebraba sus 30 y acabamos saliendo a una discoteca a la que solíamos ir cuando teníamos 18. Finalmente, el domingo mi madre nos llevó a casa de mis suegros y al despedirme se me hizo el primer nudo en la garganta. Después de comer ellos nos llevaron al AVE para volver a Barcelona.

Podría haber sido un fin de semana cualquiera pero realmente no lo fue. Ayer al coger el tren, por primera vez me di cuenta de que iba a “casa”, pero no era a mi casa-casa de siempre, donde estar con mis padres y despertar en mi habitación grande con su ventana por la que entra el solecito cada mañana. Esta vez volvía a casa. Mi casa-nueva. Con mi pareja, en Barcelona, donde nos esperaba hacer la cena y acostarnos pronto para ir hoy a trabajar.

Era la primera vez que volvía a Madrid después de haberme ido a vivir fuera con la vida organizada y ha sido extraño. Era volver a mi casa-casa y sentir la pena de no poder quedarme allí, porque mi casa-nueva estaba en otro sitio. En otra ciudad. Y me ha dado pena, aunque no pena mala, sino pena de morriña. Morriña de estar creciendo y viviendo una nueva etapa. La de dejar el nido, la de querer estar con mis padres y llenarme de mimos cualquier domingo por la tarde, cuando realmente mi sitio está empezando a estar fuera. Estoy empezando mi nueva vida, con mi pareja, con un trabajo y una casa-nueva en la que seguir creciendo. Volver a casa-casa me ha provocado por primera vez sentir morriña y pena de no poder quedarme cinco minutos más. Ha sido despedirme de mis padres otra vez y en esta ocasión sentir que estoy empezando “mi vida de mayor, la que yo sola he elegido”. Con la persona de la que estoy enamorada, con el trabajo que nos ha salido a los dos y en la ciudad que aún no conocemos bien. Vivir en Berlín fue una maravilla, una experiencia que recomendaría a cualquiera, pero cuando estaba allí y volvía a casa-casa unos días mi sensación era la de siempre. No esta nueva que he sentido ahora. Hoy está empapada de morriña.

Hay gente que me ha criticado que igual voy muy deprisa. Pero no considero que sea rápido o lento, simplemente como ha surgido, cada uno tiene sus tiempos y el mío está siendo este. Quizá pueda interpretarse como una vida más arriesgada por ser la única de mis amigos de mi rango de edad que esté viviendo esta etapa, pero es así.

Una parte de mí quería quedarse en Madrid, en mi casa-casa con mi vida de siempre. La otra quería volver a Barcelona, a mi casa-nueva, a mi nueva vida. Como fueron mis suegros los que nos llevaron a coger el tren, llamé a mi madre para decirle que ya estaba dentro del vagón. Me dijo que se había aguantado las ganas de ir a la estación a decirme adiós otra vez. Se me hizo el segundo nudo en la garganta. Mi sitio del AVE estaba repleto de emociones que se contradecían mientras buscaba distraerme con el paisaje.  Mi pareja me cogió la mano y me miraba en silencio, con amor. Lo hizo durante las tres horas de viaje. No me decía nada, pero creo que sabía lo que podía estar sintiendo. Tenía el mismo nudo en la garganta, que no se iba. En realidad era el que llevaba teniendo todo el día. A veces apretaba fuerte y otras más flojito. Mi cabeza decía: “que no, que yo quiero volver a mi Madrid, me bajo en la siguiente estación y vuelvo a casa-casa”. Mi corazoncito decía “estoy enamorada, quiero seguir haciendo mi vida con él, en Barcelona o donde sea”. Y aquí estoy, en Barcelona. En mi casa-nueva que tanto me gusta decorar y ordenar a nuestro gusto.

Con lo que me quedo de este fin de semana es con las palabras que le dijo mi madre a él al bajar del coche: “Gracias por cuidarla”. También me quedo con el mensaje que me dijo ella por la noche cuando hablamos por chat: “Me ha encantado verte, te he visto contenta, te cuida mucho”.

Vaya si lo hace.

Y mis padres también, aunque tenga que ser en la distancia.

De una barcelonesa principiante

Llevaba tiempo sin escribir y a lo tonto, a lo tonto ¡tres meses han pasado! ¿Qué ha pasado desde entonces? La verdad es que si me pongo a pensar, desde enero… Han sido muchas cosas y en realidad han sido en muy poco tiempo.

En enero estábamos viendo pisos en Barcelona, sin imaginar que el que había visto un mes antes en Idealista acabaría siendo nuestro bonito hogar de hoy. Fuimos a verlo en la que resultó ser la semana en la que hubo las temperaturas mínimas más bajas en mucho tiempo en Barcelona. Porque de verdad, yo no sabía que en Barcelona, cuando hace frío, podía llegar a hacer tanto frío. Y eso que venía acostumbrada a Berlín, pero fui poco abrigada con la confianza de que en la costa mediterránea no iba a sentir ese frío y ¡madre mía!

Después de esa semana de ver pisos y que nos confirmaran dos días después que le habíamos gustado al casero, para celebrarlo nos relajamos un poco y fuimos a IKEA. El primer vistazo nos sirvió para asentarnos, hacernos la idea de los muebles grandes e indispensables y empezar a echar cuentas. Después de ese día, disfrutamos del fin de semana en Barcelona y nos volvimos a casa. Yo a Madrid y él a Berlín.

Quince días y quince cajas después, llegamos a Barcelona para quedarnos. Volvimos a IKEA e hicimos LA gran compra. Con muchas ganas y con muchísima ilusión, recorrimos todos los pasillos disfrutando de las ¿seis? horas que pasamos allí. Tengo que admitir que se nos dio bastante bien. Lo peor fue elegir la combinación de colores de la vajilla, esa con la que vas a convivir mucho tiempo y donde vamos a disfrutar de lo que más nos gusta del mundo: comer rico y bien. ¡No podía ser una decisión tomada a la ligera! Mi pareja casi pierde la paciencia con mi indecisión, pero a día de hoy estoy segura de que cada vez que coge un plato, se ríe cuando se acuerda de esos minutos que se le hicieron interminables. También sufrimos un poquito eligiendo un colchón. De verdad, cuando estás allí tumbándote en todos intentando notar la diferencia entre uno y otro, con lo agotado que estás de recorrer pasillos y apuntar números de referencia, solo te apetece dormirte en cualquiera.

Superada la fase IKEA, nos fuimos al hotel y al día siguiente llegaron los muebles. Pedimos que nos dejaran montado el sofá, que como iba por módulos y mil piezas, queríamos tener lugar donde descansar entre mueble y mueble montado. El resto lo hicimos solos. En tres días habíamos montado todo. Por no hablar de las tres horas que pasamos montando la estructura de la cama la primera noche que ya no dormimos en un hotel. Aquella noche nos dieron las 12 y yo ya pensaba que íbamos a tener que dormir en el sofá. Pero lo peor no es eso, lo peor es que cuando terminas con la estructura, quedan las lamas de la cama. Que hay que enganchar en una tira ¡una a una! Y ya por fin puedes colocar el colchón encima. Después toca hacer la cama, dejarla bonita para mirarla orgulloso. Y finalmente tirarte a descansar agotado y despertar al día siguiente soñando que la casa se termina de montar sola. Fuimos comprando cosas de comer y llenando los armarios de la cocina y con todo ese jaleo, debo admitir también que comer en el sofá con una caja de cartón tiene su encanto. Porque la nevera y los electrodomésticos tardaron una semana en llegar. El agua caliente tardó un mes y tuvimos que estar duchándonos en el gimnasio. Pero pudimos llevarlo con humor, más que nada, porque no nos quedaba más remedio.

Con la casa ya montada, vino mi parte favorita, la de decorar y disfrutar de comprar las cosas no prioritarias pero que son las que convirtieron nuestra casa en un hogar. Colocar los trapitos de colores que me regalaron mis abuelas, el juego de tacitas de té, colgar los cuadros y adornos en las paredes, las lucecitas del cabecero, la de la entrada, un espejo… Y comprar plantas y flores. Teniendo un salón por donde entra muchísima luz, he descubierto mi nueva pasión, el mundo floral. Me relaja muchísimo dedicarle tiempo a esto y he descubierto lo feliz que me hace despertarme y desayunar al lado de ellas.

Hay una floristería que me encanta, la regenta una pareja mayor francesa y está llena de flores secas y preservadas. También tienen un montón de flores de temporada y cada día hacen unos arreglos florales de una gran variedad de colores. Si no te gustan los que ya tienen hechos, te los personalizan. Paso un montón de veces por delante y es imposible no comprar nada. Todo lo que tienen es precioso. Una vez en casa, disfruto colocándolas en un jarrón y cuidándolas a diario. Al igual que hago con las plantas que tenemos en el balcón que me encargo de regar y podar regularmente. Aún no tenemos un gatito, pero mientras tanto, estoy disfrutando mucho de ser mamá planta. Desde entonces, estoy siempre buscando blogs sobre ellas y consultando cuentas en Instagram sobre flores. Ahora estoy como loca porque empiece la temporada de las peonías para empezar a comprarlas y disfrutarlas.

Y en cuanto a la vida en pareja, la verdad es que no podría estar más contenta. Nos hemos adaptado a la rutina, a los horarios y la verdad es que es una maravilla poder pasar los días juntos. No me quiero acostumbrar a la felicidad de empezar el día con un beso de buenos días, que madrugar duele menos si es en compañía, trabajar, felicitarle porque el tupper de hoy le ha quedado buenísimo (porque sí, cocina él y lo hace de maravilla). Después llego a casa tras coger el bus, aunque a veces puedo volver dando un paseo por el centro, si no he llegado muy tarde a lo mejor tenemos tiempo para ir al gimnasio o cocinar juntos, sentarnos en el sofá y contamos qué tal ha ido el día, nos duchamos, preparamos la cena  y nos vamos a la cama. Y así cada día. Feliz y aún más de poder disfrutarlo con él.

Acostumbrada a vivir en las afueras, aquí estoy contenta de poder vivir en el centro y poder hacer vida en la calle, salir de casa y tener un montón de tiendas cerca, que haya metros cercanos o ir andando, poder ir el sábado a hacer la compra al mercado, que esté todo lleno de terracitas donde tomar un vermut… Eso sí, llegamos tan cansados al fin de semana, que últimamente practicamos mucho el domingueo remolón, las cocinitas creativas y el cerveceo casero. Como norma, intentamos preparar cada semana un plato diferente que añadimos al menú. Aunque me lleve muchos años de ventaja en la cocina y siempre cocine él.

Con esto de vivir más cerca de casa que cuando estaba en Alemania, estamos siempre haciendo planes para ir a Madrid o pensando en recibir a nuestros padres o amigos en casa, pero poco a poco iremos escapándonos por los alrededores para conocer un poquito mejor Cataluña a fondo, que todavía somos primerizos. Con muchas ganas de seguir viajando, seguiré informando. Cualquier recomendación de escapada desde aquí, ¡será bienvenida!

Y si nos leemos por aquí con menos frecuencia, podéis seguirme en Twitter e Instagram donde estoy siempre más activa 😉

¡Nos leemos!

 

 

Cambio de rumbo

img_6774

Florencia, 2016

Me habría encantado tener hace unos meses una bola de cristal para poder saber qué iba a pasar más adelante. Pero hoy, por fin puedo decir esto de forma oficial, aunque os lo he ido diciendo ya a los amigos más cercanos. Después de seis meses en Berlín, mis planes para hoy eran estar allí buscando trabajo si no lo había encontrado ya. A día de hoy diré que la ardua tarea ha sido casi misión imposible y aún dándolo por perdido procuraba intentar mantener la esperanza. Porque llamar a puerta fría a empresas donde no te conoce nadie, sin referencias, con un idioma complicado de aprender, aún teniendo un buen nivel de inglés y experiencia, no es nada fácil.

Este 2017 no sabía como iba a ser, de hecho, aún no sé lo que me espera. Después de haber terminado la carrera, habiéndome ido a vivir fuera, estado casi un año en una relación a distancia y donde los últimos 6 meses he podido vivir bajo el mismo techo con la persona a la que quiero, donde y con quien he aprendido cada día, me podía esperar cualquier cosa. Recuerdo la sensación al salir de la universidad de “ahora empieza el resto de mi vida”. Por eso lo que esperaba en noviembre es que en navidades volvería a Madrid y seguiría buscando trabajo aquí, mientras mi pareja estaría buscando lo mismo para volver a España pronto y poder estar por fin juntos, visto que yo en Alemania no estaba pudiendo asentarme del todo.

Pero de pronto los planes cambiaron repentinamente y tras un largo proceso de selección donde fue haciendo las pruebas “por tantear el terreno y saber qué se estaba pidiendo en España”, le llegó el email que puso patas arriba nuestros planes. Oferta de trabajo en Barcelona. Esa tarde ambos nos sentamos en el sofá y pensamos seriamente si nos queríamos ver en un futuro siguiendo nuestra vida en esta ciudad, tratamos de mirar con perspectiva si nos imaginábamos allí los siguientes 2 o 3 años… Aunque le dije que el peso de la decisión era suyo, no quiso tomar la decisión sin contar conmigo, ya que al fin y al cabo es algo que nos iba a afectar a los dos.

Aún recuerdo en 2015 cuando pasamos un fin de semana en Barcelona, en un Airbnb donde jugamos a perdernos por la ciudad, donde merendamos en una de las mejores pastelerías, cenamos paella con vistas al mar y donde nos tomamos el postre paseando por la playa de noche. Al día siguiente nos despedimos en la estación de Sants, yo volvía a Madrid y él cogería un avión de vuelta a Berlín. Lo que nadie nos dijo es que después de esa despedida acabaríamos viviendo en esa ciudad.

berlin-skyline

Berlín febrero 2016 – julio 2016

Así que tras tomar la decisión vinieron los jaleos de papeleos y burocracia alemana para dar de baja todo lo habido y por haber. Le ayudé a hacer cajas que hemos ido mandando a Madrid y compramos vuelos para poder ir a Barcelona a visitar pisos en enero. Mi móvil desde entonces parece un vibrador por las notificaciones al estar suscrita a los anuncios de inmuebles nuevos que me manda Idealista, a los anuncios que pongo en favoritos y desaparecen a las horas, a las inmobiliarias que tras mandar una solicitud para ver la casa te dicen que no, que lo hagas a través de su web oficial, a las llamadas de teléfono cuando odio hablar por teléfono, a las ofertas de empleo de LinkedIn…

Pero todo sea por encontrar un lugar donde empezar esta nueva etapa juntos de cero, montar un piso con sus visitas a IKEA correspondientes, nuestros paseos por el Corte Inglés probando colchones, las entrevistas que espero poder hacer en cuanto antes para volver a coger la rutina que tanto echo de menos, con el sueño cumplido de poder adoptar un gatito y donde esperamos muy pronto tener nuestro hogar donde seguir creciendo juntos.

Sin duda, todo esto no podría ser posible sin la ayuda y apoyo de mis padres que durante estos meses me han ayudado con todos los gastos que supone irte a vivir fuera mientras no he tenido trabajo. Porque se lo he dicho mil veces pero aún no he podido cumplirlo, en cuanto consiga mi siguiente contrato, les debo por lo menos, por lo menos, una comida a mis padres en StreetXO. Así que, además de por mi bien y por las ganas que tengo de volver a trabajar, espero que no quede mucho para poder invitarlos a comer en uno de los sitios que les llevo prometiendo mucho tiempo.

¡Nos vemos en Barcelona!

Mi 2016

claudix

Cogí el año con ganas, sin saber realmente que supondría tantísimas historias que contar. Os puedo contar una historia que habla del valor de cambiar de aires y superar el miedo. También os puedo hablar del gran cambio que supone pasar de una relación a distancia a un convivir día a día. Incluso de cómo estar en doce meses en catorce destinos, perdiéndome por lugares como Madrid, Berlín, Bolonia, Florencia, París, Stuttgart, Múnich, Corfú, Colonia, Bonn, República Dominicana, Praga, Liepzig y finalmente Roma para despedir el año. Incluso os podría hablar de cómo entre emails y emails acaban surgiendo giros que te ponen patas arriba los planes que tenías a tres meses vista.

Este año tenía muchas ilusiones por delante y estoy feliz de haber cumplido muchas de ellas. No he parado de hacer lo que más me gusta, viajar y comer bien. He acabado la carrera con un proyecto final que escribí en tiempo récord. He tenido la oportunidad de salir del nido e irme a vivir a un país en el que no conocía su lengua. He aprendido a defenderme en alemán aún sabiendo que este idioma es el demonio, con palabras en las que faltan vocales y sobran giros imposibles de lengua. Me he enamorado de una persona y de una ciudad, con sus días buenos y sus no tan buenos.

Además de todo esto, he adquirido bastante aprendizaje. En lo laboral he aprendido a valorar mi trabajo, buscándolo en “la tierra prometida” y he rechazado más “intentos de contrato” que oportunidades reales. Me he autoevaluado y autoanalizado mil veces cuando revisaba mi perfil en LinkedIn y modificaba mi CV preguntándome qué fallaba. En lo personal he aprendido a convivir en pareja y estar con ella en el día a día, compartiendo tareas de la casa y algún enfado sano que ha tenido solución. Porque pasar de una relación a distancia a una convivencia diaria implica cambio. Positivo, sí, pero había riesgo y miedo a que no saliera bien, temores que se convirtieron en razones por las que cada noche sonrío al poder acostarme al lado de la persona que más quiero. Me he habituado a limpiar la casa y hacer la compra cuando no hay nadie que lo haga por mí y he aprendido a soltarme en la cocina y celebrar platos ricos, aunque también haya estropeado algunas recetas.

Y sobre Berlín… No puedo terminar el año sin dedicarle unas palabras a esta gran ciudad que me ha acogido los últimos seis meses. Me ha dado días de cielo gris y lluvias, viento frío que me congelaba hasta huesecillos que no sabía ni que tenía, me ha enfriado volviendo a casa de noche o incluso nada más salir de casa, abrigada con capas como una cebolla. He caminado por sus calles con vestidos y pantalones cortos pero también con pantalones térmicos, gorros y guantes. Me prometieron nieve y aún sigo esperando que eso ocurra.

Me han preguntado ¿cómo aguantas en una ciudad con un clima tan triste? La respuesta es sencilla. Gracias a todo ese clima “tan triste” y turbio al que se refieren, los días de cielo azul y sol espléndido me han hecho tan feliz que un paseo por la mañana viendo los árboles en otoño ha hecho que me dure la alegría un mes entero. He aprendido a apreciar tanto los detalles bonitos del día a día, que aunque el clima fuera “de perros encontraba micromomentos que hacían que valiese la pena. Claro que me ha afectado al humor la falta de luz, pero he sabido ver cosas bonitas a los días más “aparentemente tristes”.

En Berlín he descubierto mil sabores y platos exóticos que me han maravillado y que me harán la boca agua cada vez que los vuelva a recordar. He visto tantos mercadillos con tesoros que muchos de ellos quedan reñidos, pero sigo teniendo mi favorito. He disfrutado cada cerveza de trigo sabiendo que echaré de menos no poder pedirla en cualquier bar. Me he sentido tan a gusto paseando y cogiendo metros con toda naturalidad sintiéndome “en casa” que realmente lo único que me preocupa es no encontrar otra ciudad que me guste tanto como ésta. No os he contado que adoro el metro berlinés, que cada estación es de un color y diseño diferente, que mis líneas favoritas son las que tienen tramos al aire libre y que los trenes te llevan por lugares muy fotogénicos. Porque dicen que las comparaciones son odiosas, pero estoy viendo que sin querer acabaré comparando cualquier otra ciudad con Berlín. Se ha ganado un hueco importante en mí y solo pienso en cuando será la próxima vez que vuelva, pero esta vez como turista.

Eso sí, lo que no me esperaba al empezar este año es que acabaría pudiendo finalmente vivir en Berlín y que en 2017 habría otra ciudad esperándome para conocerla en profundidad…

Que la alegría gane al miedo

15591653_10208020629214166_1883610334707945922_o

Weihnachtsmarkt Roden Breitscheidplatz, diciembre 2016

Ayer fue mi último día en Berlín antes de volver por Navidad y me negué a pasarlo encerrada en casa por miedo, aunque la noche de antes quise cancelar los planes que teníamos. Cogí el metro que atraviesa el mapa entero de la ciudad y pasa por los sitios más turísticos. A mi lado, justo en la parada donde ocurrió, un señor árabe leía la noticia en su móvil, cuando se fue, ocupó su lugar un señor mayor alemán que leía lo mismo con las fotos en la portada del periódico local. Es rara la sensación de ver en papel una noticia de ese tipo cuando la has vivido en la misma ciudad y sobre todo cuando estás lejos de tu familia.

Cuando salí del metro, la sensación térmica era de -5, lo que intuyo que fue otro factor para que la ciudad estuviese medio vacía, junto con ver todos los mercadillos cerrados por luto. Aún así, nosotros quisimos despedirnos de la ciudad como se merecía. Encontramos sitio para comer en un coreano que normalmente está siempre lleno, fuimos al museo de los videojuegos y jugamos al Pong entre risas en el sofá de una sala ambientada en los años 70, merendamos tarta y chocolate caliente en la plaza más bonita de la ciudad y al volver a casa compramos dos de nuestras cervezas favoritas para despedir el día.

Por mucho odio que haya en el mundo, capaz de hacer daño a tantos, por muy angustiada que haya estado mientras recibía mensajes de si estaba bien, aún sin saber realmente qué estaba pasando, Berlín no va a dejar de tener un lugar especial dentro de mí. Porque nunca he estado tan feliz como lo he sido aquí. Con todo lo bueno y lo menos bueno, por el crecimiento personal que me ha supuesto. Y esa alegría es mucho más grande que el miedo.

Mamá

2015-08-17-1

Llevaba varias semanas dándole vueltas a este post, porque en los últimos meses he vivido muchos cambios y mi madre ha seguido demostrando que es maravillosa. Siempre que veo campañas emocionales sobre madres e hijas se me pone un nudo en la garganta enorme y cuando las veo con mi madre acabamos llorando las dos a mares. Desde entonces he pensado que somos el target perfecto y que deberíamos participar en algún anuncio de ese estilo pero aún no hemos tenido oportunidad. Por eso hoy quiero aprovechar para decir que mi madre me ha demostrado tanto que no sé si voy a ser capaz de transmitir aquí lo importante que es para mí.

Mi madre es una mujer que cuando hablo de ella, me hace sentirme increíblemente afortunada de tenerla a mi lado. Siempre se me pone una sonrisa cuando lo hago y cuando empiezo a hablar de ella siempre digo que más que una madre, es una amiga. Es alguien que siempre está ahí, en casa cuando necesito hablar, al otro lado de la pantalla, a la hora que sea, a los kilómetros que sean cuando no estoy en casa. Es con quien tengo confianza plena y absoluta y en la que sé que siempre podré confiar. Es alguien que nunca se duerme sin tener su beso de buenas noches, aunque últimamente hayan tenido que ser más emojis de los que me gustaría por no poder estar a su lado cuando me acuesto. Pero no he fallado ni un solo día desde que me he ido para mandarle un mensaje de buenas noches. Es quien me ha abrazado en los mejores momentos y en los peores, con quien más he llorado de alegría o de tristeza (afortunadamente más veces de alegría y emoción), con quien más me ha dolido discutir y pelearme cuando ha tocado. Porque ella es la que más se emocionó cuando al terminar el Proyecto Fin de Grado me dijeron “Enhorabuena Claudia has terminado la carrera” y las dos rompimos a llorar abrazadas para celebrarlo. Porque también es con quien más he vuelto a llorar cuando nos hemos reconciliado tras duras discusiones.

Es quien me hace preguntarme muchas veces si seré capaz de ser tan buena madre como lo es ella conmigo. Y cuando lo hablo con mi pareja, me digo que no, que ella lo hace tan bien que yo creo que no sabría por dónde empezar para estar a su altura. Porque la relación que hemos construido durante años es tan firme, que es una de las cosas por las que más la admiro. Entonces me emociono y pienso, “ojalá me hubiese podido escuchar decir esto, me acaba de salir del corazón”. Por eso he venido aquí a escribirlo. Es a quien pregunto “¿cómo lo haces? Yo también quiero llevarme igual de bien con mis hijos como me llevo yo contigo” y me responde que yo se lo puse fácil. Muchos conocidos me han dicho “¿cómo le cuentas esas cosas a tu madre? o ¡eso no se lo puedes contar a una madre!” y siempre respondo “Ella es más que una madre, se lo cuento al igual que se lo contaría a una amiga”. Con todo lo bueno y con todo lo menos bueno. Es por ella por quien tengo ahora un nudo en la garganta al estar escribiendo esto. Porque las dos somos las únicas personas que entendemos la relación que tenemos. Porque es la persona que más se alegra cuando ve que estoy creciendo y soy feliz, pero también la que más triste se pone cuando echa de menos que ya no sea la niña que se ponía sus zapatos de tacón para andar por el pasillo. A la que más le duele que me equivoque o esté triste por algo que no me ha salido como esperaba.

Es la que más me corrige y me enseña a hacer las cosas bien, la más exigente y por lo tanto la que más tranquilidad me transmite cuando tengo su visto bueno. La que me hace cuestionarme las cosas más veces cuando no la noto a ella convencida. Por ella es por quien soñaba con una casa inmensa en la que vivir feliz con la familia que hubiese creado con mi pareja y con ella en otro piso, para estar juntas pero no revueltas. Pero también por la que me he dado cuenta de que realmente puedo ser feliz aunque ella no esté cerca y tengamos que vivir en ciudades diferentes. Su amor es tan inmenso que lo puedo notar aún estando a kilómetros, razón por la cual estoy contenta de poder salir del nido y poder acostumbrarme a no estar bajo el mismo techo. Aunque me muera de ganas de verla, abrazarla y no se lo diga muchas veces. Es la primera persona a la que recurro cuando tengo que contarle algo, sea positivo o negativo. Con la que más me enfado cuando me dice algo que no me gusta, pero a la que luego acabo dando la razón, “porque mamá siempre tiene razón”. Es de la que me acuerdo ahora que estoy soltándome un poco en la cocina, porque ella cocina tan rico que siempre pienso  lo bien que huele la casa y lo que disfruta haciendo comidas exóticas que no sé si llegaré algún día a preparar.

Es de la que más me acuerdo ahora que he empezado a independizarme, porque estando sola en casa me sorprendo un montón de veces pensando “jolín, cómo me parezco a mi madre”, “esta frase que acabo de decir lo diría ella”. Por la que más “presufro” cuando sé que nos tenemos que despedir y que no nos vamos a ver en unos meses. Mi madre es la persona que más y mejor me ha sabido cuidar durante toda la vida, quien más se ha preocupado por mí, quien se ha quedado despierta sin poder dormir cuando he salido de noche. Porque ahora que estoy fuera cuando tengo un mínimo dolor de algo y me tengo que curar sola, me acuerdo de ella y voy al chat para preguntarle y asegurarme de que en realidad no es nada, porque estando en casa la sensación siempre ha sido “si está mi madre cerca, seguro que se cura antes”. Es de quien me acuerdo cuando estoy fuera y veo algún lugar que sé que le gustaría ver o cuando como un plato nuevo y sé que se moriría de ganas de probarlo.

No sé si existe la madre perfecta pero la mía debe parecerse a ella. Mi madre y la relación que tenemos de amor incondicional es de las cosas que más orgullosa me hacen sentirme. Porque cuando llegue el momento en el que me toque estar en su lugar, solo espero ser capaz de hacerlo al menos la mitad de bien que lo hace ella.

Te quiero mamá.