Cambio de rumbo

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Florencia, 2016

Me habría encantado tener hace unos meses una bola de cristal para poder saber qué iba a pasar más adelante. Pero hoy, por fin puedo decir esto de forma oficial, aunque os lo he ido diciendo ya a los amigos más cercanos. Después de seis meses en Berlín, mis planes para hoy eran estar allí buscando trabajo si no lo había encontrado ya. A día de hoy diré que la ardua tarea ha sido casi misión imposible y aún dándolo por perdido procuraba intentar mantener la esperanza. Porque llamar a puerta fría a empresas donde no te conoce nadie, sin referencias, con un idioma complicado de aprender, aún teniendo un buen nivel de inglés y experiencia, no es nada fácil.

Este 2017 no sabía como iba a ser, de hecho, aún no sé lo que me espera. Después de haber terminado la carrera, habiéndome ido a vivir fuera, estado casi un año en una relación a distancia y donde los últimos 6 meses he podido vivir bajo el mismo techo con la persona a la que quiero, donde y con quien he aprendido cada día, me podía esperar cualquier cosa. Recuerdo la sensación al salir de la universidad de “ahora empieza el resto de mi vida”. Por eso lo que esperaba en noviembre es que en navidades volvería a Madrid y seguiría buscando trabajo aquí, mientras mi pareja estaría buscando lo mismo para volver a España pronto y poder estar por fin juntos, visto que yo en Alemania no estaba pudiendo asentarme del todo.

Pero de pronto los planes cambiaron repentinamente y tras un largo proceso de selección donde fue haciendo las pruebas “por tantear el terreno y saber qué se estaba pidiendo en España”, le llegó el email que puso patas arriba nuestros planes. Oferta de trabajo en Barcelona. Esa tarde ambos nos sentamos en el sofá y pensamos seriamente si nos queríamos ver en un futuro siguiendo nuestra vida en esta ciudad, tratamos de mirar con perspectiva si nos imaginábamos allí los siguientes 2 o 3 años… Aunque le dije que el peso de la decisión era suyo, no quiso tomar la decisión sin contar conmigo, ya que al fin y al cabo es algo que nos iba a afectar a los dos.

Aún recuerdo en 2015 cuando pasamos un fin de semana en Barcelona, en un Airbnb donde jugamos a perdernos por la ciudad, donde merendamos en una de las mejores pastelerías, cenamos paella con vistas al mar y donde nos tomamos el postre paseando por la playa de noche. Al día siguiente nos despedimos en la estación de Sants, yo volvía a Madrid y él cogería un avión de vuelta a Berlín. Lo que nadie nos dijo es que después de esa despedida acabaríamos viviendo en esa ciudad.

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Berlín febrero 2016 – julio 2016

Así que tras tomar la decisión vinieron los jaleos de papeleos y burocracia alemana para dar de baja todo lo habido y por haber. Le ayudé a hacer cajas que hemos ido mandando a Madrid y compramos vuelos para poder ir a Barcelona a visitar pisos en enero. Mi móvil desde entonces parece un vibrador por las notificaciones al estar suscrita a los anuncios de inmuebles nuevos que me manda Idealista, a los anuncios que pongo en favoritos y desaparecen a las horas, a las inmobiliarias que tras mandar una solicitud para ver la casa te dicen que no, que lo hagas a través de su web oficial, a las llamadas de teléfono cuando odio hablar por teléfono, a las ofertas de empleo de LinkedIn…

Pero todo sea por encontrar un lugar donde empezar esta nueva etapa juntos de cero, montar un piso con sus visitas a IKEA correspondientes, nuestros paseos por el Corte Inglés probando colchones, las entrevistas que espero poder hacer en cuanto antes para volver a coger la rutina que tanto echo de menos, con el sueño cumplido de poder adoptar un gatito y donde esperamos muy pronto tener nuestro hogar donde seguir creciendo juntos.

Sin duda, todo esto no podría ser posible sin la ayuda y apoyo de mis padres que durante estos meses me han ayudado con todos los gastos que supone irte a vivir fuera mientras no he tenido trabajo. Porque se lo he dicho mil veces pero aún no he podido cumplirlo, en cuanto consiga mi siguiente contrato, les debo por lo menos, por lo menos, una comida a mis padres en StreetXO. Así que, además de por mi bien y por las ganas que tengo de volver a trabajar, espero que no quede mucho para poder invitarlos a comer en uno de los sitios que les llevo prometiendo mucho tiempo.

¡Nos vemos en Barcelona!

Mi 2016

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Cogí el año con ganas, sin saber realmente que supondría tantísimas historias que contar. Os puedo contar una historia que habla del valor de cambiar de aires y superar el miedo. También os puedo hablar del gran cambio que supone pasar de una relación a distancia a un convivir día a día. Incluso de cómo estar en doce meses en catorce destinos, perdiéndome por lugares como Madrid, Berlín, Bolonia, Florencia, París, Stuttgart, Múnich, Corfú, Colonia, Bonn, República Dominicana, Praga, Liepzig y finalmente Roma para despedir el año. Incluso os podría hablar de cómo entre emails y emails acaban surgiendo giros que te ponen patas arriba los planes que tenías a tres meses vista.

Este año tenía muchas ilusiones por delante y estoy feliz de haber cumplido muchas de ellas. No he parado de hacer lo que más me gusta, viajar y comer bien. He acabado la carrera con un proyecto final que escribí en tiempo récord. He tenido la oportunidad de salir del nido e irme a vivir a un país en el que no conocía su lengua. He aprendido a defenderme en alemán aún sabiendo que este idioma es el demonio, con palabras en las que faltan vocales y sobran giros imposibles de lengua. Me he enamorado de una persona y de una ciudad, con sus días buenos y sus no tan buenos.

Además de todo esto, he adquirido bastante aprendizaje. En lo laboral he aprendido a valorar mi trabajo, buscándolo en “la tierra prometida” y he rechazado más “intentos de contrato” que oportunidades reales. Me he autoevaluado y autoanalizado mil veces cuando revisaba mi perfil en LinkedIn y modificaba mi CV preguntándome qué fallaba. En lo personal he aprendido a convivir en pareja y estar con ella en el día a día, compartiendo tareas de la casa y algún enfado sano que ha tenido solución. Porque pasar de una relación a distancia a una convivencia diaria implica cambio. Positivo, sí, pero había riesgo y miedo a que no saliera bien, temores que se convirtieron en razones por las que cada noche sonrío al poder acostarme al lado de la persona que más quiero. Me he habituado a limpiar la casa y hacer la compra cuando no hay nadie que lo haga por mí y he aprendido a soltarme en la cocina y celebrar platos ricos, aunque también haya estropeado algunas recetas.

Y sobre Berlín… No puedo terminar el año sin dedicarle unas palabras a esta gran ciudad que me ha acogido los últimos seis meses. Me ha dado días de cielo gris y lluvias, viento frío que me congelaba hasta huesecillos que no sabía ni que tenía, me ha enfriado volviendo a casa de noche o incluso nada más salir de casa, abrigada con capas como una cebolla. He caminado por sus calles con vestidos y pantalones cortos pero también con pantalones térmicos, gorros y guantes. Me prometieron nieve y aún sigo esperando que eso ocurra.

Me han preguntado ¿cómo aguantas en una ciudad con un clima tan triste? La respuesta es sencilla. Gracias a todo ese clima “tan triste” y turbio al que se refieren, los días de cielo azul y sol espléndido me han hecho tan feliz que un paseo por la mañana viendo los árboles en otoño ha hecho que me dure la alegría un mes entero. He aprendido a apreciar tanto los detalles bonitos del día a día, que aunque el clima fuera “de perros encontraba micromomentos que hacían que valiese la pena. Claro que me ha afectado al humor la falta de luz, pero he sabido ver cosas bonitas a los días más “aparentemente tristes”.

En Berlín he descubierto mil sabores y platos exóticos que me han maravillado y que me harán la boca agua cada vez que los vuelva a recordar. He visto tantos mercadillos con tesoros que muchos de ellos quedan reñidos, pero sigo teniendo mi favorito. He disfrutado cada cerveza de trigo sabiendo que echaré de menos no poder pedirla en cualquier bar. Me he sentido tan a gusto paseando y cogiendo metros con toda naturalidad sintiéndome “en casa” que realmente lo único que me preocupa es no encontrar otra ciudad que me guste tanto como ésta. No os he contado que adoro el metro berlinés, que cada estación es de un color y diseño diferente, que mis líneas favoritas son las que tienen tramos al aire libre y que los trenes te llevan por lugares muy fotogénicos. Porque dicen que las comparaciones son odiosas, pero estoy viendo que sin querer acabaré comparando cualquier otra ciudad con Berlín. Se ha ganado un hueco importante en mí y solo pienso en cuando será la próxima vez que vuelva, pero esta vez como turista.

Eso sí, lo que no me esperaba al empezar este año es que acabaría pudiendo finalmente vivir en Berlín y que en 2017 habría otra ciudad esperándome para conocerla en profundidad…

Que la alegría gane al miedo

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Weihnachtsmarkt Roden Breitscheidplatz, diciembre 2016

Ayer fue mi último día en Berlín antes de volver por Navidad y me negué a pasarlo encerrada en casa por miedo, aunque la noche de antes quise cancelar los planes que teníamos. Cogí el metro que atraviesa el mapa entero de la ciudad y pasa por los sitios más turísticos. A mi lado, justo en la parada donde ocurrió, un señor árabe leía la noticia en su móvil, cuando se fue, ocupó su lugar un señor mayor alemán que leía lo mismo con las fotos en la portada del periódico local. Es rara la sensación de ver en papel una noticia de ese tipo cuando la has vivido en la misma ciudad y sobre todo cuando estás lejos de tu familia.

Cuando salí del metro, la sensación térmica era de -5, lo que intuyo que fue otro factor para que la ciudad estuviese medio vacía, junto con ver todos los mercadillos cerrados por luto. Aún así, nosotros quisimos despedirnos de la ciudad como se merecía. Encontramos sitio para comer en un coreano que normalmente está siempre lleno, fuimos al museo de los videojuegos y jugamos al Pong entre risas en el sofá de una sala ambientada en los años 70, merendamos tarta y chocolate caliente en la plaza más bonita de la ciudad y al volver a casa compramos dos de nuestras cervezas favoritas para despedir el día.

Por mucho odio que haya en el mundo, capaz de hacer daño a tantos, por muy angustiada que haya estado mientras recibía mensajes de si estaba bien, aún sin saber realmente qué estaba pasando, Berlín no va a dejar de tener un lugar especial dentro de mí. Porque nunca he estado tan feliz como lo he sido aquí. Con todo lo bueno y lo menos bueno, por el crecimiento personal que me ha supuesto. Y esa alegría es mucho más grande que el miedo.

Mamá

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Llevaba varias semanas dándole vueltas a este post, porque en los últimos meses he vivido muchos cambios y mi madre ha seguido demostrando que es maravillosa. Siempre que veo campañas emocionales sobre madres e hijas se me pone un nudo en la garganta enorme y cuando las veo con mi madre acabamos llorando las dos a mares. Desde entonces he pensado que somos el target perfecto y que deberíamos participar en algún anuncio de ese estilo pero aún no hemos tenido oportunidad. Por eso hoy quiero aprovechar para decir que mi madre me ha demostrado tanto que no sé si voy a ser capaz de transmitir aquí lo importante que es para mí.

Mi madre es una mujer que cuando hablo de ella, me hace sentirme increíblemente afortunada de tenerla a mi lado. Siempre se me pone una sonrisa cuando lo hago y cuando empiezo a hablar de ella siempre digo que más que una madre, es una amiga. Es alguien que siempre está ahí, en casa cuando necesito hablar, al otro lado de la pantalla, a la hora que sea, a los kilómetros que sean cuando no estoy en casa. Es con quien tengo confianza plena y absoluta y en la que sé que siempre podré confiar. Es alguien que nunca se duerme sin tener su beso de buenas noches, aunque últimamente hayan tenido que ser más emojis de los que me gustaría por no poder estar a su lado cuando me acuesto. Pero no he fallado ni un solo día desde que me he ido para mandarle un mensaje de buenas noches. Es quien me ha abrazado en los mejores momentos y en los peores, con quien más he llorado de alegría o de tristeza (afortunadamente más veces de alegría y emoción), con quien más me ha dolido discutir y pelearme cuando ha tocado. Porque ella es la que más se emocionó cuando al terminar el Proyecto Fin de Grado me dijeron “Enhorabuena Claudia has terminado la carrera” y las dos rompimos a llorar abrazadas para celebrarlo. Porque también es con quien más he vuelto a llorar cuando nos hemos reconciliado tras duras discusiones.

Es quien me hace preguntarme muchas veces si seré capaz de ser tan buena madre como lo es ella conmigo. Y cuando lo hablo con mi pareja, me digo que no, que ella lo hace tan bien que yo creo que no sabría por dónde empezar para estar a su altura. Porque la relación que hemos construido durante años es tan firme, que es una de las cosas por las que más la admiro. Entonces me emociono y pienso, “ojalá me hubiese podido escuchar decir esto, me acaba de salir del corazón”. Por eso he venido aquí a escribirlo. Es a quien pregunto “¿cómo lo haces? Yo también quiero llevarme igual de bien con mis hijos como me llevo yo contigo” y me responde que yo se lo puse fácil. Muchos conocidos me han dicho “¿cómo le cuentas esas cosas a tu madre? o ¡eso no se lo puedes contar a una madre!” y siempre respondo “Ella es más que una madre, se lo cuento al igual que se lo contaría a una amiga”. Con todo lo bueno y con todo lo menos bueno. Es por ella por quien tengo ahora un nudo en la garganta al estar escribiendo esto. Porque las dos somos las únicas personas que entendemos la relación que tenemos. Porque es la persona que más se alegra cuando ve que estoy creciendo y soy feliz, pero también la que más triste se pone cuando echa de menos que ya no sea la niña que se ponía sus zapatos de tacón para andar por el pasillo. A la que más le duele que me equivoque o esté triste por algo que no me ha salido como esperaba.

Es la que más me corrige y me enseña a hacer las cosas bien, la más exigente y por lo tanto la que más tranquilidad me transmite cuando tengo su visto bueno. La que me hace cuestionarme las cosas más veces cuando no la noto a ella convencida. Por ella es por quien soñaba con una casa inmensa en la que vivir feliz con la familia que hubiese creado con mi pareja y con ella en otro piso, para estar juntas pero no revueltas. Pero también por la que me he dado cuenta de que realmente puedo ser feliz aunque ella no esté cerca y tengamos que vivir en ciudades diferentes. Su amor es tan inmenso que lo puedo notar aún estando a kilómetros, razón por la cual estoy contenta de poder salir del nido y poder acostumbrarme a no estar bajo el mismo techo. Aunque me muera de ganas de verla, abrazarla y no se lo diga muchas veces. Es la primera persona a la que recurro cuando tengo que contarle algo, sea positivo o negativo. Con la que más me enfado cuando me dice algo que no me gusta, pero a la que luego acabo dando la razón, “porque mamá siempre tiene razón”. Es de la que me acuerdo ahora que estoy soltándome un poco en la cocina, porque ella cocina tan rico que siempre pienso  lo bien que huele la casa y lo que disfruta haciendo comidas exóticas que no sé si llegaré algún día a preparar.

Es de la que más me acuerdo ahora que he empezado a independizarme, porque estando sola en casa me sorprendo un montón de veces pensando “jolín, cómo me parezco a mi madre”, “esta frase que acabo de decir lo diría ella”. Por la que más “presufro” cuando sé que nos tenemos que despedir y que no nos vamos a ver en unos meses. Mi madre es la persona que más y mejor me ha sabido cuidar durante toda la vida, quien más se ha preocupado por mí, quien se ha quedado despierta sin poder dormir cuando he salido de noche. Porque ahora que estoy fuera cuando tengo un mínimo dolor de algo y me tengo que curar sola, me acuerdo de ella y voy al chat para preguntarle y asegurarme de que en realidad no es nada, porque estando en casa la sensación siempre ha sido “si está mi madre cerca, seguro que se cura antes”. Es de quien me acuerdo cuando estoy fuera y veo algún lugar que sé que le gustaría ver o cuando como un plato nuevo y sé que se moriría de ganas de probarlo.

No sé si existe la madre perfecta pero la mía debe parecerse a ella. Mi madre y la relación que tenemos de amor incondicional es de las cosas que más orgullosa me hacen sentirme. Porque cuando llegue el momento en el que me toque estar en su lugar, solo espero ser capaz de hacerlo al menos la mitad de bien que lo hace ella.

Te quiero mamá.

 

 

Me cuentan desde Kenia

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Kenia, septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Me cuentan que en Kenia, más allá de los paisajes idílicos de Memorias de África, apartado del caos del centro lleno de rascacielos, vive gran parte de la felicidad. Que en los suburbios de Nairobi hay un poblado llamado Kibera que está levantado sobre un suelo de plásticos con calles llenas de barro y surcos enterrados a modo de “alcantarillado”. Me cuentan también que las casas están hechas de una tierra similar al adobe y los techos son de planchas metálicas para protegerse de las lluvias. También me dicen que las cocinas son bidones azules en una habitación vacía con poca luz sin ventilación ni agua potable.

Me cuentan que los niños están deseando ir al colegio, en clases donde los pequeños y mayores comparten mesa para aprender y hacer actividades que les haga aprender un poco más cada día. Me dicen que con recursos limitados para poder reciclar, se intenta llevar a estos suburbios esa cultura del reciclaje que tenemos en otros países. También me dicen que a los niños cuando les preguntan cómo se imaginan todo limpio, dibujan papeleras en cada esquina cuando viven prácticamente en un lugar lleno de botellas y bolsas de plástico por el suelo. Me cuentan que allí en los autobuses la gente se sienta una encima de la otra, a veces compartes sitio con un señor y su cabra, los conductores se pelean por los clientes y en ocasiones estos autobuses tienen pantallas con música a todo volumen donde la gente va bailando.

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Kibera, Kenia. Septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Pero también me cuentan una cosa, la más importante. Allí son felices. Veo fotos donde parece que están todo el día sonriendo y al comentarlo me responden que no lo parece, que lo están. Que las sonrisas son sinceras y amplias, de oreja a oreja, que los niños te ven llegar y echan la mano para que les choques los cinco. Me cuentan que juegan y corren por el patio inquietos, con ganas de divertirse durante el día entero. Aunque estén en medio de la zona más sucia y desordenada del suburbio. Me cuentan que un chico de 20 años estuvo con el fémur roto durante seis meses y que tras pelear para poder tener derecho a que le hicieran operaciones y tratamientos ahora está inmensamente feliz por poder moverse con muletas. Me cuentan que los niños saben que viven en una zona difícil y tienen la ilusión de poder ser médicos para poder curar a sus vecinos.

Me cuentan que cuando te vas de safari, puedes compartir una noche con los masáis y verles bailar alrededor del fuego con sus canciones. También me dicen que en la sabana el atardecer se llena de colores que avisan de que el sol se va a acostar para dar paso a la luna. Al igual que me cuentan que allí las estrellas son diferentes y que cuando miras al cielo no reconoces ninguna constelación.

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Fourteen Falls, Kenia. Septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Me cuentan que más allá de las campañas dramáticas que se hacen para las ONG’s existen otras que son capaces de comunicar mensajes positivos. Donde se puede sacar la alegría que llega a vivir el barrio más bajo y pobre de Nairobi y transformarlo en una canción llena de mensajes con esperanza de poder cambiar esta zona y  garantizar un mundo mejor. Me cuentan las experiencias de mi pareja que lo que está viviendo durante estas tres semanas allí de voluntario le hacen pensar y darse cuenta de lo poco que se necesita para ser feliz. Me cuenta que se bloquea y le recorre la rabia cuando ve la realidad a la que se enfrentan estas personas a diario. Procuramos hablar cada noche cuando llega a casa tras un día por Kibera o alrededores y me hace darme cuenta en la distancia de que si tengo un día malo, realmente no lo es tanto. Mientras él está allí y yo aquí, delante del ordenador mientras escribo esto, él ha preparado una actividad para hacer con los niños al día siguiente, visitará una planta de reciclaje de plástico que está en construcción o conocerá a unas mujeres que hacen bolsos a mano y quieren aprender a venderlos en la red. Y yo en ocasiones no sé muy bien como explicarle qué he hecho y porqué considero que quizás he podido tener un mal día.

Me acuesto en mi cama con ganas de verle y volver a estar en el sofá de casa mientras me cuenta todas las aventuras que ha vivido allí, en el país de los paisajes idílicos que Karen y Denys sobrevolaron en sus excursiones en avioneta.

They say that nothing good never come outa a slum.
But look what we bring out the slum for you to learn.
Artwork and handwork is the talent that we have.
The abilities we have, we strictly preserve.

[…]

One, two, three this is a smlie from the slum.
Call it Kibera city make rise from the slum.
Every morning we wake up with smile of the sun.
Look how many people make arise from the slum, (mi she).

 

Infinitivos en color azul

Ermones, Corfú, agosto 2016

Ermones, Corfú, agosto 2016

Despegar entre nubes y ver que debajo de ese día nublado dejamos Berlín durante unos días. Pero pocos, que la ciudad “arm, aber sexy” nos espera a la vuelta. Salir del avión y sentir de sopetón ese aire caliente en la cara que sorprende cuando llevas un mes a temperaturas suaves y noches frescas.

Llegar al hotel, en la costa de Ermones, una cala preciosa de la isla de Corfú, con varios hoteles alrededor, una zona tranquila y acogedora en medio de la nada. Alrededor lo único que hay son montañas y acantilados llenos de olivos. Aguas turquesas, cristalinas de temperaturas agradables y poco usuales para una gallega acostumbrada a que con mojar el pie en el frío mar de las rías altas, con sus 22ºC de temperatura máxima en el agua los días de mucho calor, el frío te recorre el cuerpo y no necesitas bañarte más para refrescarte. Poder entrar al mar en muy pocos minutos y volver a la toalla a coger color con una piña colada que se derrite si no te la bebes rápido.

Comer acogidos por la música griega que suena en directo y sus bailes regionales que parecen la mar de tontorrones. Durante los cuatro siguientes días, alimentarnos de tzatziki, taramosalata, saganaki, ensalada griega, queso feta en todas sus variantes, musaka, berenjenas fritas, dolmades, pulpo, gambones… Descubrir que la gastronomía griega es una mezcla entre la italiana y turca con muchos aires mediterráneos.

Explorar el centro de la ciudad durante un día de sol abrasador, perderse por las callecitas desgastadas con ropa colgada en los tendederos a la vista, estrechas a la sombra que protegen del sol, llenas de tiendas con souvenirs, tiendas de sandalias hechas a mano, piezas de madera de olivo, joyerías llenas de pulseras y brazaletes de plata y oro con adornos de ojitos azules de la suerte, con corales y piedras azul turquesa, de vestidos blancos de encaje o helénicos con bordados en dorado y plata. Comer a la sombra en los soportales de la calle más conocida, entre el bullicio de las cigarras, de la gente, de los turistas en masa que vienen de cruceros que atracan en el puerto.

Cenar una noche con tormenta de verano, con vistas al mar que cuando cae el sol se llena todo de plena oscuridad. Disfrutar de las gotas de agua que no enfrían pero sí calientan. Ver caer los rayos iluminando el mar, los contraluces en los peñones y acantilados de roca. Oír el mar alterarse y los barcos moverse reflejados por la luna como única fuente de luz en la noche.

Amanecer entre besos y sonrisas que no cesan durante el día, en el mar, en la piscina, en las siestas, en los atardeceres, en los saltos por ver el último rayo de sol antes de que se esconda, en las cenas con mesas escondidas para dos, en las cervezas griegas que brindamos a los ojos, en la habitación que nos regala las mejores vistas al mar, en los vinos griegos, en las copas, en las buenas noches y en los buenos días.

Infinitivos que se transformaron en gerundios y que volverán a repetirse en otros lugares para no quedarse en pasados.

 

De días remolones

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Tiergarten – Berlin 2016

El pasado domingo me desperté en Berlín, como lo llevo haciendo durante las últimas dos semanas. El cielo estaba cubierto de nubes y después de remolonear, ya era tarde, por lo que el plan perfecto era irse de brunch. Al salir de casa vestida de verano me paré en seco al notar la lluvia. No llevaba paraguas y quizá pasaría frío, así que me di la vuelta, me cambié los pantalones rosa por los vaqueros y las bailarinas de ante por los botines de cordones. Paraguas en mano y de vuelta a la calle.

El semáforo que cruzo todos los días para ir al metro se puso en rojo para peatones justo cuando tocaba cruzar. Esperando bajo la lluvia, en un día gris, de aspecto triste, lo único que apetecía era llegar en cuanto antes al metro. Sin embargo, en ese paso de cebra me encontré una rosa roja tirada en el asfalto. Daban ganas de cruzar aunque estuviera en rojo para recogerla. Era la nota de color perfecta para un día oscuro. De pronto, mientras observaba la flor, pasó un coche. En ese instante me dio tiempo a pensar entristecida, “ay, se va a llevar la flor por delante”. En efecto, se la llevó, pero de pronto todos los pétalos quedaron esparcidos por la carretera siguiendo el sentido del coche. El momento duró unos instantes pero la imagen en mi cabeza pasó a cámara lenta. Poesía visual. Se abrió el semáforo y me tocó cruzar. Con cuidado de no pisar la flor.

No sé cuánto duran los pasos de cebra en el resto de Alemania, en Berlín muchos de ellos se suelen poner en rojo nada más abrirse, dejándote en el medio y terminando por hacerte correr para llegar al otro lado. Los que se conocen bien la ciudad suelen adelantarse al semáforo y empezar a cruzar un poco antes de que esté verde para peatones, de ese modo no te quedas en medio cuando vuelve a cambiar de color. Yo aún no me atrevo del todo a cruzar antes de tiempo pero empiezo a copiar las costumbres de los demás berlineses. Donde fueres haz lo que vieres.

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Oranium Corner – Berlín 2016

Llegamos al brunch, un restaurante precioso con sillones de cuero granate y madera, rosas en cada mesa, con ventanales, lámparas que parecen ramas de árbol entrelazadas, paredes pintadas con flores… Un sitio bonito para tomar un brunch en el barrio judío. Tras un plato lleno de quesos y otro con salmón y mostaza dulce nos fuimos a la calle.

Al salir de allí seguía lloviendo pero esta vez no abrí el paraguas. Dejé que la fina lluvia me empapara la cara mientras hacía fotos a las paredes de las fachadas llenas de pintadas, pensé sobre una reflexión que leí hace poco que hablaba de lo dadaísta que era todo el arte urbano, nos perdimos por los patios interiores llenos de cafés y heladerías y de vuelta a casa, era domingo remolón, de esos de peli y manta en los que disfrutar de los detalles…

¿Sabéis qué? En las paradas de metro berlinesas grandes suele haber siempre una floristería. Y me he dado cuenta de que eso hace los días grises menos grises. Al parecer, por aquí es muy común tener flores en casa, así que yo ya he regalado mi primera rosa roja por sorpresa. Y aunque esto ya no será sorpresa: no será la última que compre.

P.D: Esta semana dicen que hará buen tiempo. Aquí no hay playa, pero el mismo plan se suele trasladar a los lagos de los bosques y resulta bonito y especial poder bañarse en medio de un espacio lleno de árboles en plena naturaleza. Así que, aplicando una frase que me han dicho por aquí “lo bueno del verano en Alemania es cuando cae en fin de semana”.