Me cuentan desde Kenia

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Kenia, septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Me cuentan que en Kenia, más allá de los paisajes idílicos de Memorias de África, apartado del caos del centro lleno de rascacielos, vive gran parte de la felicidad. Que en los suburbios de Nairobi hay un poblado llamado Kibera que está levantado sobre un suelo de plásticos con calles llenas de barro y surcos enterrados a modo de “alcantarillado”. Me cuentan también que las casas están hechas de una tierra similar al adobe y los techos son de planchas metálicas para protegerse de las lluvias. También me dicen que las cocinas son bidones azules en una habitación vacía con poca luz sin ventilación ni agua potable.

Me cuentan que los niños están deseando ir al colegio, en clases donde los pequeños y mayores comparten mesa para aprender y hacer actividades que les haga aprender un poco más cada día. Me dicen que con recursos limitados para poder reciclar, se intenta llevar a estos suburbios esa cultura del reciclaje que tenemos en otros países. También me dicen que a los niños cuando les preguntan cómo se imaginan todo limpio, dibujan papeleras en cada esquina cuando viven prácticamente en un lugar lleno de botellas y bolsas de plástico por el suelo. Me cuentan que allí en los autobuses la gente se sienta una encima de la otra, a veces compartes sitio con un señor y su cabra, los conductores se pelean por los clientes y en ocasiones estos autobuses tienen pantallas con música a todo volumen donde la gente va bailando.

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Kibera, Kenia. Septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Pero también me cuentan una cosa, la más importante. Allí son felices. Veo fotos donde parece que están todo el día sonriendo y al comentarlo me responden que no lo parece, que lo están. Que las sonrisas son sinceras y amplias, de oreja a oreja, que los niños te ven llegar y echan la mano para que les choques los cinco. Me cuentan que juegan y corren por el patio inquietos, con ganas de divertirse durante el día entero. Aunque estén en medio de la zona más sucia y desordenada del suburbio. Me cuentan que un chico de 20 años estuvo con el fémur roto durante seis meses y que tras pelear para poder tener derecho a que le hicieran operaciones y tratamientos ahora está inmensamente feliz por poder moverse con muletas. Me cuentan que los niños saben que viven en una zona difícil y tienen la ilusión de poder ser médicos para poder curar a sus vecinos.

Me cuentan que cuando te vas de safari, puedes compartir una noche con los masáis y verles bailar alrededor del fuego con sus canciones. También me dicen que en la sabana el atardecer se llena de colores que avisan de que el sol se va a acostar para dar paso a la luna. Al igual que me cuentan que allí las estrellas son diferentes y que cuando miras al cielo no reconoces ninguna constelación.

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Fourteen Falls, Kenia. Septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Me cuentan que más allá de las campañas dramáticas que se hacen para las ONG’s existen otras que son capaces de comunicar mensajes positivos. Donde se puede sacar la alegría que llega a vivir el barrio más bajo y pobre de Nairobi y transformarlo en una canción llena de mensajes con esperanza de poder cambiar esta zona y  garantizar un mundo mejor. Me cuentan las experiencias de mi pareja que lo que está viviendo durante estas tres semanas allí de voluntario le hacen pensar y darse cuenta de lo poco que se necesita para ser feliz. Me cuenta que se bloquea y le recorre la rabia cuando ve la realidad a la que se enfrentan estas personas a diario. Procuramos hablar cada noche cuando llega a casa tras un día por Kibera o alrededores y me hace darme cuenta en la distancia de que si tengo un día malo, realmente no lo es tanto. Mientras él está allí y yo aquí, delante del ordenador mientras escribo esto, él ha preparado una actividad para hacer con los niños al día siguiente, visitará una planta de reciclaje de plástico que está en construcción o conocerá a unas mujeres que hacen bolsos a mano y quieren aprender a venderlos en la red. Y yo en ocasiones no sé muy bien como explicarle qué he hecho y porqué considero que quizás he podido tener un mal día.

Me acuesto en mi cama con ganas de verle y volver a estar en el sofá de casa mientras me cuenta todas las aventuras que ha vivido allí, en el país de los paisajes idílicos que Karen y Denys sobrevolaron en sus excursiones en avioneta.

They say that nothing good never come outa a slum.
But look what we bring out the slum for you to learn.
Artwork and handwork is the talent that we have.
The abilities we have, we strictly preserve.

[…]

One, two, three this is a smlie from the slum.
Call it Kibera city make rise from the slum.
Every morning we wake up with smile of the sun.
Look how many people make arise from the slum, (mi she).

 

Infinitivos en color azul

Ermones, Corfú, agosto 2016

Ermones, Corfú, agosto 2016

Despegar entre nubes y ver que debajo de ese día nublado dejamos Berlín durante unos días. Pero pocos, que la ciudad “arm, aber sexy” nos espera a la vuelta. Salir del avión y sentir de sopetón ese aire caliente en la cara que sorprende cuando llevas un mes a temperaturas suaves y noches frescas.

Llegar al hotel, en la costa de Ermones, una cala preciosa de la isla de Corfú, con varios hoteles alrededor, una zona tranquila y acogedora en medio de la nada. Alrededor lo único que hay son montañas y acantilados llenos de olivos. Aguas turquesas, cristalinas de temperaturas agradables y poco usuales para una gallega acostumbrada a que con mojar el pie en el frío mar de las rías altas, con sus 22ºC de temperatura máxima en el agua los días de mucho calor, el frío te recorre el cuerpo y no necesitas bañarte más para refrescarte. Poder entrar al mar en muy pocos minutos y volver a la toalla a coger color con una piña colada que se derrite si no te la bebes rápido.

Comer acogidos por la música griega que suena en directo y sus bailes regionales que parecen la mar de tontorrones. Durante los cuatro siguientes días, alimentarnos de tzatziki, taramosalata, saganaki, ensalada griega, queso feta en todas sus variantes, musaka, berenjenas fritas, dolmades, pulpo, gambones… Descubrir que la gastronomía griega es una mezcla entre la italiana y turca con muchos aires mediterráneos.

Explorar el centro de la ciudad durante un día de sol abrasador, perderse por las callecitas desgastadas con ropa colgada en los tendederos a la vista, estrechas a la sombra que protegen del sol, llenas de tiendas con souvenirs, tiendas de sandalias hechas a mano, piezas de madera de olivo, joyerías llenas de pulseras y brazaletes de plata y oro con adornos de ojitos azules de la suerte, con corales y piedras azul turquesa, de vestidos blancos de encaje o helénicos con bordados en dorado y plata. Comer a la sombra en los soportales de la calle más conocida, entre el bullicio de las cigarras, de la gente, de los turistas en masa que vienen de cruceros que atracan en el puerto.

Cenar una noche con tormenta de verano, con vistas al mar que cuando cae el sol se llena todo de plena oscuridad. Disfrutar de las gotas de agua que no enfrían pero sí calientan. Ver caer los rayos iluminando el mar, los contraluces en los peñones y acantilados de roca. Oír el mar alterarse y los barcos moverse reflejados por la luna como única fuente de luz en la noche.

Amanecer entre besos y sonrisas que no cesan durante el día, en el mar, en la piscina, en las siestas, en los atardeceres, en los saltos por ver el último rayo de sol antes de que se esconda, en las cenas con mesas escondidas para dos, en las cervezas griegas que brindamos a los ojos, en la habitación que nos regala las mejores vistas al mar, en los vinos griegos, en las copas, en las buenas noches y en los buenos días.

Infinitivos que se transformaron en gerundios y que volverán a repetirse en otros lugares para no quedarse en pasados.

 

De días remolones

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Tiergarten – Berlin 2016

El pasado domingo me desperté en Berlín, como lo llevo haciendo durante las últimas dos semanas. El cielo estaba cubierto de nubes y después de remolonear, ya era tarde, por lo que el plan perfecto era irse de brunch. Al salir de casa vestida de verano me paré en seco al notar la lluvia. No llevaba paraguas y quizá pasaría frío, así que me di la vuelta, me cambié los pantalones rosa por los vaqueros y las bailarinas de ante por los botines de cordones. Paraguas en mano y de vuelta a la calle.

El semáforo que cruzo todos los días para ir al metro se puso en rojo para peatones justo cuando tocaba cruzar. Esperando bajo la lluvia, en un día gris, de aspecto triste, lo único que apetecía era llegar en cuanto antes al metro. Sin embargo, en ese paso de cebra me encontré una rosa roja tirada en el asfalto. Daban ganas de cruzar aunque estuviera en rojo para recogerla. Era la nota de color perfecta para un día oscuro. De pronto, mientras observaba la flor, pasó un coche. En ese instante me dio tiempo a pensar entristecida, “ay, se va a llevar la flor por delante”. En efecto, se la llevó, pero de pronto todos los pétalos quedaron esparcidos por la carretera siguiendo el sentido del coche. El momento duró unos instantes pero la imagen en mi cabeza pasó a cámara lenta. Poesía visual. Se abrió el semáforo y me tocó cruzar. Con cuidado de no pisar la flor.

No sé cuánto duran los pasos de cebra en el resto de Alemania, en Berlín muchos de ellos se suelen poner en rojo nada más abrirse, dejándote en el medio y terminando por hacerte correr para llegar al otro lado. Los que se conocen bien la ciudad suelen adelantarse al semáforo y empezar a cruzar un poco antes de que esté verde para peatones, de ese modo no te quedas en medio cuando vuelve a cambiar de color. Yo aún no me atrevo del todo a cruzar antes de tiempo pero empiezo a copiar las costumbres de los demás berlineses. Donde fueres haz lo que vieres.

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Oranium Corner – Berlín 2016

Llegamos al brunch, un restaurante precioso con sillones de cuero granate y madera, rosas en cada mesa, con ventanales, lámparas que parecen ramas de árbol entrelazadas, paredes pintadas con flores… Un sitio bonito para tomar un brunch en el barrio judío. Tras un plato lleno de quesos y otro con salmón y mostaza dulce nos fuimos a la calle.

Al salir de allí seguía lloviendo pero esta vez no abrí el paraguas. Dejé que la fina lluvia me empapara la cara mientras hacía fotos a las paredes de las fachadas llenas de pintadas, pensé sobre una reflexión que leí hace poco que hablaba de lo dadaísta que era todo el arte urbano, nos perdimos por los patios interiores llenos de cafés y heladerías y de vuelta a casa, era domingo remolón, de esos de peli y manta en los que disfrutar de los detalles…

¿Sabéis qué? En las paradas de metro berlinesas grandes suele haber siempre una floristería. Y me he dado cuenta de que eso hace los días grises menos grises. Al parecer, por aquí es muy común tener flores en casa, así que yo ya he regalado mi primera rosa roja por sorpresa. Y aunque esto ya no será sorpresa: no será la última que compre.

P.D: Esta semana dicen que hará buen tiempo. Aquí no hay playa, pero el mismo plan se suele trasladar a los lagos de los bosques y resulta bonito y especial poder bañarse en medio de un espacio lleno de árboles en plena naturaleza. Así que, aplicando una frase que me han dicho por aquí “lo bueno del verano en Alemania es cuando cae en fin de semana”.

Querida yo misma a los 15 años

Esta es la carta que me habría gustado leer hace ocho años, cuando estaba en el colegio sin tener ni idea de qué iba a pasar después. Ahora mismo no sé qué va a pasar en los próximos tres meses. Ojalá pudiese ver tan solo unos instantes donde voy a estar para entonces, o pudiese leer una carta como esta escrita con mis 28. Empecemos el flashback y fastfoward:

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Bolonia, febrero 2016

Hola Claudia, soy tú misma con algunos añitos más de los que tienes ahora. Te escribo simplemente para decirte que estés tranquila y que todo va a salir bien. Lo que ahora te parece un mundo, no lo es y lo que hoy te preocupa, mañana no existe.

Hoy estás terminando 3º de la ESO, peleándote en el peor curso que has pasado. Aunque las matemáticas siempre te han costado, después de las de este año, ya no vas a tener que volver a pelearte tanto con ellas. En 4º podrás hacer la rama de letras donde dicen que son más sencillas y verás como siendo la recta final de esta asignatura, las sacarás con más ganas. Luego llegarás a bachillerato donde podrás hacer la rama de ciencias sociales, pero como la primera clase de matemáticas será con el mismo profesor que tan mal te las ha explicado durante 3º, harás la rama de humanidades y te olvidarás de ellas.

Aprenderás sobre historia, que aunque te resultará difícil memorizarla y entenderla, en unos años repasarás algunos capítulos de ella. Viajarás a Berlín y entenderás mejor la 2ª Guerra Mundial, verás el muro que se levantó durante la Guerra Fría y al pasear por la Topografía del Terror o por el Museo Judío, todas las fechas y nombres que aparecen en tus apuntes cobrarán sentido. También estudiarás filosofía y te amueblará la cabeza, haciéndote reflexionar sobre cómo somos y qué nos lleva a estar hoy aquí, de dónde venimos, cómo se debe organizar la sociedad o qué sistema económico es mejor. Esto último también puede liarte al principio, pero cuando veas el panorama político de 2016, las ideas de los filósofos más capitalistas o los más comunistas encajarán en los programas a los que echarás un vistazo cuando estés confusa sin saber a quién votar. Porque sí, te vas a confundir o más bien, te van a confundir. Sobre todo en tus primeras votaciones autonómicas, o las segundas. Te adelanto que votes lo que votes ese 20 de diciembre, se repetirán ocho meses después. Pero aunque te confundas, no dejes de ejercer tu voto, es un derecho que ha costado muchos años que puedas conseguir.

En estos años vas a conocer a mucha gente. Tendrás amigos que aunque se distancien, te darás cuenta que si los necesitas siempre están ahí. Al igual que con 15 años tienes personas que piensas que van a estar en cualquier momento, a los 22 verás que te dieron la espalda en cuanto te caíste. Te pasará con 15, con 17 o teniendo 20 (y seguramente después de esa edad también). Por no hablar de chicos por los que podrás pillarte como una tonta y no pase nada. Habrá otros a los que querrás y con los que pasarás algunos años haciendo castillos en el aire. Pero te adelanto una cosa: te van a romper las ilusiones que te montaste con una simple llamada de teléfono. Aunque parezca el fin del mundo, porque será tu primera ruptura seria, saldrás adelante. Pero ¿sabes que? Vas a aprender tanto del golpe y error que eso te hará crecer y estar preparada para lo siguiente que venga. Tus padres estarán contigo para celebrar cada buena noticia y para abrazarte si las cosas no salen bien, aunque discutas con ellos un poco más de ahora en adelante, no olvides nunca todo lo que te quieren al igual que los quieres tú a ellos. Conocerás a gente que te dirá que eso del amor es efímero, que no dura para siempre, pero tú seguirás creyendo en él, porque nadie te hará perder las ganas de vivirlo. Ya sabes lo que dice El Principito: “Es una locura odiar todas las rosas sólo porque una te pinchó. Renunciar a todos tus sueños porque sólo uno de ellos no se cumplió.”.

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París, marzo 2016

Entonces será 2015, una tarde en la que hablarás de todo esto con un chico al que conocerás por pura casualidad este invierno a tus 15 años. Hasta que no cumplas los 21 no le vas a conocer en persona pero seguiréis hablando por chat, mantendréis una buena amistad en la que aunque habléis de vez en cuando, os contáis todo. Ahora mismo no sabes de quién te hablo pero ¿sabes qué? Siete años más tarde, te vas a enamorar. Así con todas sus letras. Aprenderás a querer bien y a querer libre. Vas a estar con él en una relación a distancia, sí, sí. Tú. La que te prometiste que nunca harías eso. Por algo se dice que nunca digas “de este agua no beberé”. Aprenderás a disfrutar de tu independencia y de quien eres. Aprenderás que para querer a alguien, primero tienes que quererte tú misma. Aunque tu autoestima no estuviese en su mejor momento, un año después la tendrás alta y te querrás como nadie te ha sabido querer antes. Te sentirás con ganas de comerte el mundo y con la suerte de poder compartirlo con la persona de la que te has enamorado. Conocerás su ciudad, esa que te atrapó en una semana, él conocerá los sitios donde has crecido de pequeña. Os conoceréis cada día más y mejor. Él probará tu sushi favorito y tú descubrirás a qué sabe el helado de su barrio con sabor a cielo. Descubrirás que la confianza que te transmitía durante esos años, todo lo que os habéis contado de vuestras anteriores relaciones durante ese tiempo de amistad, sin querer, o sin querer queriendo, ha hecho que hoy estéis aquí.

Vas a viajar por toda Europa, Claudia, vas a disfrutar de cada ciudad con los cinco sentidos. Saborearás los dimsum de China a los 15, llorarás de emoción aterrizando en Nueva York a los 16, descubrirás el caótico y apasionante Japón a los 19, comerás un brownie en Amsterdam a los casi 20, volarás sola por primera vez a Berlín a los 21, dormirás en la casa más bonita de Oporto también a los 21 y volverás a París a punto de cumplir los 22. De verdad, te esperan viajes apasionantes. Además, cuando acabes la carrera podrás sumergirte en una ciudad alemana durante al menos dos meses con una escapada a una isla griega paradisíaca como Corfú. Yo que tú me prepararía para todo lo que viene. Papá y mamá te seguirán llevando a un montón de sitios, y a los que vayas sin ellos, estarás deseando contarles qué tal lo has pasado, junto con todas las fotos que harás con la réflex que te regalarán por las buenas notas en la carrera.

¿Sabes qué? De ser la que sacaba cincos o seises raspados en el colegio, elegirás una carrera que te entusiasmará, de verdad, aunque estés perdida sin saber qué elegir en bachillerato, elegirás una que te hará ser casi de las mejores de la clase. Sí, sí, tú la que en el cole es siempre de las que se queda de las últimas. Porque descubrirás que cuando encuentras tu sitio, sabes disfrutarlo. Aunque te desanimarás y aburrirás un poco por el camino, trabajarás desde que termines 1º de carrera. Serás la única de tus amigos que en vez de estar en la piscina dos meses en verano, va a la oficina a trabajar ¿pero sabes qué? Aunque piensen que estás mal de la cabeza, terminarás la carrera con tres años de experiencia que te habrán permitido conocer tu profesión desde distintos puntos de vista. Pero no te conformes con eso, porque también te hará sentirte perdida sin saber dónde encajas. Trabajarás en sitios que te apasionen más, otros menos, tendrás jefes de todos los tipos y todos ellos te aportarán algo a tu desarrollo profesional. Valorarás cada consejo que te den.

Hasta que hoy a tus 22 años, cometerás una pequeña locura. Lo dejarás todo y te irás a probar suerte a otro país que no es el tuyo, donde no conoces a nadie pero conocerás de verdad y convivirás con la persona de la que te has enamorado. Descubrirás más a fondo esa ciudad que tanto te gustó el año pasado y él te presentará a la “nueva familia” que se creó para sentirse como en casa en esa ciudad que tampoco era la suya cuando llegó hace tres años.

No te asustes por todos los cambios que vas a vivir en los próximos tres o cuatro meses, no tengas miedo si no te encuentras o si piensas que cambiar de ciudad no es un camino de rosas como tú pensabas. Te lo adelanto, al igual que lo ha hecho tu mejor amiga la noche anterior: no es un camino de rosas. No va a ser fácil, pero estarás dispuesta a darlo todo por conseguir cumplir la ilusión que te creaste hace exactamente un año. Te vas a volver a descubrir a ti misma. Y lo más importante de todo, sabrás que eres capaz.

Florencia, febrero 2016

Florencia, febrero 2016

Si al final no encuentras trabajo y tienes que volver a Madrid, espero que no te hundas, ya verás como dentro de unos años tendrás una historia que contar y de la que habrás aprendido infinidad de cosas. Llegar hasta aquí no ha sido la tarea más fácil del mundo, así que podrás con esto y mucho más.

Los sueños, sueños son, pero con ganas y con pasión, los puedes hacer realidad. Y durante todo ese proceso, no te olvides nunca ser siempre digna e íntegra contigo misma.

Tú.

Cierra etapas, sigue creciendo

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Berlín, julio 2015

Cerrar una etapa es algo maravilloso. Sobre todo cuando estás orgulloso de poder hacerlo. Aún no tengo fecha definitiva, pero la semana del 25 de junio presentaré mi proyecto fin de grado y si todo va bien (que espero que sí), podré afirmar que soy graduada en Comunicación Publicitaria.

Durante estos cuatro últimos años han pasado muchas cosas, he aprendido un millón de ellas, he podido disfrutar de tres años de prácticas mientras compaginaba la carrera, lo cual ha supuesto un reto constante para poder dar lo mejor de mí misma tanto en la universidad como en el trabajo. En ambos escenarios puedo admitir que ha salido bien, de hecho, mucho mejor de lo esperado, por lo que es un honor poder haber llegado hasta aquí.

¿Por qué lo he hecho? Porque la carga de trabajo durante la carrera me lo ha permitido y no quería terminarla siendo otra graduada más. Quería terminar la carrera con experiencia en mi sector y así poder conocer a profesionales a los que admiro y a los que estoy segura volveré a encontrarme y tendré el placer de volver a compartir reuniones y propuestas. Este mundo es un pañuelo y este sector, más aún. Pero hace unos días dejé mi trabajo…

¿Y ahora qué? Con la carrera recién terminada, tres años de experiencia a mis espaldas y con 22 años recién cumplidos, creo que es el momento de intentar cometer una pequeña locura. Locura que puede salir muy bien o menos bien, pero que tendrá que salir como sea. Una vez más, esta historia comienza con un billete de avión.

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Berlín, julio 2015

Fecha: 6 de julio.

Destino: sí, por fin, ha ocurrido, lo he hecho, de nuevo. BERLÍN.

Motivo: buscar trabajo, cambiar de aires, conocer más a  fondo la ciudad, conocer otras ciudades alrededor, convivir en pareja, salir de casa por primera vez… Conocer mucho y lo más importante: conocerme. El año pasado este destino marcó un antes y un después en mí, por lo tanto quiero que lo vuelva a hacer y esta vez estoy pensando más a lo grande. Quiero seguir creciendo y esta vez hacerlo a través de esta experiencia.

¿Qué? ¿Que me voy a buscar trabajo a una ciudad alemana? Sí, aunque lo he soltado ahí como si nada, al principio de una enumeración, es una de las principales razones. Ya he dicho que es una locura y más aún ahora mismo, pero me falta experiencia internacional y creo que estoy en el momento perfecto para hacerlo.

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Berlín, julio 2015

Tengo muchísimas ganas, al igual que miedo e inseguridad de que puede que no salga bien. Me han contado que es posible que llevando quince días allí puede que me siente un día con una cerveza en medio de un parque, mire a cualquier parte, sienta vértigo y piense “¿qué he hecho? ¿seguro?” pero ahí estoy. Dispuesta a hacer todo lo posible por conseguir vivir esta experiencia fuera. No sé cuánto me durará la aventura. De momento tengo fecha de vuelta al cabo de dos meses, el 1 de septiembre. El billete tiene seguro de anulación en caso de que encuentre trabajo. Por lo tanto, oficialmente me voy dos meses. Pero si sale bien, con suerte podría quedarme seis meses o ¿un año? Quién sabe. Pero en un mes me voy a vivir una de las que estoy segura será una de las mejores experiencias de mi vida.

Esta vez la maleta que me llevo no es de fin de semana, no es para un puente, esta vez facturo y la lleno de ropa sí, pero sobre todo la lleno de un millón de ganas e ilusión. Tengo ganas de seguir aprendiendo y sobre todo de seguir creciendo.

Si no es ahora, ¿cuándo?

 

 

Ich liebe dich Berlin

¿Sabes la sensación de querer ver a alguien a quien llevas mucho tiempo sin ver? ¿O las ganas de volver a probar el plato favorito de tu madre? ¿Las ganas de volver a repetir un fin de semana entero porque lo has disfrutado de principio a fin?

Algo así me pasa con una ciudad, y mira que he conocido ciudades, París tiene un gran efecto sobre mí, es otro lugar que me ha dejado atrapada con un millón de recuerdos increíbles y a la cual podría dedicarle un post en profundidad. También lo es Nueva York, el primer destino en el que he llorado a mares al aterrizar sin poder creerme que por fin estaba allí. Podría definir París y Nueva York como dos de mis tres ciudades favoritas del mundo, pero Berlín… Mi Berlín es lo mejor que he conocido en mucho tiempo. No conozco a nadie que después de estar allí se haya vuelto como si hubiese visitado una destino más. Tiene algo, que no sé explicar, algo que sentí nada más pisarla, que me acompañó durante los 7 días que duró aquel viaje y que al despegar también hizo que se me saltaran las lágrimas cuando me tocaba volver a Madrid. Algo que hace que cuando vea fotos, vídeos, películas y series que se han rodado por la ciudad o simplemente lea artículos que me invitan a recordarla, se me ponga la piel de gallina y no pueda evitar morirme de rabia por no estar en ese preciso instante allí.

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Julio 2015

Casi un año deseando volver a perderme por sus calles durante días, por su gente, por sus paredes pintadas, por sus tuberías de color rosa y azul que pasan por encima de la carretera, por sus adoquines recordando por donde estaba levantado el muro, por sus graffitis en cualquier esquina de la ciudad, por su impoluto monumento memorial a los judíos,  por sus avenidas y estaciones innombrables, por sus bares llenos de cerveza de trigo artesana, por su mil tipos de cervezas distintas a cada cual con un sabor mejor que el anterior, por sus parques donde tirarse en la hierba al sol cuando hace buen tiempo, por pasear a la orilla del Spree viendo como se pone el sol y deja un atardecer de colores, por sus currywurst de cualquier puesto callejero, por sus pretzels tan apetecibles a cualquier hora del día, por sus mercadillos interminables llenos de sorpresas que descubrir o de cámaras antiguas que piden a gritos que te las lleves a casa, por su capital tan poco alemana y tan ciudad de todos que te acoge seas de donde seas, por su inmensa y bonita catedral que fue reconstruida antes de ayer, por sus edificios abandonados y desolados que no se molestaron en mantener y ahora guardan un extraño encanto que te hace sumergirte en su pasado a través de los rotos de sus paredes.

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Julio, 2015

Por su libertad de poder pasear mientras le das un trago a tu botellín de cerveza, por Madamme Claude, un local donde puedes entrar en una casa del revés, por un local al que quiero ir donde puedes beber vino y pagar lo que consideres que has bebido o comer en un buffet de cocina vegana cuyo precio es de tu elección porque es para proyectos solidarios, por la superpoblación de gatos que hay en sus calles y las ganas de adoptar uno de ellos para que no acabe abandonado, por sus estaciones de metro con azulejos cada una de un color y tipografía diferente, por sus mejores hamburguesas en un local que antes era un baño público debajo de un puente o un kebab en el que tienes que hacer cola durante media hora o 45 minutos si quieres probar el más famoso de la ciudad, por sus fotomatones analógicos que te hacen darte cuenta de todo lo que te daría tiempo a hacer en 5 minutos, mientras esperas ansioso a que se revele la tira de fotos que acabas de hacerte en ese pequeño cubículo con sus inesperados flashes, donde parejitas se habrán metido a inmortalizar un beso, por su Tante Emma, un bar que te transmite intimidad con sus luces bajas, velas y rosas en las mesas y sillones de raso sacados de la época victoriana…

De verdad, Berlín. Va a hacer un año desde que me enamoré de todos tus rincones a primera vista. Y mira que enamorarse es una palabra grande que no se debe soltar a la ligera, pero te la mereces. Con todas las letras. Necesito volver a verte ya.

Miedo a tener miedo

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Oporto, octubre 2015

Nadie te enseña a hacer bien las cosas que suelen ser entendidas como malas. Me explico. Nadie te enseña por ejemplo como se corta dignamente con tu pareja, no hay una buena forma de hacerlo. Lleves tres meses o lleves tres años. Nadie te enseña a equivocarte, nadie te enseña a preocuparte y sin embargo nos pasamos la vida preocupados por algo. Si nos ascenderán en el trabajo, si llegaremos a tiempo a la entrega o si habrá sitio en ese restaurante al que siempre queremos ir.

El otro día a partir del blog de Wawahug (que por cierto, ¡cumple un año dentro de un mes! Si no lo leéis ya, deberíais hacerlo) leí un post suyo que me dejó pensativa. Recordamos mejor las cosas malas que nos pasan y nos cuesta mucho pensar en las cosas buenas que nos han ocurrido.

No nos enseñan a prepararnos para cuando algo malo puede pasar. Nos dicen que hagamos esto o lo otro para que las cosas salgan bien, para que triunfes, para que te vaya fenomenal, para que seas feliz. Mientras que nadie te enseña de verdad cómo actuar si algo va mal. Mucho menos cómo actuar si la culpa de hacer algo malo es tuya y no del otro lado. Pero nos pasamos la vida con la presión de cómo actuar para que todo salga de maravilla.

Hay mil libros de autoayuda que nos enseñan cómo ser felices. Probablemente que haya libros así debería hacernos pensar que quizás pasamos más tiempo infelices y preocupados que disfrutando. Por no hablar de lo mucho que nos gusta presufrir y precabrearnos cuando aún no ha pasado eso a lo que tanto tememos. Y ojo, que en esto me voy a mojar diciendo que soy la primera en pecar de eso. Pero piensa esto un segundo. Cuando disfrutas de algo ¿alguien te ha enseñado a hacerlo? Hay mucho movimiento Carpe Diem y esa actitud positiva que nos gusta a todos, pero no nos dicen cómo aprovechar el momento ni como disfrutar. Y estoy segura de que todos sabemos disfrutar de las cosas que nos hacen felices. Al igual que lo haces tú que estás leyendo este post, que quizás haya acabado pareciéndose a esos libros de autoayuda empeñados en vendernos las mismas ideas pintadas de mil formas diferentes.

Pero a lo que voy, nadie te enseña a equivocarte, siendo probablemente cuando más aprendas. Nadie te enseña a “desquerer”, ni a marcharte bien de un sitio, ni a rechazar algo. Nadie te enseña a hacer bien las cosas que desde el punto de vista del contrario pueden ser algo negativo y que quizás a ti te supongan un alivio. Nadie te enseña a aliviarte sin que una de las dos partes salga afectada. También porque es difícil tomar una decisión y que a todo el mundo le parezca lo correcto. Y a los que les sienta mal, no se les enseña cómo aceptar algo negativo.

Corre la noticia de que un profesor de psicología ha publicado su currículum de los fracasos. Quizás deberíamos hacer un ejercicio personal al menos para nosotros mismos. Una hoja donde en vez de hablar de lo maravillosos que somos, hablemos de las cosas que hemos hecho mal y en consecuencia, lo que hemos aprendido de ellas.

Igual tenemos que aprender a querernos sabiendo que no somos perfectos y que errar es de humanos. Igual tenemos que saber que de entrada nos vamos a caer, como los niños que aprenden a andar y que con heridas siguen adelante. Me quiero por como soy, por donde he llegado y también por las cosas en las que he fallado. Porque crecer también es aprender a equivocarse. Es que se cierre una puerta y volver a abrir otra. Sin miedo.