Me cuentan desde Kenia

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Kenia, septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Me cuentan que en Kenia, más allá de los paisajes idílicos de Memorias de África, apartado del caos del centro lleno de rascacielos, vive gran parte de la felicidad. Que en los suburbios de Nairobi hay un poblado llamado Kibera que está levantado sobre un suelo de plásticos con calles llenas de barro y surcos enterrados a modo de “alcantarillado”. Me cuentan también que las casas están hechas de una tierra similar al adobe y los techos son de planchas metálicas para protegerse de las lluvias. También me dicen que las cocinas son bidones azules en una habitación vacía con poca luz sin ventilación ni agua potable.

Me cuentan que los niños están deseando ir al colegio, en clases donde los pequeños y mayores comparten mesa para aprender y hacer actividades que les haga aprender un poco más cada día. Me dicen que con recursos limitados para poder reciclar, se intenta llevar a estos suburbios esa cultura del reciclaje que tenemos en otros países. También me dicen que a los niños cuando les preguntan cómo se imaginan todo limpio, dibujan papeleras en cada esquina cuando viven prácticamente en un lugar lleno de botellas y bolsas de plástico por el suelo. Me cuentan que allí en los autobuses la gente se sienta una encima de la otra, a veces compartes sitio con un señor y su cabra, los conductores se pelean por los clientes y en ocasiones estos autobuses tienen pantallas con música a todo volumen donde la gente va bailando.

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Kibera, Kenia. Septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Pero también me cuentan una cosa, la más importante. Allí son felices. Veo fotos donde parece que están todo el día sonriendo y al comentarlo me responden que no lo parece, que lo están. Que las sonrisas son sinceras y amplias, de oreja a oreja, que los niños te ven llegar y echan la mano para que les choques los cinco. Me cuentan que juegan y corren por el patio inquietos, con ganas de divertirse durante el día entero. Aunque estén en medio de la zona más sucia y desordenada del suburbio. Me cuentan que un chico de 20 años estuvo con el fémur roto durante seis meses y que tras pelear para poder tener derecho a que le hicieran operaciones y tratamientos ahora está inmensamente feliz por poder moverse con muletas. Me cuentan que los niños saben que viven en una zona difícil y tienen la ilusión de poder ser médicos para poder curar a sus vecinos.

Me cuentan que cuando te vas de safari, puedes compartir una noche con los masáis y verles bailar alrededor del fuego con sus canciones. También me dicen que en la sabana el atardecer se llena de colores que avisan de que el sol se va a acostar para dar paso a la luna. Al igual que me cuentan que allí las estrellas son diferentes y que cuando miras al cielo no reconoces ninguna constelación.

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Fourteen Falls, Kenia. Septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Me cuentan que más allá de las campañas dramáticas que se hacen para las ONG’s existen otras que son capaces de comunicar mensajes positivos. Donde se puede sacar la alegría que llega a vivir el barrio más bajo y pobre de Nairobi y transformarlo en una canción llena de mensajes con esperanza de poder cambiar esta zona y  garantizar un mundo mejor. Me cuentan las experiencias de mi pareja que lo que está viviendo durante estas tres semanas allí de voluntario le hacen pensar y darse cuenta de lo poco que se necesita para ser feliz. Me cuenta que se bloquea y le recorre la rabia cuando ve la realidad a la que se enfrentan estas personas a diario. Procuramos hablar cada noche cuando llega a casa tras un día por Kibera o alrededores y me hace darme cuenta en la distancia de que si tengo un día malo, realmente no lo es tanto. Mientras él está allí y yo aquí, delante del ordenador mientras escribo esto, él ha preparado una actividad para hacer con los niños al día siguiente, visitará una planta de reciclaje de plástico que está en construcción o conocerá a unas mujeres que hacen bolsos a mano y quieren aprender a venderlos en la red. Y yo en ocasiones no sé muy bien como explicarle qué he hecho y porqué considero que quizás he podido tener un mal día.

Me acuesto en mi cama con ganas de verle y volver a estar en el sofá de casa mientras me cuenta todas las aventuras que ha vivido allí, en el país de los paisajes idílicos que Karen y Denys sobrevolaron en sus excursiones en avioneta.

They say that nothing good never come outa a slum.
But look what we bring out the slum for you to learn.
Artwork and handwork is the talent that we have.
The abilities we have, we strictly preserve.

[…]

One, two, three this is a smlie from the slum.
Call it Kibera city make rise from the slum.
Every morning we wake up with smile of the sun.
Look how many people make arise from the slum, (mi she).