Cierra etapas, sigue creciendo

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Berlín, julio 2015

Cerrar una etapa es algo maravilloso. Sobre todo cuando estás orgulloso de poder hacerlo. Aún no tengo fecha definitiva, pero la semana del 25 de junio presentaré mi proyecto fin de grado y si todo va bien (que espero que sí), podré afirmar que soy graduada en Comunicación Publicitaria.

Durante estos cuatro últimos años han pasado muchas cosas, he aprendido un millón de ellas, he podido disfrutar de tres años de prácticas mientras compaginaba la carrera, lo cual ha supuesto un reto constante para poder dar lo mejor de mí misma tanto en la universidad como en el trabajo. En ambos escenarios puedo admitir que ha salido bien, de hecho, mucho mejor de lo esperado, por lo que es un honor poder haber llegado hasta aquí.

¿Por qué lo he hecho? Porque la carga de trabajo durante la carrera me lo ha permitido y no quería terminarla siendo otra graduada más. Quería terminar la carrera con experiencia en mi sector y así poder conocer a profesionales a los que admiro y a los que estoy segura volveré a encontrarme y tendré el placer de volver a compartir reuniones y propuestas. Este mundo es un pañuelo y este sector, más aún. Pero hace unos días dejé mi trabajo…

¿Y ahora qué? Con la carrera recién terminada, tres años de experiencia a mis espaldas y con 22 años recién cumplidos, creo que es el momento de intentar cometer una pequeña locura. Locura que puede salir muy bien o menos bien, pero que tendrá que salir como sea. Una vez más, esta historia comienza con un billete de avión.

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Berlín, julio 2015

Fecha: 6 de julio.

Destino: sí, por fin, ha ocurrido, lo he hecho, de nuevo. BERLÍN.

Motivo: buscar trabajo, cambiar de aires, conocer más a  fondo la ciudad, conocer otras ciudades alrededor, convivir en pareja, salir de casa por primera vez… Conocer mucho y lo más importante: conocerme. El año pasado este destino marcó un antes y un después en mí, por lo tanto quiero que lo vuelva a hacer y esta vez estoy pensando más a lo grande. Quiero seguir creciendo y esta vez hacerlo a través de esta experiencia.

¿Qué? ¿Que me voy a buscar trabajo a una ciudad alemana? Sí, aunque lo he soltado ahí como si nada, al principio de una enumeración, es una de las principales razones. Ya he dicho que es una locura y más aún ahora mismo, pero me falta experiencia internacional y creo que estoy en el momento perfecto para hacerlo.

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Berlín, julio 2015

Tengo muchísimas ganas, al igual que miedo e inseguridad de que puede que no salga bien. Me han contado que es posible que llevando quince días allí puede que me siente un día con una cerveza en medio de un parque, mire a cualquier parte, sienta vértigo y piense «¿qué he hecho? ¿seguro?» pero ahí estoy. Dispuesta a hacer todo lo posible por conseguir vivir esta experiencia fuera. No sé cuánto me durará la aventura. De momento tengo fecha de vuelta al cabo de dos meses, el 1 de septiembre. El billete tiene seguro de anulación en caso de que encuentre trabajo. Por lo tanto, oficialmente me voy dos meses. Pero si sale bien, con suerte podría quedarme seis meses o ¿un año? Quién sabe. Pero en un mes me voy a vivir una de las que estoy segura será una de las mejores experiencias de mi vida.

Esta vez la maleta que me llevo no es de fin de semana, no es para un puente, esta vez facturo y la lleno de ropa sí, pero sobre todo la lleno de un millón de ganas e ilusión. Tengo ganas de seguir aprendiendo y sobre todo de seguir creciendo.

Si no es ahora, ¿cuándo?

 

 

Ich liebe dich Berlin

¿Sabes la sensación de querer ver a alguien a quien llevas mucho tiempo sin ver? ¿O las ganas de volver a probar el plato favorito de tu madre? ¿Las ganas de volver a repetir un fin de semana entero porque lo has disfrutado de principio a fin?

Algo así me pasa con una ciudad, y mira que he conocido ciudades, París tiene un gran efecto sobre mí, es otro lugar que me ha dejado atrapada con un millón de recuerdos increíbles y a la cual podría dedicarle un post en profundidad. También lo es Nueva York, el primer destino en el que he llorado a mares al aterrizar sin poder creerme que por fin estaba allí. Podría definir París y Nueva York como dos de mis tres ciudades favoritas del mundo, pero Berlín… Mi Berlín es lo mejor que he conocido en mucho tiempo. No conozco a nadie que después de estar allí se haya vuelto como si hubiese visitado una destino más. Tiene algo, que no sé explicar, algo que sentí nada más pisarla, que me acompañó durante los 7 días que duró aquel viaje y que al despegar también hizo que se me saltaran las lágrimas cuando me tocaba volver a Madrid. Algo que hace que cuando vea fotos, vídeos, películas y series que se han rodado por la ciudad o simplemente lea artículos que me invitan a recordarla, se me ponga la piel de gallina y no pueda evitar morirme de rabia por no estar en ese preciso instante allí.

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Julio 2015

Casi un año deseando volver a perderme por sus calles durante días, por su gente, por sus paredes pintadas, por sus tuberías de color rosa y azul que pasan por encima de la carretera, por sus adoquines recordando por donde estaba levantado el muro, por sus graffitis en cualquier esquina de la ciudad, por su impoluto monumento memorial a los judíos,  por sus avenidas y estaciones innombrables, por sus bares llenos de cerveza de trigo artesana, por su mil tipos de cervezas distintas a cada cual con un sabor mejor que el anterior, por sus parques donde tirarse en la hierba al sol cuando hace buen tiempo, por pasear a la orilla del Spree viendo como se pone el sol y deja un atardecer de colores, por sus currywurst de cualquier puesto callejero, por sus pretzels tan apetecibles a cualquier hora del día, por sus mercadillos interminables llenos de sorpresas que descubrir o de cámaras antiguas que piden a gritos que te las lleves a casa, por su capital tan poco alemana y tan ciudad de todos que te acoge seas de donde seas, por su inmensa y bonita catedral que fue reconstruida antes de ayer, por sus edificios abandonados y desolados que no se molestaron en mantener y ahora guardan un extraño encanto que te hace sumergirte en su pasado a través de los rotos de sus paredes.

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Julio, 2015

Por su libertad de poder pasear mientras le das un trago a tu botellín de cerveza, por Madamme Claude, un local donde puedes entrar en una casa del revés, por un local al que quiero ir donde puedes beber vino y pagar lo que consideres que has bebido o comer en un buffet de cocina vegana cuyo precio es de tu elección porque es para proyectos solidarios, por la superpoblación de gatos que hay en sus calles y las ganas de adoptar uno de ellos para que no acabe abandonado, por sus estaciones de metro con azulejos cada una de un color y tipografía diferente, por sus mejores hamburguesas en un local que antes era un baño público debajo de un puente o un kebab en el que tienes que hacer cola durante media hora o 45 minutos si quieres probar el más famoso de la ciudad, por sus fotomatones analógicos que te hacen darte cuenta de todo lo que te daría tiempo a hacer en 5 minutos, mientras esperas ansioso a que se revele la tira de fotos que acabas de hacerte en ese pequeño cubículo con sus inesperados flashes, donde parejitas se habrán metido a inmortalizar un beso, por su Tante Emma, un bar que te transmite intimidad con sus luces bajas, velas y rosas en las mesas y sillones de raso sacados de la época victoriana…

De verdad, Berlín. Va a hacer un año desde que me enamoré de todos tus rincones a primera vista. Y mira que enamorarse es una palabra grande que no se debe soltar a la ligera, pero te la mereces. Con todas las letras. Necesito volver a verte ya.

Miedo a tener miedo

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Oporto, octubre 2015

Nadie te enseña a hacer bien las cosas que suelen ser entendidas como malas. Me explico. Nadie te enseña por ejemplo como se corta dignamente con tu pareja, no hay una buena forma de hacerlo. Lleves tres meses o lleves tres años. Nadie te enseña a equivocarte, nadie te enseña a preocuparte y sin embargo nos pasamos la vida preocupados por algo. Si nos ascenderán en el trabajo, si llegaremos a tiempo a la entrega o si habrá sitio en ese restaurante al que siempre queremos ir.

El otro día a partir del blog de Wawahug (que por cierto, ¡cumple un año dentro de un mes! Si no lo leéis ya, deberíais hacerlo) leí un post suyo que me dejó pensativa. Recordamos mejor las cosas malas que nos pasan y nos cuesta mucho pensar en las cosas buenas que nos han ocurrido.

No nos enseñan a prepararnos para cuando algo malo puede pasar. Nos dicen que hagamos esto o lo otro para que las cosas salgan bien, para que triunfes, para que te vaya fenomenal, para que seas feliz. Mientras que nadie te enseña de verdad cómo actuar si algo va mal. Mucho menos cómo actuar si la culpa de hacer algo malo es tuya y no del otro lado. Pero nos pasamos la vida con la presión de cómo actuar para que todo salga de maravilla.

Hay mil libros de autoayuda que nos enseñan cómo ser felices. Probablemente que haya libros así debería hacernos pensar que quizás pasamos más tiempo infelices y preocupados que disfrutando. Por no hablar de lo mucho que nos gusta presufrir y precabrearnos cuando aún no ha pasado eso a lo que tanto tememos. Y ojo, que en esto me voy a mojar diciendo que soy la primera en pecar de eso. Pero piensa esto un segundo. Cuando disfrutas de algo ¿alguien te ha enseñado a hacerlo? Hay mucho movimiento Carpe Diem y esa actitud positiva que nos gusta a todos, pero no nos dicen cómo aprovechar el momento ni como disfrutar. Y estoy segura de que todos sabemos disfrutar de las cosas que nos hacen felices. Al igual que lo haces tú que estás leyendo este post, que quizás haya acabado pareciéndose a esos libros de autoayuda empeñados en vendernos las mismas ideas pintadas de mil formas diferentes.

Pero a lo que voy, nadie te enseña a equivocarte, siendo probablemente cuando más aprendas. Nadie te enseña a «desquerer», ni a marcharte bien de un sitio, ni a rechazar algo. Nadie te enseña a hacer bien las cosas que desde el punto de vista del contrario pueden ser algo negativo y que quizás a ti te supongan un alivio. Nadie te enseña a aliviarte sin que una de las dos partes salga afectada. También porque es difícil tomar una decisión y que a todo el mundo le parezca lo correcto. Y a los que les sienta mal, no se les enseña cómo aceptar algo negativo.

Corre la noticia de que un profesor de psicología ha publicado su currículum de los fracasos. Quizás deberíamos hacer un ejercicio personal al menos para nosotros mismos. Una hoja donde en vez de hablar de lo maravillosos que somos, hablemos de las cosas que hemos hecho mal y en consecuencia, lo que hemos aprendido de ellas.

Igual tenemos que aprender a querernos sabiendo que no somos perfectos y que errar es de humanos. Igual tenemos que saber que de entrada nos vamos a caer, como los niños que aprenden a andar y que con heridas siguen adelante. Me quiero por como soy, por donde he llegado y también por las cosas en las que he fallado. Porque crecer también es aprender a equivocarse. Es que se cierre una puerta y volver a abrir otra. Sin miedo.

De kilómetros volando

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Despegar. Una vez más. En esta ocasión rumbo al destino al que te fuiste y en el que dejamos de tener tanto contacto frecuente como al principio, cuando empezamos a hablar, hace siete años. Destino en el que tú abriste las alas. Destino al que llego con esas alas bien abiertas. Destino al que hace cosa de un año entre broma y verdad, cuando nos conocimos en persona por primera vez, dijiste que querías llevarme.

De repente, diez meses después de aquella conversación aquí estamos reencontrándonos otra vez. Nueve viajes después. Dieciséis vuelos después. A veces lo has hecho tú, otras veces yo, la mayoría de las veces ambos. Para poder vernos, en tu casa, en la mía o en la ciudad europea de turno que nos ha acogido a los dos unos días, donde hemos tenido nuestro piso temporal hasta llenar la ciudad de trocitos nuestros. Donde después de perdernos por sus calles hemos podido decir «¿Nos vamos a casa? Tenemos una botella de vino a medias, ¿una copa y a la cama?».

Recuerdo hace diez meses cuando decías «me encanta verte disfrutar cuando pruebas una cerveza nueva. Ese instante después de que brindemos, siempre a los ojos, en el que los cierras para que el sabor se cuele en ti. Luego parpadeas, me vuelves a mirar y se te escapa una sonrisa.»

Dos meses después de aquella conversación, durante una visita por casualidad, apostamos. Con vuelos para volver a vernos ya reservados antes de que volvieras a casa, a 2.320kms de la mía. Y volvimos a comprar otro vuelo. Y otro. Nos empezamos a acostumbrar a la emoción acumulada de volver a vernos, a los nudos de garganta que ahogan en las despedidas de aeropuerto. Habíamos apostado, todo. Con las partes bonitas que todo el mundo quiere vivir, con las difíciles que no imposibles. Con las ganas. De seguir volando. Despegando. Y sin despegar, simplemente en la sencillez de volver a pedir una nueva cerveza, que nos quedan muchas por probar.

Mi primavera

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Foto original de SallyFoto

«Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos»

Dicen que cuando te enamores, te enamores de alguien por sus raíces, no por sus flores, que las flores se marchitan en invierno, mientras que las raíces están ahí durante todo el año. Enamorarse de las flores es fácil, eso lo puede hacer cualquiera. Hazlo de las raíces, de la persona por completo.

Enamórate de alguien con todas sus cosas buenas y las menos buenas, con sus manías, ideas en las que no siempre tienes por qué coincidir y costumbres. Enamórate de alguien diferente, que te complemente, que tenga cosas en las que no piense como tú y que te haga enriquecerte al conocer otros puntos de vista, que te haga plantearte cosas que no habías pensado antes, que te inquiete, que te intrigue, con quien siempre tengas algo nuevo que descubrir, que te sorprenda. Alguien de la que aprender, con la que crecer. En todos los sentidos. Con todos los sentidos. Con quien cuidar las raíces y con quien florecer.

Sé que no descubro la pólvora al decir que si te enamoras, no es algo que puedas controlar. Cuando lo estás, te das cuenta. Se lo dirás, aunque no hiciese falta. Sonreirás y en un beso tendrás la respuesta. Se verá en los ojos, en como miras tú, en como te miran los suyos. Serán detalles, como el que te deje comerte la última cucharada del postre. Que te apriete la mano para avisarte de que hay que cruzar el semáforo. De cómo te pregunta qué tal tu día, o como te besa la espalda sin pedirlo, como dibuja constelaciones en ella. Lo sentirás tan fuerte, como cuando es casiprimavera, aún hace frío y empiezas a ver todos los cerezos en flor. Explotando con su color rosa en medio de un día gris, o de esos días invernales en los que el sol vuelve a asomar. Sol de marzo que por suave que parezca, si te despistas acaba quemando, pero sin doler. Días que te arrancan sonrisas nada más amanecer y que te hacen mantenerla al apagar la luz de la mesilla de noche.

Entonces te preguntas si esto lo habías sentido antes, porque no recuerdas haberte sentido así, no tiene ni punto de comparación con otros sentimientos que hayas podido vivir en ocasiones anteriores.

Es una palabra que a veces se puede quedar grande. Que no debe tomarse a la ligera, así que cuida tus palabras. Hasta que llegue el día en que podrás decir sin miedo: Sí. Me enamoré. De sus raíces, de como es esa persona por completo. A quien miras y piensas «es ella» o «es él». Ahora, la ilusión está en seguir haciéndolo día a día. Despertar todos los días con la alegría de seguir viendo ese sentimiento brotar. Llenándote por completo.

Sopa de letras

55d660829a6bb0dde3f317f4c70c5104A mi lado un señor mayor se entretiene haciendo sopas de letras. Buscando palabras. Como si a veces fuera tan fácil expresarse. No te lo voy a preguntar, pero sé que te has visto en la situación de estar pensando en adjetivos para describir algo que sientes, durante un tiempo, y a veces éstos no son suficientes, o no son los correctos, o no dicen todo lo que tenías en mente.

Porque hay cosas que simplemente no puedes explicar. Y eso que hay palabras en el diccionario. Y en cada nueva edición se siguen añadiendo más. Pero simplemente no. Esas no te valen. Ni a ti, ni a mí. Aunque busquemos sinónimos, en ocasiones nos quedamos cortos y jugamos a inventar palabras que tendrán nuestro significado.

Un niño italiano acaba de inventar la palabra «petaloso» para referirse a una flor llena de pétalos y si se propaga su uso la incluirán en el diccionario. Disfrutemos nosotros también de nuestra lengua.


Mientras tanto, una pareja en otro lugar…

– Oye, ven. Vamos a hacer un trato. Calla y besa. Si no te queda claro, te lo vuelvo a repetir, pero no digas nada, luego te lo explico. Si necesitas palabras, ya veremos como lo hacemos, pero ya verás como sobran, me apuesto lo que quieras. Pero ven, de verdad. Tenemos que hablar. Eso sí, no vas a oír ni una sola palabra. Mírame, muy muy cerca.

[…]

– ¿Lo entiendes ahora? ¿O necesitas que lo repita?

Le posó su dedo en los labios. Después lo quitó y acto seguido siguió con su boca. Estaba todo dicho. Hablaban la misma lengua.


El señor acabó de redondear palabras en su sopa de letras. Siguiente página. Otras dos sopas de letras más. Al final del cuadernillo vienen las soluciones, pero éste no ha querido comprobar si las ha encontrado todas. Para él, ese pasatiempo ya está completo.

 

Teoría del color

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«La teoría del color es un grupo de reglas básicas en la mezcla de colores para conseguir el efecto deseado combinando colores de luz o pigmento. La luz blanca se puede producir combinando los colores luces: cian, magenta, amarillo; y mientras que combinando los pigmentos: rojo, verde y azul se produce el color negro.»

Llevaba ropa interior siempre negra. Lo que sólo él sabía es que por dentro estaba siempre llena de color. Y a él le gustaba mezclarse con ella en una composición de tonalidades que sólo ellos entendían. De colores vivos, muy vivos. Como lo estaban por dentro. Explotaban con intensidad. Brillando. Cada vez más. Aunque fuera de noche y una única luz blanca los iluminara, en esa habitación ardieron los colores, hasta llegar al negro. Una noche. Y otra. Y otra… Consiguiendo el efecto deseado del que hablan las teorías, aunque tuvieran la suya propia.

Entre nubes está el recuerdo

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Dicen que los recuerdos que tienes se graban mejor cuando realizas viajes. Momentos, personas, lugares, curiosidades, sabores de una ciudad que hacen que el tiempo que pases en ella sea inolvidable. Estoy segura de que al decir esta frase has elegido el destino de un viaje que hiciste. Esa es la prueba de que lo que vives en un viaje merece ser recordado siempre. Cada vez que despegas, cuando vuelas de vuelta a casa y aterrizas, tu maleta incluye un montón de vivencias que te pertenecen a ti y a la ciudad escogida para vivirlo. Quizás sientas esos nervios llenos de emoción. Que la tripa te haga cosquilleos mientras estás en el avión. Que tengas ganas de vivir más de eso. Que de estos momentos es de lo que está hecha tu vida.

Por eso, para recordar, viaja. Saborea cada plato nuevo. Huélelo todo, desde el café del desayuno, el de especias de tu comida, el del vino nuevo que pruebas, hasta las sábanas limpias cuando te acuestas. Han descubierto que a los enfermos de alzheimer les ayudan a recordar haciéndoles oler esencias de cosas que hayan respirado antes. La música también ayuda a recordar y ha sido usada en estos pacientes. Si puedes escuchar algo especial cuando tengas un ratito sólo para ti durante ese viaje, te invito a hacerlo. Dedícatelo. Porque valdrá la pena que se quede contigo. No sé tú, pero yo tengo recuerdos que quizá habrían pasado desapercibidos si no fuera porque recuerdo la canción que sonaba en ese momento.

Abre los ojos y deja tu corazón dispuesto a sentir, que los cinco sentidos harán que se te quede grabado para siempre.

Usa protector solar

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de SallyFoto

Me enseña mi padre el mensaje de este hit y la verdad es que a mis casi 22 años no podía haber elegido mejor momento para hacerlo.

 

Señores y señoras usen protector solar.

Si pudiera ofrecerles sólo un consejo para el futuro, sería éste: Usen protector solar.

Los científicos han comprobado sus beneficios a largo plazo mientras que los consejos que les voy a dar, no tienen ninguna base fiable y se basan únicamente en mi propia experiencia. He aquí mis consejos:

Disfruta de la fuerza y belleza de tu juventud.

No me hagas caso. Nunca entenderás la fuerza y belleza de tu juventud hasta que no se haya marchitado.

Pero créeme, dentro de veinte años, cuando en fotos te veas a ti mismo comprenderás, de una forma que no puedes comprender ahora, cuántas posibilidades tenías ante ti y lo guapo que eras en realidad.

No estás tan gordo como imaginas.

No te preocupes por el futuro. O preocúpate sabiendo que preocuparse es tan efectivo como tratar de resolver una ecuación de álgebra masticando chicle.

Lo que sí es cierto es que los problemas que realmente tienen importancia en la vida son aquellos que nunca pasaron por tu mente, de ésos que te sorprenden a las 4 de la tarde de un martes cualquiera.

Todos los días haz algo a lo que temas. Canta.

No juegues con los sentimientos de los demás. No toleres que la gente juegue con los tuyos.

Relájate. No pierdas el tiempo sintiendo celos. A veces se gana y a veces se pierde.

La competencia es larga y, al final, sólo compites contra ti mismo.

Recuerda los elogios que recibas. Olvida los insultos (pero si consigues hacerlo, dime cómo hacerlo).

Guarda tus cartas de amor. Tira las cartas del banco. Estírate. No te sientas culpable si no sabes muy bien qué quieres de la vida.

Las personas más interesantes que he conocido no sabían qué hacer con su vida cuando tenían 22 años. Es más, algunas de las personas que conozco tampoco lo sabían a los 40.

Toma mucho calcio. Cuida tus rodillas sentirás la falta que te hacen cuando te fallen.

Quizá te cases, quizá no. Quizá tengas hijos, quizá no. Quizá te divorcies a los 40, quizá no.

Quizá bailes el vals en tu 75 aniversario de bodas. Hagas lo que hagas no te enorgullezcas ni te critiques demasiado. Optarás por una cosa u otra, como todos los demás.

Disfruta de tu cuerpo. Aprovéchalo de todas las formas que puedas.

No tengas miedo ni te preocupes por lo que piensen los demás porque es el mejor instrumento que jamás tendrás.

Baila, aunque tengas que hacerlo en el salón de tu casa.

Lee las instrucciones aunque no las sigas. No leas revistas de belleza pues para lo único que sirven es para hacerte sentir feo.

Aprende a entender a tus padres. Será tarde cuando ellos ya no estén.

Llévate bien con tus hermanos. Son el mejor vínculo con tu pasado y, probablemente, serán los que te acompañen en el futuro.

Entiende que los amigos vienen y se van pero hay un puñado de ellos que debes conservar con mucho cariño.

Esfuérzate por no desvincularte de algunos lugares y costumbres porque, cuando pase el tiempo, más los necesitarás.

Vive en Nueva York alguna vez pero múdate antes de que te endurezcas.

Vive en Los Ángeles alguna vez pero múdate antes de que te ablandes.

Viaja. Acepta algunas verdades ineludibles: los precios siempre subirán, los políticos siempre mentirán y tú también envejecerás.

Y, cuando seas viejo, añorarás los tiempos en que eras joven: los precios eran razonables, los políticos eran honestos y los niños respetaban a los mayores.

Respeta a los mayores. No esperes que nadie te mantenga pues tal vez recibas una herencia o, tal vez te cases con alguien rico pero, nunca sabrás cuánto durará.

No te hagas demasiadas cosas en el pelo porque cuando tengas 40 años parecerá el de alguien de 85.

Sé cauto con los consejos que recibes y ten paciencia con quienes te los dan. Los consejos son una forma de nostalgia.

Dar consejos es una forma de sacar el pasado del cubo de la basura, limpiarlo, ocultar las partes feas y reciclarlo dándole más valor del que tiene.

Pero hazme caso en lo del protector solar.

 

Vaho

cead4b79bd22549cceca98e88d1f8999Esa noche discutieron. Le pilló con la mirada perdida y con los latidos buscando retumbar en todos los rincones de su pecho. Sin haberlo afirmado, inconscientemente sabía que sentía esa palabra a la que muchos temen y no saben como reaccionar cuando llega. Sus dedos dibujaban formas aleatorias en el cristal del coche.

Y entonces dibujó un corazón en el vaho.

-¿Qué haces?
– Nada… Pensar. ¿Porqué lo dices?
– Tu dedo, ese dibujo, lo que significa.
– ¿Y para ti qué es? ¿Qué quieres?
– Más.
– ¿Quién va a ser el que se atreva a decirlo? ¿Quién se la juega abriendo la boca con temor a abrirla demasiado?

Entre trazo y trazo la palabra «más» fue cobrando sentido. Sin saber a dónde iban a ir, tiempo después, se encontraron en el mismo coche, en el mismo vaho, dibujando los mismos dibujos.

Sintiendo. Más.