Mamá

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Llevaba varias semanas dándole vueltas a este post, porque en los últimos meses he vivido muchos cambios y mi madre ha seguido demostrando que es maravillosa. Siempre que veo campañas emocionales sobre madres e hijas se me pone un nudo en la garganta enorme y cuando las veo con mi madre acabamos llorando las dos a mares. Desde entonces he pensado que somos el target perfecto y que deberíamos participar en algún anuncio de ese estilo pero aún no hemos tenido oportunidad. Por eso hoy quiero aprovechar para decir que mi madre me ha demostrado tanto que no sé si voy a ser capaz de transmitir aquí lo importante que es para mí.

Mi madre es una mujer que cuando hablo de ella, me hace sentirme increíblemente afortunada de tenerla a mi lado. Siempre se me pone una sonrisa cuando lo hago y cuando empiezo a hablar de ella siempre digo que más que una madre, es una amiga. Es alguien que siempre está ahí, en casa cuando necesito hablar, al otro lado de la pantalla, a la hora que sea, a los kilómetros que sean cuando no estoy en casa. Es con quien tengo confianza plena y absoluta y en la que sé que siempre podré confiar. Es alguien que nunca se duerme sin tener su beso de buenas noches, aunque últimamente hayan tenido que ser más emojis de los que me gustaría por no poder estar a su lado cuando me acuesto. Pero no he fallado ni un solo día desde que me he ido para mandarle un mensaje de buenas noches. Es quien me ha abrazado en los mejores momentos y en los peores, con quien más he llorado de alegría o de tristeza (afortunadamente más veces de alegría y emoción), con quien más me ha dolido discutir y pelearme cuando ha tocado. Porque ella es la que más se emocionó cuando al terminar el Proyecto Fin de Grado me dijeron “Enhorabuena Claudia has terminado la carrera” y las dos rompimos a llorar abrazadas para celebrarlo. Porque también es con quien más he vuelto a llorar cuando nos hemos reconciliado tras duras discusiones.

Es quien me hace preguntarme muchas veces si seré capaz de ser tan buena madre como lo es ella conmigo. Y cuando lo hablo con mi pareja, me digo que no, que ella lo hace tan bien que yo creo que no sabría por dónde empezar para estar a su altura. Porque la relación que hemos construido durante años es tan firme, que es una de las cosas por las que más la admiro. Entonces me emociono y pienso, “ojalá me hubiese podido escuchar decir esto, me acaba de salir del corazón”. Por eso he venido aquí a escribirlo. Es a quien pregunto “¿cómo lo haces? Yo también quiero llevarme igual de bien con mis hijos como me llevo yo contigo” y me responde que yo se lo puse fácil. Muchos conocidos me han dicho “¿cómo le cuentas esas cosas a tu madre? o ¡eso no se lo puedes contar a una madre!” y siempre respondo “Ella es más que una madre, se lo cuento al igual que se lo contaría a una amiga”. Con todo lo bueno y con todo lo menos bueno. Es por ella por quien tengo ahora un nudo en la garganta al estar escribiendo esto. Porque las dos somos las únicas personas que entendemos la relación que tenemos. Porque es la persona que más se alegra cuando ve que estoy creciendo y soy feliz, pero también la que más triste se pone cuando echa de menos que ya no sea la niña que se ponía sus zapatos de tacón para andar por el pasillo. A la que más le duele que me equivoque o esté triste por algo que no me ha salido como esperaba.

Es la que más me corrige y me enseña a hacer las cosas bien, la más exigente y por lo tanto la que más tranquilidad me transmite cuando tengo su visto bueno. La que me hace cuestionarme las cosas más veces cuando no la noto a ella convencida. Por ella es por quien soñaba con una casa inmensa en la que vivir feliz con la familia que hubiese creado con mi pareja y con ella en otro piso, para estar juntas pero no revueltas. Pero también por la que me he dado cuenta de que realmente puedo ser feliz aunque ella no esté cerca y tengamos que vivir en ciudades diferentes. Su amor es tan inmenso que lo puedo notar aún estando a kilómetros, razón por la cual estoy contenta de poder salir del nido y poder acostumbrarme a no estar bajo el mismo techo. Aunque me muera de ganas de verla, abrazarla y no se lo diga muchas veces. Es la primera persona a la que recurro cuando tengo que contarle algo, sea positivo o negativo. Con la que más me enfado cuando me dice algo que no me gusta, pero a la que luego acabo dando la razón, “porque mamá siempre tiene razón”. Es de la que me acuerdo ahora que estoy soltándome un poco en la cocina, porque ella cocina tan rico que siempre pienso  lo bien que huele la casa y lo que disfruta haciendo comidas exóticas que no sé si llegaré algún día a preparar.

Es de la que más me acuerdo ahora que he empezado a independizarme, porque estando sola en casa me sorprendo un montón de veces pensando “jolín, cómo me parezco a mi madre”, “esta frase que acabo de decir lo diría ella”. Por la que más “presufro” cuando sé que nos tenemos que despedir y que no nos vamos a ver en unos meses. Mi madre es la persona que más y mejor me ha sabido cuidar durante toda la vida, quien más se ha preocupado por mí, quien se ha quedado despierta sin poder dormir cuando he salido de noche. Porque ahora que estoy fuera cuando tengo un mínimo dolor de algo y me tengo que curar sola, me acuerdo de ella y voy al chat para preguntarle y asegurarme de que en realidad no es nada, porque estando en casa la sensación siempre ha sido “si está mi madre cerca, seguro que se cura antes”. Es de quien me acuerdo cuando estoy fuera y veo algún lugar que sé que le gustaría ver o cuando como un plato nuevo y sé que se moriría de ganas de probarlo.

No sé si existe la madre perfecta pero la mía debe parecerse a ella. Mi madre y la relación que tenemos de amor incondicional es de las cosas que más orgullosa me hacen sentirme. Porque cuando llegue el momento en el que me toque estar en su lugar, solo espero ser capaz de hacerlo al menos la mitad de bien que lo hace ella.

Te quiero mamá.

 

 

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Me cuentan desde Kenia

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Kenia, septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Me cuentan que en Kenia, más allá de los paisajes idílicos de Memorias de África, apartado del caos del centro lleno de rascacielos, vive gran parte de la felicidad. Que en los suburbios de Nairobi hay un poblado llamado Kibera que está levantado sobre un suelo de plásticos con calles llenas de barro y surcos enterrados a modo de “alcantarillado”. Me cuentan también que las casas están hechas de una tierra similar al adobe y los techos son de planchas metálicas para protegerse de las lluvias. También me dicen que las cocinas son bidones azules en una habitación vacía con poca luz sin ventilación ni agua potable.

Me cuentan que los niños están deseando ir al colegio, en clases donde los pequeños y mayores comparten mesa para aprender y hacer actividades que les haga aprender un poco más cada día. Me dicen que con recursos limitados para poder reciclar, se intenta llevar a estos suburbios esa cultura del reciclaje que tenemos en otros países. También me dicen que a los niños cuando les preguntan cómo se imaginan todo limpio, dibujan papeleras en cada esquina cuando viven prácticamente en un lugar lleno de botellas y bolsas de plástico por el suelo. Me cuentan que allí en los autobuses la gente se sienta una encima de la otra, a veces compartes sitio con un señor y su cabra, los conductores se pelean por los clientes y en ocasiones estos autobuses tienen pantallas con música a todo volumen donde la gente va bailando.

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Kibera, Kenia. Septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Pero también me cuentan una cosa, la más importante. Allí son felices. Veo fotos donde parece que están todo el día sonriendo y al comentarlo me responden que no lo parece, que lo están. Que las sonrisas son sinceras y amplias, de oreja a oreja, que los niños te ven llegar y echan la mano para que les choques los cinco. Me cuentan que juegan y corren por el patio inquietos, con ganas de divertirse durante el día entero. Aunque estén en medio de la zona más sucia y desordenada del suburbio. Me cuentan que un chico de 20 años estuvo con el fémur roto durante seis meses y que tras pelear para poder tener derecho a que le hicieran operaciones y tratamientos ahora está inmensamente feliz por poder moverse con muletas. Me cuentan que los niños saben que viven en una zona difícil y tienen la ilusión de poder ser médicos para poder curar a sus vecinos.

Me cuentan que cuando te vas de safari, puedes compartir una noche con los masáis y verles bailar alrededor del fuego con sus canciones. También me dicen que en la sabana el atardecer se llena de colores que avisan de que el sol se va a acostar para dar paso a la luna. Al igual que me cuentan que allí las estrellas son diferentes y que cuando miras al cielo no reconoces ninguna constelación.

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Fourteen Falls, Kenia. Septiembre 2016. Foto recién llegada desde allí.

Me cuentan que más allá de las campañas dramáticas que se hacen para las ONG’s existen otras que son capaces de comunicar mensajes positivos. Donde se puede sacar la alegría que llega a vivir el barrio más bajo y pobre de Nairobi y transformarlo en una canción llena de mensajes con esperanza de poder cambiar esta zona y  garantizar un mundo mejor. Me cuentan las experiencias de mi pareja que lo que está viviendo durante estas tres semanas allí de voluntario le hacen pensar y darse cuenta de lo poco que se necesita para ser feliz. Me cuenta que se bloquea y le recorre la rabia cuando ve la realidad a la que se enfrentan estas personas a diario. Procuramos hablar cada noche cuando llega a casa tras un día por Kibera o alrededores y me hace darme cuenta en la distancia de que si tengo un día malo, realmente no lo es tanto. Mientras él está allí y yo aquí, delante del ordenador mientras escribo esto, él ha preparado una actividad para hacer con los niños al día siguiente, visitará una planta de reciclaje de plástico que está en construcción o conocerá a unas mujeres que hacen bolsos a mano y quieren aprender a venderlos en la red. Y yo en ocasiones no sé muy bien como explicarle qué he hecho y porqué considero que quizás he podido tener un mal día.

Me acuesto en mi cama con ganas de verle y volver a estar en el sofá de casa mientras me cuenta todas las aventuras que ha vivido allí, en el país de los paisajes idílicos que Karen y Denys sobrevolaron en sus excursiones en avioneta.

They say that nothing good never come outa a slum.
But look what we bring out the slum for you to learn.
Artwork and handwork is the talent that we have.
The abilities we have, we strictly preserve.

[…]

One, two, three this is a smlie from the slum.
Call it Kibera city make rise from the slum.
Every morning we wake up with smile of the sun.
Look how many people make arise from the slum, (mi she).

 

Infinitivos en color azul

Ermones, Corfú, agosto 2016

Ermones, Corfú, agosto 2016

Despegar entre nubes y ver que debajo de ese día nublado dejamos Berlín durante unos días. Pero pocos, que la ciudad “arm, aber sexy” nos espera a la vuelta. Salir del avión y sentir de sopetón ese aire caliente en la cara que sorprende cuando llevas un mes a temperaturas suaves y noches frescas.

Llegar al hotel, en la costa de Ermones, una cala preciosa de la isla de Corfú, con varios hoteles alrededor, una zona tranquila y acogedora en medio de la nada. Alrededor lo único que hay son montañas y acantilados llenos de olivos. Aguas turquesas, cristalinas de temperaturas agradables y poco usuales para una gallega acostumbrada a que con mojar el pie en el frío mar de las rías altas, con sus 22ºC de temperatura máxima en el agua los días de mucho calor, el frío te recorre el cuerpo y no necesitas bañarte más para refrescarte. Poder entrar al mar en muy pocos minutos y volver a la toalla a coger color con una piña colada que se derrite si no te la bebes rápido.

Comer acogidos por la música griega que suena en directo y sus bailes regionales que parecen la mar de tontorrones. Durante los cuatro siguientes días, alimentarnos de tzatziki, taramosalata, saganaki, ensalada griega, queso feta en todas sus variantes, musaka, berenjenas fritas, dolmades, pulpo, gambones… Descubrir que la gastronomía griega es una mezcla entre la italiana y turca con muchos aires mediterráneos.

Explorar el centro de la ciudad durante un día de sol abrasador, perderse por las callecitas desgastadas con ropa colgada en los tendederos a la vista, estrechas a la sombra que protegen del sol, llenas de tiendas con souvenirs, tiendas de sandalias hechas a mano, piezas de madera de olivo, joyerías llenas de pulseras y brazaletes de plata y oro con adornos de ojitos azules de la suerte, con corales y piedras azul turquesa, de vestidos blancos de encaje o helénicos con bordados en dorado y plata. Comer a la sombra en los soportales de la calle más conocida, entre el bullicio de las cigarras, de la gente, de los turistas en masa que vienen de cruceros que atracan en el puerto.

Cenar una noche con tormenta de verano, con vistas al mar que cuando cae el sol se llena todo de plena oscuridad. Disfrutar de las gotas de agua que no enfrían pero sí calientan. Ver caer los rayos iluminando el mar, los contraluces en los peñones y acantilados de roca. Oír el mar alterarse y los barcos moverse reflejados por la luna como única fuente de luz en la noche.

Amanecer entre besos y sonrisas que no cesan durante el día, en el mar, en la piscina, en las siestas, en los atardeceres, en los saltos por ver el último rayo de sol antes de que se esconda, en las cenas con mesas escondidas para dos, en las cervezas griegas que brindamos a los ojos, en la habitación que nos regala las mejores vistas al mar, en los vinos griegos, en las copas, en las buenas noches y en los buenos días.

Infinitivos que se transformaron en gerundios y que volverán a repetirse en otros lugares para no quedarse en pasados.

 

De días remolones

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Tiergarten – Berlin 2016

El pasado domingo me desperté en Berlín, como lo llevo haciendo durante las últimas dos semanas. El cielo estaba cubierto de nubes y después de remolonear, ya era tarde, por lo que el plan perfecto era irse de brunch. Al salir de casa vestida de verano me paré en seco al notar la lluvia. No llevaba paraguas y quizá pasaría frío, así que me di la vuelta, me cambié los pantalones rosa por los vaqueros y las bailarinas de ante por los botines de cordones. Paraguas en mano y de vuelta a la calle.

El semáforo que cruzo todos los días para ir al metro se puso en rojo para peatones justo cuando tocaba cruzar. Esperando bajo la lluvia, en un día gris, de aspecto triste, lo único que apetecía era llegar en cuanto antes al metro. Sin embargo, en ese paso de cebra me encontré una rosa roja tirada en el asfalto. Daban ganas de cruzar aunque estuviera en rojo para recogerla. Era la nota de color perfecta para un día oscuro. De pronto, mientras observaba la flor, pasó un coche. En ese instante me dio tiempo a pensar entristecida, “ay, se va a llevar la flor por delante”. En efecto, se la llevó, pero de pronto todos los pétalos quedaron esparcidos por la carretera siguiendo el sentido del coche. El momento duró unos instantes pero la imagen en mi cabeza pasó a cámara lenta. Poesía visual. Se abrió el semáforo y me tocó cruzar. Con cuidado de no pisar la flor.

No sé cuánto duran los pasos de cebra en el resto de Alemania, en Berlín muchos de ellos se suelen poner en rojo nada más abrirse, dejándote en el medio y terminando por hacerte correr para llegar al otro lado. Los que se conocen bien la ciudad suelen adelantarse al semáforo y empezar a cruzar un poco antes de que esté verde para peatones, de ese modo no te quedas en medio cuando vuelve a cambiar de color. Yo aún no me atrevo del todo a cruzar antes de tiempo pero empiezo a copiar las costumbres de los demás berlineses. Donde fueres haz lo que vieres.

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Oranium Corner – Berlín 2016

Llegamos al brunch, un restaurante precioso con sillones de cuero granate y madera, rosas en cada mesa, con ventanales, lámparas que parecen ramas de árbol entrelazadas, paredes pintadas con flores… Un sitio bonito para tomar un brunch en el barrio judío. Tras un plato lleno de quesos y otro con salmón y mostaza dulce nos fuimos a la calle.

Al salir de allí seguía lloviendo pero esta vez no abrí el paraguas. Dejé que la fina lluvia me empapara la cara mientras hacía fotos a las paredes de las fachadas llenas de pintadas, pensé sobre una reflexión que leí hace poco que hablaba de lo dadaísta que era todo el arte urbano, nos perdimos por los patios interiores llenos de cafés y heladerías y de vuelta a casa, era domingo remolón, de esos de peli y manta en los que disfrutar de los detalles…

¿Sabéis qué? En las paradas de metro berlinesas grandes suele haber siempre una floristería. Y me he dado cuenta de que eso hace los días grises menos grises. Al parecer, por aquí es muy común tener flores en casa, así que yo ya he regalado mi primera rosa roja por sorpresa. Y aunque esto ya no será sorpresa: no será la última que compre.

P.D: Esta semana dicen que hará buen tiempo. Aquí no hay playa, pero el mismo plan se suele trasladar a los lagos de los bosques y resulta bonito y especial poder bañarse en medio de un espacio lleno de árboles en plena naturaleza. Así que, aplicando una frase que me han dicho por aquí “lo bueno del verano en Alemania es cuando cae en fin de semana”.

Querida yo misma a los 15 años

Esta es la carta que me habría gustado leer hace ocho años, cuando estaba en el colegio sin tener ni idea de qué iba a pasar después. Ahora mismo no sé qué va a pasar en los próximos tres meses. Ojalá pudiese ver tan solo unos instantes donde voy a estar para entonces, o pudiese leer una carta como esta escrita con mis 28. Empecemos el flashback y fastfoward:

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Bolonia, febrero 2016

Hola Claudia, soy tú misma con algunos añitos más de los que tienes ahora. Te escribo simplemente para decirte que estés tranquila y que todo va a salir bien. Lo que ahora te parece un mundo, no lo es y lo que hoy te preocupa, mañana no existe.

Hoy estás terminando 3º de la ESO, peleándote en el peor curso que has pasado. Aunque las matemáticas siempre te han costado, después de las de este año, ya no vas a tener que volver a pelearte tanto con ellas. En 4º podrás hacer la rama de letras donde dicen que son más sencillas y verás como siendo la recta final de esta asignatura, las sacarás con más ganas. Luego llegarás a bachillerato donde podrás hacer la rama de ciencias sociales, pero como la primera clase de matemáticas será con el mismo profesor que tan mal te las ha explicado durante 3º, harás la rama de humanidades y te olvidarás de ellas.

Aprenderás sobre historia, que aunque te resultará difícil memorizarla y entenderla, en unos años repasarás algunos capítulos de ella. Viajarás a Berlín y entenderás mejor la 2ª Guerra Mundial, verás el muro que se levantó durante la Guerra Fría y al pasear por la Topografía del Terror o por el Museo Judío, todas las fechas y nombres que aparecen en tus apuntes cobrarán sentido. También estudiarás filosofía y te amueblará la cabeza, haciéndote reflexionar sobre cómo somos y qué nos lleva a estar hoy aquí, de dónde venimos, cómo se debe organizar la sociedad o qué sistema económico es mejor. Esto último también puede liarte al principio, pero cuando veas el panorama político de 2016, las ideas de los filósofos más capitalistas o los más comunistas encajarán en los programas a los que echarás un vistazo cuando estés confusa sin saber a quién votar. Porque sí, te vas a confundir o más bien, te van a confundir. Sobre todo en tus primeras votaciones autonómicas, o las segundas. Te adelanto que votes lo que votes ese 20 de diciembre, se repetirán ocho meses después. Pero aunque te confundas, no dejes de ejercer tu voto, es un derecho que ha costado muchos años que puedas conseguir.

En estos años vas a conocer a mucha gente. Tendrás amigos que aunque se distancien, te darás cuenta que si los necesitas siempre están ahí. Al igual que con 15 años tienes personas que piensas que van a estar en cualquier momento, a los 22 verás que te dieron la espalda en cuanto te caíste. Te pasará con 15, con 17 o teniendo 20 (y seguramente después de esa edad también). Por no hablar de chicos por los que podrás pillarte como una tonta y no pase nada. Habrá otros a los que querrás y con los que pasarás algunos años haciendo castillos en el aire. Pero te adelanto una cosa: te van a romper las ilusiones que te montaste con una simple llamada de teléfono. Aunque parezca el fin del mundo, porque será tu primera ruptura seria, saldrás adelante. Pero ¿sabes que? Vas a aprender tanto del golpe y error que eso te hará crecer y estar preparada para lo siguiente que venga. Tus padres estarán contigo para celebrar cada buena noticia y para abrazarte si las cosas no salen bien, aunque discutas con ellos un poco más de ahora en adelante, no olvides nunca todo lo que te quieren al igual que los quieres tú a ellos. Conocerás a gente que te dirá que eso del amor es efímero, que no dura para siempre, pero tú seguirás creyendo en él, porque nadie te hará perder las ganas de vivirlo. Ya sabes lo que dice El Principito: “Es una locura odiar todas las rosas sólo porque una te pinchó. Renunciar a todos tus sueños porque sólo uno de ellos no se cumplió.”.

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París, marzo 2016

Entonces será 2015, una tarde en la que hablarás de todo esto con un chico al que conocerás por pura casualidad este invierno a tus 15 años. Hasta que no cumplas los 21 no le vas a conocer en persona pero seguiréis hablando por chat, mantendréis una buena amistad en la que aunque habléis de vez en cuando, os contáis todo. Ahora mismo no sabes de quién te hablo pero ¿sabes qué? Siete años más tarde, te vas a enamorar. Así con todas sus letras. Aprenderás a querer bien y a querer libre. Vas a estar con él en una relación a distancia, sí, sí. Tú. La que te prometiste que nunca harías eso. Por algo se dice que nunca digas “de este agua no beberé”. Aprenderás a disfrutar de tu independencia y de quien eres. Aprenderás que para querer a alguien, primero tienes que quererte tú misma. Aunque tu autoestima no estuviese en su mejor momento, un año después la tendrás alta y te querrás como nadie te ha sabido querer antes. Te sentirás con ganas de comerte el mundo y con la suerte de poder compartirlo con la persona de la que te has enamorado. Conocerás su ciudad, esa que te atrapó en una semana, él conocerá los sitios donde has crecido de pequeña. Os conoceréis cada día más y mejor. Él probará tu sushi favorito y tú descubrirás a qué sabe el helado de su barrio con sabor a cielo. Descubrirás que la confianza que te transmitía durante esos años, todo lo que os habéis contado de vuestras anteriores relaciones durante ese tiempo de amistad, sin querer, o sin querer queriendo, ha hecho que hoy estéis aquí.

Vas a viajar por toda Europa, Claudia, vas a disfrutar de cada ciudad con los cinco sentidos. Saborearás los dimsum de China a los 15, llorarás de emoción aterrizando en Nueva York a los 16, descubrirás el caótico y apasionante Japón a los 19, comerás un brownie en Amsterdam a los casi 20, volarás sola por primera vez a Berlín a los 21, dormirás en la casa más bonita de Oporto también a los 21 y volverás a París a punto de cumplir los 22. De verdad, te esperan viajes apasionantes. Además, cuando acabes la carrera podrás sumergirte en una ciudad alemana durante al menos dos meses con una escapada a una isla griega paradisíaca como Corfú. Yo que tú me prepararía para todo lo que viene. Papá y mamá te seguirán llevando a un montón de sitios, y a los que vayas sin ellos, estarás deseando contarles qué tal lo has pasado, junto con todas las fotos que harás con la réflex que te regalarán por las buenas notas en la carrera.

¿Sabes qué? De ser la que sacaba cincos o seises raspados en el colegio, elegirás una carrera que te entusiasmará, de verdad, aunque estés perdida sin saber qué elegir en bachillerato, elegirás una que te hará ser casi de las mejores de la clase. Sí, sí, tú la que en el cole es siempre de las que se queda de las últimas. Porque descubrirás que cuando encuentras tu sitio, sabes disfrutarlo. Aunque te desanimarás y aburrirás un poco por el camino, trabajarás desde que termines 1º de carrera. Serás la única de tus amigos que en vez de estar en la piscina dos meses en verano, va a la oficina a trabajar ¿pero sabes qué? Aunque piensen que estás mal de la cabeza, terminarás la carrera con tres años de experiencia que te habrán permitido conocer tu profesión desde distintos puntos de vista. Pero no te conformes con eso, porque también te hará sentirte perdida sin saber dónde encajas. Trabajarás en sitios que te apasionen más, otros menos, tendrás jefes de todos los tipos y todos ellos te aportarán algo a tu desarrollo profesional. Valorarás cada consejo que te den.

Hasta que hoy a tus 22 años, cometerás una pequeña locura. Lo dejarás todo y te irás a probar suerte a otro país que no es el tuyo, donde no conoces a nadie pero conocerás de verdad y convivirás con la persona de la que te has enamorado. Descubrirás más a fondo esa ciudad que tanto te gustó el año pasado y él te presentará a la “nueva familia” que se creó para sentirse como en casa en esa ciudad que tampoco era la suya cuando llegó hace tres años.

No te asustes por todos los cambios que vas a vivir en los próximos tres o cuatro meses, no tengas miedo si no te encuentras o si piensas que cambiar de ciudad no es un camino de rosas como tú pensabas. Te lo adelanto, al igual que lo ha hecho tu mejor amiga la noche anterior: no es un camino de rosas. No va a ser fácil, pero estarás dispuesta a darlo todo por conseguir cumplir la ilusión que te creaste hace exactamente un año. Te vas a volver a descubrir a ti misma. Y lo más importante de todo, sabrás que eres capaz.

Florencia, febrero 2016

Florencia, febrero 2016

Si al final no encuentras trabajo y tienes que volver a Madrid, espero que no te hundas, ya verás como dentro de unos años tendrás una historia que contar y de la que habrás aprendido infinidad de cosas. Llegar hasta aquí no ha sido la tarea más fácil del mundo, así que podrás con esto y mucho más.

Los sueños, sueños son, pero con ganas y con pasión, los puedes hacer realidad. Y durante todo ese proceso, no te olvides nunca ser siempre digna e íntegra contigo misma.

Tú.

Cierra etapas, sigue creciendo

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Berlín, julio 2015

Cerrar una etapa es algo maravilloso. Sobre todo cuando estás orgulloso de poder hacerlo. Aún no tengo fecha definitiva, pero la semana del 25 de junio presentaré mi proyecto fin de grado y si todo va bien (que espero que sí), podré afirmar que soy graduada en Comunicación Publicitaria.

Durante estos cuatro últimos años han pasado muchas cosas, he aprendido un millón de ellas, he podido disfrutar de tres años de prácticas mientras compaginaba la carrera, lo cual ha supuesto un reto constante para poder dar lo mejor de mí misma tanto en la universidad como en el trabajo. En ambos escenarios puedo admitir que ha salido bien, de hecho, mucho mejor de lo esperado, por lo que es un honor poder haber llegado hasta aquí.

¿Por qué lo he hecho? Porque la carga de trabajo durante la carrera me lo ha permitido y no quería terminarla siendo otra graduada más. Quería terminar la carrera con experiencia en mi sector y así poder conocer a profesionales a los que admiro y a los que estoy segura volveré a encontrarme y tendré el placer de volver a compartir reuniones y propuestas. Este mundo es un pañuelo y este sector, más aún. Pero hace unos días dejé mi trabajo…

¿Y ahora qué? Con la carrera recién terminada, tres años de experiencia a mis espaldas y con 22 años recién cumplidos, creo que es el momento de intentar cometer una pequeña locura. Locura que puede salir muy bien o menos bien, pero que tendrá que salir como sea. Una vez más, esta historia comienza con un billete de avión.

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Berlín, julio 2015

Fecha: 6 de julio.

Destino: sí, por fin, ha ocurrido, lo he hecho, de nuevo. BERLÍN.

Motivo: buscar trabajo, cambiar de aires, conocer más a  fondo la ciudad, conocer otras ciudades alrededor, convivir en pareja, salir de casa por primera vez… Conocer mucho y lo más importante: conocerme. El año pasado este destino marcó un antes y un después en mí, por lo tanto quiero que lo vuelva a hacer y esta vez estoy pensando más a lo grande. Quiero seguir creciendo y esta vez hacerlo a través de esta experiencia.

¿Qué? ¿Que me voy a buscar trabajo a una ciudad alemana? Sí, aunque lo he soltado ahí como si nada, al principio de una enumeración, es una de las principales razones. Ya he dicho que es una locura y más aún ahora mismo, pero me falta experiencia internacional y creo que estoy en el momento perfecto para hacerlo.

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Berlín, julio 2015

Tengo muchísimas ganas, al igual que miedo e inseguridad de que puede que no salga bien. Me han contado que es posible que llevando quince días allí puede que me siente un día con una cerveza en medio de un parque, mire a cualquier parte, sienta vértigo y piense “¿qué he hecho? ¿seguro?” pero ahí estoy. Dispuesta a hacer todo lo posible por conseguir vivir esta experiencia fuera. No sé cuánto me durará la aventura. De momento tengo fecha de vuelta al cabo de dos meses, el 1 de septiembre. El billete tiene seguro de anulación en caso de que encuentre trabajo. Por lo tanto, oficialmente me voy dos meses. Pero si sale bien, con suerte podría quedarme seis meses o ¿un año? Quién sabe. Pero en un mes me voy a vivir una de las que estoy segura será una de las mejores experiencias de mi vida.

Esta vez la maleta que me llevo no es de fin de semana, no es para un puente, esta vez facturo y la lleno de ropa sí, pero sobre todo la lleno de un millón de ganas e ilusión. Tengo ganas de seguir aprendiendo y sobre todo de seguir creciendo.

Si no es ahora, ¿cuándo?

 

 

Ich liebe dich Berlin

¿Sabes la sensación de querer ver a alguien a quien llevas mucho tiempo sin ver? ¿O las ganas de volver a probar el plato favorito de tu madre? ¿Las ganas de volver a repetir un fin de semana entero porque lo has disfrutado de principio a fin?

Algo así me pasa con una ciudad, y mira que he conocido ciudades, París tiene un gran efecto sobre mí, es otro lugar que me ha dejado atrapada con un millón de recuerdos increíbles y a la cual podría dedicarle un post en profundidad. También lo es Nueva York, el primer destino en el que he llorado a mares al aterrizar sin poder creerme que por fin estaba allí. Podría definir París y Nueva York como dos de mis tres ciudades favoritas del mundo, pero Berlín… Mi Berlín es lo mejor que he conocido en mucho tiempo. No conozco a nadie que después de estar allí se haya vuelto como si hubiese visitado una destino más. Tiene algo, que no sé explicar, algo que sentí nada más pisarla, que me acompañó durante los 7 días que duró aquel viaje y que al despegar también hizo que se me saltaran las lágrimas cuando me tocaba volver a Madrid. Algo que hace que cuando vea fotos, vídeos, películas y series que se han rodado por la ciudad o simplemente lea artículos que me invitan a recordarla, se me ponga la piel de gallina y no pueda evitar morirme de rabia por no estar en ese preciso instante allí.

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Julio 2015

Casi un año deseando volver a perderme por sus calles durante días, por su gente, por sus paredes pintadas, por sus tuberías de color rosa y azul que pasan por encima de la carretera, por sus adoquines recordando por donde estaba levantado el muro, por sus graffitis en cualquier esquina de la ciudad, por su impoluto monumento memorial a los judíos,  por sus avenidas y estaciones innombrables, por sus bares llenos de cerveza de trigo artesana, por su mil tipos de cervezas distintas a cada cual con un sabor mejor que el anterior, por sus parques donde tirarse en la hierba al sol cuando hace buen tiempo, por pasear a la orilla del Spree viendo como se pone el sol y deja un atardecer de colores, por sus currywurst de cualquier puesto callejero, por sus pretzels tan apetecibles a cualquier hora del día, por sus mercadillos interminables llenos de sorpresas que descubrir o de cámaras antiguas que piden a gritos que te las lleves a casa, por su capital tan poco alemana y tan ciudad de todos que te acoge seas de donde seas, por su inmensa y bonita catedral que fue reconstruida antes de ayer, por sus edificios abandonados y desolados que no se molestaron en mantener y ahora guardan un extraño encanto que te hace sumergirte en su pasado a través de los rotos de sus paredes.

Berlin1

Julio, 2015

Por su libertad de poder pasear mientras le das un trago a tu botellín de cerveza, por Madamme Claude, un local donde puedes entrar en una casa del revés, por un local al que quiero ir donde puedes beber vino y pagar lo que consideres que has bebido o comer en un buffet de cocina vegana cuyo precio es de tu elección porque es para proyectos solidarios, por la superpoblación de gatos que hay en sus calles y las ganas de adoptar uno de ellos para que no acabe abandonado, por sus estaciones de metro con azulejos cada una de un color y tipografía diferente, por sus mejores hamburguesas en un local que antes era un baño público debajo de un puente o un kebab en el que tienes que hacer cola durante media hora o 45 minutos si quieres probar el más famoso de la ciudad, por sus fotomatones analógicos que te hacen darte cuenta de todo lo que te daría tiempo a hacer en 5 minutos, mientras esperas ansioso a que se revele la tira de fotos que acabas de hacerte en ese pequeño cubículo con sus inesperados flashes, donde parejitas se habrán metido a inmortalizar un beso, por su Tante Emma, un bar que te transmite intimidad con sus luces bajas, velas y rosas en las mesas y sillones de raso sacados de la época victoriana…

De verdad, Berlín. Va a hacer un año desde que me enamoré de todos tus rincones a primera vista. Y mira que enamorarse es una palabra grande que no se debe soltar a la ligera, pero te la mereces. Con todas las letras. Necesito volver a verte ya.