De películas berlinesas

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Si me quedo en Berlín…

Quiero una bicicleta rosa para recorrérmela entera.

Hacerme fotos en todos los fotomatones de la ciudad y perder la timidez en cada flashazo por sorpresa.

Desorientarme en plazas gigantes, buscar buses que parece que no llegan nunca y acabar riéndome de los errores de principiante que tiene uno el primer día en una nueva ciudad.

Perderme mil veces en el mercadillo más grande, buscando colgantes, pulseras y pendientes con trocitos de mí.

Probar las cervezas de trigo artesanas de cada bar junto con los pretzels por las calles de la ciudad.

Hacer todas las colas que haga falta por probar un kebab del sitio donde se inventó, o una hamburguesa en un antiguo baño debajo de un puente ahora convertido en cocina.

Ver atardeceres a la orilla del río, en un lugar donde todos son bienvenidos y donde, para garantizar la seguridad, te preguntan hasta qué haces llevando encima una pistola de juguete con balas de goma espuma.

Sorprenderme con la alegría, energía y buen rollo que hay en la zona de discotecas, en fábricas y edificios abandonados. Quiero conocer los locales más extraños y peculiares que haya. Da igual si es uno que tiene aspecto de salón de casa de abuela, con sus sofás de ante y raso, mesas de madera y papel pintado en la pared, donde te ponen música comercial. Otro tiene una casa pegada en el techo para hacerte dudar dónde empieza y acaba la realidad. Otro lleno de calaveras y farolillos de papel, con billares en los que pasar horas.

Que una noche de verano signifique ver amanecer a las 4:20 de la mañana al volver a casa, tras comerte una palmera de chocolate en un metro que no duerme los viernes y sábados.

Pasear por calles en las que no te juzgan si llevas el pelo azul o vas lleno de piercings en los labios, si eres un señor mayor con el pelo blanco que lleva una camiseta de un grupo heavy o si sois una pareja de chicas disfrazadas de robot.

Tratar de descifrar el significado de cada graffiti que hay en los baños de los sitios más extraños.

Enamorarme de cada mesa de restaurante, donde siempre hay velas y flores para hacer el ambiente más íntimo y personal.

Conocer la ciudad en los meses más fríos para refugiarme en chocolaterías, merendando tartas de manzana con canela.

Acostumbrarme a disfrutar de la lluvia, de los días grises donde los charcos de agua son divertidos cuando tienes unas botas todoterreno.

Aprenderme de memoria las estaciones de metro que van de un lugar a otro y jugar a inventar traducciones literales.

Viajar sola, coger un avión de vuelta a casa con las palabras «quédate» al oído y con abrazos escritos en forma de carta antes de despegar.

Podría llenar una caja de cosas que me encantan de esta ciudad, para tenerla siempre conmigo y, cuando la eche de menos, tocar lo que me traje de allí y los detalles que me marcaron en ese destino. Cerrar los ojos y dejarme llevar. Tener un billete de ida sin vuelta. Porque una parte de mí se quedó en Berlín. Y quiero volver a sentir bajo mis pies que que Berlín no es Alemania. Y volverme a enamorar de cada recuerdo que dejé entre sus calles.

«Un destino es una oportunidad para reencontrarse. Un hogar es donde vacías tus maletas. Y un origen es donde dejas que crezcan los recuerdos. Por eso, por mucho que te alejes, ellos se crecen más.» – Risto Mejide, Je demande.

Siente. Fuerte. Hazlo tangible.

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Cada vez que escribo una carta, le hago una foto. Me gusta dejar notas por sorpresa escondidas en un cajón, debajo de la almohada, en medio de un libro que estés leyendo, encima de la mesa de la cocina… Y desde hace un tiempo, siempre hago una foto de cada nota de papel.

Por si me olvido de lo que puse, aunque no de lo que me hizo sentir escribirlo, por poder volver a leer todo lo que te dije y recordar también lo que nunca llegué a decirte. Bien porque sobraron las palabras o bien porque no me atreví a hacerlo. Releo la carta, cierro la puerta y me voy. Llena de ilusión y ganas por leer tu mensaje de sorpresa tras haberla leído. Hasta que veo tu nombre en mi pantalla voy leyendo mis propias palabras en la foto y me aseguro de que estoy lista para que sepas lo que quiero decirte.

Así me gusta archivar mis propias palabras cuando se dejan tocar. Escribir es una forma hacer tangible lo que tratas de explicar cuando sacas lo más profundo de ti y lo pones por escrito. Otros hacen e improvisan música.

Me encanta sentir. Hacer que los demás sientan. Conmigo o sin mí. Pero que sientan y que nunca dejen de hacerlo. Con todo lo bueno y todo lo malo. Y porqué no, en ocasiones que sea revuelto, no agitado. Pero sentir, con fuerza. Y pasión. Un sentimiento no se puede tocar, pero a veces te provoca hacer cosas que sí se pueden ver. Y muchas veces van más allá de las palabras.

– Y tú ¿qué sabes hacer que sea tangible? […]

Viaja conmigo

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Eran casi las 10 de la noche en el avión. Aunque depende del destino del que venga podría haber sido 1h más. O dos. Quién sabe. Qué relativo es el tiempo, y más aún en medio del cielo. Me tocó ventanilla en el lado en el que ya es de noche. Al otro lado del avión está sucediendo un atardecer multicolor sobre un mar de nubes que por sus colores parece un batido de maracuyá.

También me tocó volar con la mejor compañera de viaje. La emoción. La de llorar de nosesialegríanostalgiaoquéseyo. En cuanto este avión empezó a mover las ruedas por la pista del aeropuerto y empecé a ver que se acercaba a la zona de despegue, ahí estaba ella conmigo. La que llevaba unos minutos recorriéndome el cuello y apretando cada vez más. Hasta que decidió salir de lo más profundo y se convirtió en lágrimas. No fueron tristes, lo prometo. Posiblemente hayan sido de las lágrimas más bonitas que he llorado. He disfrutado cada una de ellas como si llevara dos meses sin hacerlo.

La emoción de las ganas que tenía de hacer esto. Viajar sola. Desahogarme y pensar en todo lo que esta barra libre de momentos que lleva 7 meses abierta me está dando. Con sus tragos más dulces y los más amargos. Dedicarme esta semana para mí. En una ciudad desconocida donde nada me saque de este torbellino de emociones que no puedo (ni quiero, aún) parar.

Porque sí, porque me lo merezco y sé que voy a recordar este viaje y todo lo que está sucediendo este año el resto de mi vida. Es algo que deberíamos hacer al menos una vez. Esto acaba de empezar y parece que viene fuerte. A cazar microemociones llenas de intensidad.

Micromomentos de Barcelona

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Un viaje improvisado y planificado dos semanas antes, cervezas, música en vivo con vistas, mil millones de risas, otras mil fotos arrepintiéndome de no coger la réflex, carreras hacia baños de mala muerte con efecto invernadero, selfies con cara pan y sonrisas forzadas, tres puntos altos de la ciudad con vistas que te quitan el hipo, columpios en los que quedarse hasta que cierren el parque, paseos interminables recorriendo todos los puntos importantes del mapa, mojar los pies en el mar por la noche, contemplar tres aviones a punto de aterrizar con sus tres reflejos de luz sobre el Mediterráneo, remover todos los recuerdos habidos y por haber, imaginar los que aún no han ocurrido, rechazar todas las rosas rojas de todos los vendedores ambulantes, botellas de vino intactas que viajaron del súper a la nevera y luego a la maleta de vuelta a Madrid, remolonear cinco minutos más en la cama antes de ponerse en marcha para patearse la ciudad, combinaciones de metro que salen perfectas, comer de terraceo o en medio de un parque tres cosas que picoteas del mercado de La Boquería, andar aunque los pies te duelan horrores, mitad y mitad de paellas con alioli, pasar horas sentado a la sombra en el suelo comiendo helado y bebiendo cerveza mientras contemplas un monumento hablando y riendo sin parar, quedarse maravillado con las obras de arte y la fascinante arquitectura de Gaudí, soñar con yates inalcanzables atracados en La Barceloneta, pegar bocados a cupcakes que te dan la vida, sorbos a horchatas que quedaron pendientes, la frustración con camas que crujen hasta con respirar cuando lo único que quieres es dormir, carreras de tacones y fiesta de la espuma que aplazar por una cena más tranquila, enamoramientos fugaces por la calle, facultades con edificios a cada cual más bonito y mejor situado, mercados que te hacen perder el aliento, los puestecitos más hipsters de toda la ciudad, perderse por callejuelas buscando restaurantes bonitos donde cenar, morir de calor y buscar la sombra como si no hubiera un mañana, conversaciones largas practicando inglés, cervezas antes de dormir como quien se toma un ColaCao caliente cuando tiene insomnio, y autobuses lentos de vuelta pero que llevan puesto a AC/DC y a Bon Jovi.

Tres días y un viaje relámpago cargado de momentos y emociones inolvidables en una ciudad preciosa dan para mucho.

Plena y llena

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Si hay algo que está haciendo que este año merezca la pena, sin duda es, el constante cambio que estoy experimentando a nivel emocional. Como he definido varias veces hablando con gente cercana, estoy en un torbellino de emociones. Bien es cierto que estoy en la edad, a mis 21 es un momento perfecto para vivir todo lo que estoy viviendo y poder aprender de todo esto.

He salido de una relación muy larga y bonita, me he metido en otra más corta e intensa, me he dado de bruces contra la realidad, he sentido mucho y fuerte, he llorado por dos rupturas, he contagiado alegría a raudales con los míos pero también me he venido muy abajo. Sin duda he aprendido y estoy aprendiendo más en seis meses que en los últimos 5 años.

La mejor conclusión que he sacado de todo esto es que mi felicidad es mía y no depende de nadie más. Ahora mismo soy feliz. Realmente feliz. No necesito a nadie para serlo. Puedo serlo sola. Me gusta compartir con alguien mi felicidad e intensificarla pero me siento llena sintiéndola yo misma. De hecho, hasta que yo no soy plenamente feliz, no puedo hacer feliz a otra persona. Y por suerte lo soy. Pero no puedo dejar que mi felicidad dependa de otros, los demás pueden irse, cambiar o desaparecer y con ellos no pueden irse los motivos por los que esté bien. Querer sin necesitar a nadie.

Los días son bonitos sin tener un mensaje de buenos días con un corazón nada más abrir un ojo. De hecho, los días están llenos de momentos que normalmente pasan desapercibidos y cuando te paras a pensar en el día de hoy, puedes ver que hay micromomentos y microemociones muy especiales que han hecho que tu día haya merecido la pena. Cuando eres capaz de enumerar las veces que has sonreído en un día por los motivos que sean, ves que la felicidad está ahí, está en ti, no hay que buscarla fuera.

Me siento llena de energía, de ganas de hacer cosas, de viajar, sola y acompañada, de conocer, de seguir aprendiendo y viviendo intensamente, de llenar días y semanas de primeras veces, de retarme día a día, de superarme, de decir no puedo más y que las hormonas me empujen a seguir, de quererme más que nunca, de aceptarme y de estar haciendo todo esto mientras conozco a fondo a personas con un corazón enorme.

Increíble 2015. Solo llevamos la mitad del año y creo que está siendo el mejor de muchos. Siento vértigo y a ratitos hasta miedo por si no soy capaz de manejar todo lo que esté por venir, por lo que aún me queda por vivir, así que habrá que seguir lanzándose a la piscina día tras día. Y no parar de disfrutar. Y lo que es mejor, predisfrutar.

Supernova

adb304521173301edceebf381037a699Uno no elige lo que quiere sentir y cómo lo va a sentir hasta que sin darse cuenta se ve en una relación viviendo con tanta intensidad que no sabe darle al botón de pausar.

Hay emociones que simplemente surgen así, empiezan a brotar fuertes dentro de ti y van aumentando su potencia día a día. Hasta que una mañana te despiertas y estallas.

Los implicados en esa fuerza se ven afectados por lo que es pasar en cuestión de horas de una emoción muy grande, a de repente tener esa intensidad dentro de ti pero a trocitos.

No tiene diagnóstico precoz ya que esa explosión no es algo que se pueda controlar, simplemente ocurre. Y te pilla siempre desprevenido. Nunca puedes estar preparado para algo así. Además, estás tan volcado en esa relación que aunque notes que en tan poco tiempo estás sintiendo tanto, tampoco quieres dar un paso en falso, intentar suavizarlo y correr el riesgo de que se acabe todo de repente.

Sigues, disfrutando del momento, de cada día, cada hora, cada instante. No es lo mejor que te ha pasado, es lo mejor que te está pasando. Como trates de comerte la cabeza por lo que va a venir después, si lo que estás haciendo es lo correcto o no, dejas de disfrutar. Y tampoco quieres eso. Vives ahora, para hoy. Mañana ya veremos qué pasa. Hoy te centras en darlo todo por ti, por lo que tienes, por lo que quieres tener. Y sobre todo, por lo que quieras ser. Por ti, por la persona que tienes al lado, por como quieres que te recuerden.

Hasta que de pronto se acaba. Te deja todos los momentos vividos clavados dentro, donde solo tu puedes llegar. Porque lo que ha durado te ha calado tanto y tan profundamente que hasta te cuesta explicar lo que ha sido. Y tratarás de recordar cada instante vivido con la mayor de tus sonrisas, alegrándote de todo lo que has sido capaz de sentir. Lloras convenciéndote de que lo mejor está por llegar, tratas de sacarlo todo, desahogarte y tranquilizarte a partes iguales. No culpas a nadie porque muchas veces no hay nada que echarse en cara.

Porque de personas así no te desprendes de forma fácil. No somos de piedra. Por mucho que nos pongamos una coraza a la hora de sentir para que no nos hagan daño. Siempre aparece alguien capaz de llegar ahí.

Y tú llegaste, vaya si llegaste.

«El amor no tiene cura y es eterno mientras dura».

Etiquetando lo inetiquetable

foto1Se conocieron en el baño. Bueno, no en el mismo baño. Él en su casa, ella en la suya. Algunas mañanas coincidían a la hora de la ducha, se saludaban por las ventanas que daban al patio común y cada uno seguía con su rutinarias actividades mañaneras antes de salir de casa. Al volver por la tarde a veces volvían a coincidir también en el baño. De nuevo, él desde su ventana, ella desde la suya. Tenían una breve conversación tipo ascensor, cerraban las ventanas y hasta el día siguiente.

Un día ella bajó al patio a tender la ropa, al rato apareció él. No tenía nada que recoger pero disimuló que algo tenía que hacer allí con tal de hablar con ella. Estaba algo nervioso, después de coincidir tantas veces a las mismas horas en el baño y tras saberse de memoria su ropa interior al verla colgada en el tendedero todos los días, por fin estaban cara a cara. Ella hizo como si nada, recogió su ropa y le dio algo de conversación. Sabía que había bajado a propósito para coincidir con ella, pero se hizo la indiferente y subió a casa riéndose por dentro de la situación.

Él tocaba la guitarra, tenía un grupo de música y pasaba las horas muertas entre acordes. Por las tardes ella llegaba a casa, se quitaba sus inseparables zapatillas de cordones con las que se ha caminado el mundo entero, se tiraba en la cama agotada tras un día intenso y se ponía a escuchar las canciones del chico desde su habitación.

Para qué negarlo, esa no-relación tenía su encanto. Sin ser nada había feeling y tenían pequeñas rutinas entre ellos que hacían que cada día se imaginaran una curiosa historia de algo más entre vecinos.

Nunca pasó nada entre ellos, de hecho ella sospechaba que él estaba con una chica, pero las miradas de complicidad en el baño y en el tendedero tenían algo de especial. Sin ser nada y sin intenciones de serlo, él se acabó mudando. La música de la guitarra que ella oía desde su habitación dejó de sonar.

Suerte que ella consiguió saber cómo se llamaba el grupo para poder escucharlos en Spotify. Los siguió en Facebook y pudo seguirles la pista musical. A distancia pero recordando las miradas de una no-relación. O sí, pero para qué ponerle etiquetas y complicarse la vida.

Primera persona del plural

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¿Cuándo empieza a tener sentido la palabra «nosotros»?

¿Cuándo consideramos que algo empieza a ser nuestro?

Ni siquiera nuestra casa la sentimos nuestra hasta que no hemos formado una serie de recuerdos y momentos en ella. Nada más mudarnos sentimos que no pertenecemos a ninguna parte. Tu nueva casa aún no es tuya, por mucho que te hayas hipotecado, pagado una fianza o simplemente hayas decidido vivir una etapa de tu vida en ella. Tu vieja casa a la que no vas a volver sigue siendo más tuya aunque hayas puesto un pie y toda tu vida empaquetada en cajas y bolsas fuera de ella. Tu verdadera casa no está en ninguna parte.

O sí. Igual tu mejor refugio no es un sitio y es una persona a la que consideras «casa» cuando necesitas estar con ella para sentirte mejor. Hasta que pasado un tiempo más que casa empieza a ser hogar. Y eso comienza cuando has estado viviendo en ella o con ella días, y entonces es cuando empiezas a llenarla de momentos que recordarás. Muchos que siempre querrás guardar. Y entonces tendrás ganas de vivir más. En ella. Con ella.

Creo que es así como se nos empiezan a escapar los primeros «nuestros», los primeros verbos que conjugamos comenzando en «nos»(nos apetece, nos gusta, nos vamos…) y los que acabamos en «-mos» (disfruta-mos, quere-mos, ire-mos…). Las diferentes variedades del nuestro empiezan a ser más frecuentes en nuestras bocas y son éstas las que nos acompañan mientras vamos creando vivencias que nos seguirán días, meses y más…

Esa persona nunca será propiedad nuestra como tal, pero sí todo lo que vivamos con ella. Lo esencial es que lo que compartas sea siempre lo mejor para ambos, que sea lo que te de ganas de seguir viviendo más. Llenar ese «nuestro» de lo mejor que nos pode-mos dar. Porque en la palabra nuestro caben dos y solo tú decides con quien merece la pena compartirlo.

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El cepillo de dientes

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Muchas historias comienzan con un cepillo de dientes.

Cepillos de dientes que pueden contener trazas de «quédate esta noche un ratito más».

Ese momento en el que tenemos un feeling de que vamos a pasar muchas noches con esa persona en casa. Una historia que nos gusta. Que nos apetece que dure. No una ni dos lunas. Más de tres y cuatro. Semanas. Meses. Darle el tiempo que se merezca.

No recuerdo cuándo empezaste a tener cepillo de dientes en mi baño. Pero sí cuándo dejaste de tenerlo. Tras cortar, lo mantuve unos días por si te arrepentías o por si alguna noche venías a cenar y nos quedábamos hablando hasta tarde. Luego asumí que eso no iba a pasar y lo mantuve un poco por nostalgia. Finalmente me di cuenta de que molestaba tenerlo tropezando con el mío o incluso confundiéndome al coger el que no es.

Tiré el tuyo a la basura, no era necesario tenerlo. Ni remover recuerdos cada vez que lo veía. No dueles, no. Pero hay cosas que simplemente no es necesario mantener.

Unos días después empecé a tener cepillo de dientes no solo en mi casa.

Madrid muy nuestro

Madrid con ganas hace que te invada la curiosidad por verla en profundidad.

Me he perdido por sus calles sintiendo y fotografiando el vandalismo poético de los versos que Boamistura dejó en los pasos de cebra.

He conocido bares y sitios bonitos en calles escondidas de Alonso Martinez, lugares llenos de magia donde he tenido conversaciones con personas con un corazón muy grande.

Entre las calles perdidas por detrás de la Gran Vía he descubierto el placer de las tapas en La Selva, El Respiro y El Tigre, donde las cañas madrileñas saben mejor cuando la compañía es buena.

He querido llorar de la emoción con el pintxo de foie de Txirimiri acompañado de un buen txakolí cuyo sabor no recordaba.

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He perdido el rumbo por Fuencarral mientras buscaba Chueca y sus restaurantes bonitos en los que quiero repetir cenas junto con otros tantos que quedan por descubrir por allí.

He despertado en plena Latina y he vivido el ambiente del mercado de buena mañana. La gente se pierde entre puestos de pescados, verduras y carnes donde encuentras tesoros como butifarras artesanas de piñones, mango y foie.

Tras volver del mercado de La Cebada, he sido pinche en una cocina en la que solo cabemos dos oliendo todas las maravillas que salen de ese fogón.

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Me he acostado tras pasar la noche en la ciudad que no duerme, bailando hasta lo inbailable en Kapital hasta que nos han echado por ser tarde. Pero no, la noche no acabó ahí.

Los domingos han sido menos domingos, los lunes casi jueves, los martes los nuevos viernes, pasando por el miércoles que marcaba nuestro ecuador de una semana en que da igual qué día sea, Madrid siempre nos quiere descubrir un plan incluso más apetecible que el anterior. Aunque sea casero.

He descubierto el secreto de las ginebras con canela en rama, naranja, pomelo o perejil. Todas ellas acompañadas con limón, ya que la tónica me hace perder la audición que ni todo el barullo de Madrid podrá callar.

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He subido y bajado la Carrera de San Francisco subida a todos los botines de tacón de mi armario sin tener complejo por ser demasiado alta y eso es algo que poca gente puede conseguir que haga.

Me sé de memoria el paseo hasta Tirso de Molina y he paseado por Tribunal vaciando cervezas en un libanés de mala muerte descubriendo mil sabores que repetiría.

He estado días y noches noches enteras en el centro y, sin haberme vuelto, ya he echado de menos que fuese de noche otra vez para volver a perderme en la mejor de las compañías por sus calles.

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Me he despedido en la boca de metro de Plaza España con ganas de volver a vernos en La Latina.

Moncloa ya no sabe a qué horas me va a recibir de vuelta, ya que muchos días acaban con planes improvisados.

Madrid llena de ganas, ganas de vivir, ganas de conocer, ganas de soñar, ganas de perderse y comérselo entero.

Quiero que Madrid sea una barra libre de momentos ¿vienes?