Tormenta en el Sáhara

Hace mucho que no me paso por aquí y es que el año pasado fue bastante tormentoso en general. Pero de todo lo vivido, prometí escribir largo y tendido sobre esta experiencia que tuve la suerte de vivir a mediados de noviembre, con la persona perfecta.

Viajamos a Marrakech. Tenía mucha inquietud por el destino pero me transmitía un poco de inseguridad y a ratitos hasta un poco de miedo. Nada que no desapareciese a las horas de estar allí, lo que me hizo darme cuenta de los prejuicios y desconocimiento que tenemos cuando nos adentramos en una cultura árabe. No era la primera vez que iba a un país con esta cultura pero no había sido una experiencia “tan rústica”. Había estado en Dubai y en medio de todo el lujo que respira la ciudad, hasta que no paseas por el mercado de las especias y ves los barcos en los que traen las mercancías, no te crees que estás en una ciudad de origen humilde en medio del desierto. Sin embargo en esta ciudad de Marruecos, aún se puede ver esa parte humilde y real que hace que el destino (y sus alrededores) sea un poco más auténtico (y eso que la ciudad está extremadamente masificada y turistificada).

Atardecer sobre La Koutoubia

Durante los cinco días que estuvimos allí, nos acercamos a conocer el hotel La Mamounia para poder ver ese contraste entre el mundo más lujoso y el “más real” de la calle, así veíamos las dos caras de la moneda. El destino en sí es caótico, aparentemente desorganizado, laberíntico, ruidoso, con música oriental de fondo, llamadas al rezo, sonidos de pitidos de motos, carros, burros, de gritos, de “compra aquí, entra en mi bazar, solo ver no tocar” depende de donde estés huele a especias, curry, carne cruda, gallinas, palomas o pájaros enjaulados y a marroquinería de cuero.

Hasta que perdiéndote por callejones sin salida y calles estrechas apareces en tu riad. Y entonces se detiene el mundo, el ruido desaparece, te invade un silencio total, solo escuchas el chapoteo del agua de la fuente y apareces en un patio blanco, con el suelo de azulejos y nada más entrar, te ofrecen sentarte en un sillón, con té de menta y dulces árabes. Mientras terminamos de completar nuestros datos de la reserva, no podía salir de mi asombro al haber aparecido casi por arte de magia en un lugar tan bonito. Espero no olvidar nunca esa sensación de paz, tranquilidad y alegría que me transmitía ese lugar. El riad se llama Le Rihani, es un lugar precioso, con un desayuno extraordinario y una atención y amabilidad exquisitas. El patio es espectacular, tiene una larga y estrecha piscina en medio de naranjos. Volvería allí sin dudarlo ni un segundo, pocos lugares me han parecido más mágicos que este.

Riad Le Rihani

Marrakech es un lugar donde reina el color, los naranjas, marrones y ocres en las paredes, los dorados, cobres y plateados en los techos, los azules, verdes y amarillos en las cerámicas. He mencionado la palabra azul muy a la ligera, pero de verdad, nunca vi un azul klein tan increíble como el de la casa de Ives Sant Laurent. El primer día, tras comer en el primer restaurante con el que nos cruzamos (para no perder tiempo de hacer visitas) fuimos en calesa hasta los Jardines Majorelle. Ahí fue la primera vez que regateamos, porque yo no sabía que aquí se regateaba hasta el transporte y al final por un precio irrisorio nos llevaron hasta allí.

Le Jardin Majorelle

Y entonces aparecimos ahí. En ese lugar mágico repleto de palmeras, bambú, vasijas y macetas de color azul, amarillo y naranja, con fuentes de agua y vegetación perfectamente colocada. Iba paseando a cámara lenta, embobada con todo el lugar. Creo que Dani me miraba hasta asombrado por verme tan fascinada con el sitio, sobre todo por toda la lata que le había dado porque no estaba muy convencida con el destino del viaje. Él ya había estado hacía más de diez años por lo que él no tenía tanto efecto sorpresa, aunque estoy segura de que al ver mi ilusión, se la trasladé por completo. Los jardines son espectaculares, ese azul es para perder el sentido y el contraste con el verde me tenía loca. En un futuro quiero tener una pared de mi casa pintada de ese azul para que me teletransporte allí.

Le Jardin Majorelle

Tras esa primera visita, negociamos la vuelta a la Medina y cogimos un tuktuk, rumbo a La Mamounia. Esta vez, lo que nos hacía gracia era aparecer en el hotel más lujoso de la ciudad en el vehículo más cutre de todos. Yo pensaba que no nos dejarían parar en la puerta del hotel o que nos dirían algo pero al bajarnos del tuktuk preguntamos si podíamos pasar y tras cruzar el arco de seguridad, entramos a ver el hotel, los jardines y nos tomamos un té de menta. Otra cosa no sé, pero el hotel es bonito a rabiar y solo por el olor que tiene el hall ya merece la pena entrar un ratito a verlo. De hecho tiene un olor tan espectacular que venden velas con la misma fragancia. No pregunté el precio, pero creo que no quiero saberlo.

La Mamounia

Salimos del hotel y como ya se había puesto el sol, paseamos por la zona de la Koutoubia, por sus jardines y cruzamos el paseo que lo une con la plaza Jemaa El Fna. Al llegar allí ya era de noche y la plaza se había transformado por completo, estaba llena de gente que en corrillos jugaban a juegos de azar, contaban historias, cantaban y bailaban alrededor de pequeñas hogueras…

Eso por un lado, luego caminabas un poco más y llegabas a la parte de los miles de puestos de comida, donde los “relaciones públicas” de cada uno te entran por todos lados con los menús en la mano para que comas en su puesto. Ahí sí que es para volverse loco y tienes que decirles a todos que ya has cenado, para que no insistan mucho más. Aunque eso no los hace callar porque te insisten para que vuelvas mañana. Paseas por el medio de puestos de pescado, carnes, caras de cerdo, caracoles, verduras, sopas, cuscús, tajines. Allí convive gente local y turista comiendo lo mismo. Sobra decir que te olvides de los cubiertos y que allí se cocina y come todo con las manos. No es lo más higiénico del mundo pero admitiré que no me puse mala ningún día, era otra de mis grandes preocupaciones y me había preparado un botiquín enorme. Pero la primera noche no cenamos en la plaza, teníamos una reserva en Dar Cherifa, un restaurante muy bonito que descubrimos al llegar que era también riad. Comida casera, un patio abierto, tranquilidad y música suave de fondo, luces bajas y velas. Después de cenar volvimos al riad para descansar y prepararnos para el segundo día.

Puesto de lámparas cerca del riad

A la mañana siguiente nos despertó la llamada al rezo pero conseguimos dormir un rato más y despertarnos no muy tarde para que nos cundiese el día. Empezamos con un desayuno completo, té de menta con unas tortitas que hacen allí con miel, huevos revueltos y mandarinas del jardín. Después de desayunar fuimos temprano a ver el Palacio de la Bahía. Hicimos la visita por nuestra cuenta aunque poniendo a ratos el oído en las visitas guiadas que había alrededor. En mi obsesión con conseguir fotos de lugares turísticos masificados completamente vacíos, iba fotografiando todo lo que podía antes de que avanzaran los grupos. El lugar es muy muy bonito, repleto de azulejos de colores, de arcos y paredes perfectamente esculpidas y talladas minuciosamente. La verdad es que me encantó y de ir viéndolo todo despacio y de estar haciendo fotos, la visita fue preciosa.

Después de estar allí nos fuimos al Palais El Badi que realmente son las ruinas que quedan de un palacio maravilloso que existió antiguamente. Aún así, hacía un día espectacular de sol, por lo que el contraste al mirar las paredes naranjas del lugar y el cielo azul daba mucho juego en las fotos y como aquí sí que estábamos prácticamente solos, se agradecía y hasta parecía que no estábamos en Marrakech. Nos quedamos con ganas de ver la Madrasa de Ben Youssef pero estaba en obras.

Palais El Badi

Después de esas dos visitas mañaneras, volvimos al riad a descansar para darnos un masaje. Error nuestro que nos dejamos las chanclas en Madrid y el look de albornoz y zapatillas con calcetines era de lo más cómico. El masaje duraba media hora, era con aceite de argán y dejaba la piel perfecta y el cuerpo perfectamente descansado y relajado. Tras ese break nos fuimos a comer, esta vez en un lugar súper bonito llamado Le Jardin, otro oasis de paz que cuesta encontrar porque pasa desapercibido pero que al cruzar las puertas, te cuesta creer que haya un lugar tan verde y limpio como ese. Comer un tajín de cordero oyendo los pajaritos de fondo y bebiendo un batido de aguacate. De postre, dulces árabes y otro batido de aguacate. Era feliz. Además, pude fijarme de la cantidad de grupos de mujeres que había en la ciudad viajando solas que elegían este restaurante para comer. De hecho, Dani y yo éramos de las pocas parejas que había alrededor, eran casi todo grupos amplios de mujeres. Y no me extraña, porque el destino y este restaurante en concreto invitaba a hacer un viaje de amigas.

Le Jardin

Después de comer, llegó el momento de la verdad, de decir “aquí hemos venido a jugar” y empezamos a perdernos por los distintos callejones de bazares y distintos zocos, recorriendo kilómetros entre puestecitos y tiendas de todo tipo de objetos. Especias, cerámica, babuchas, kaftanes, lámparas, joyas, antigüedades, artículos de cuero, animales vivos, carnes, puestos de comida, más especias, tajines, más cerámica, más babuchas, más telas, más lámparas y cuando queríamos darnos cuenta, tras pasar miles de puestos caminando, resulta que habíamos estado dando vueltas en círculos por diferentes callejuelas que parecían todas iguales. Al final buscabas casi desesperado la manera de volver a la plaza central o acababas preguntando a vendedores que te daban una vuelta más por el zoco para desorientarte, pasar casualmente por delante de su tienda y ya volver a la plaza, que era lo que originalmente querías.

Cerámica en el zoco

El momento de regatear de tiendas lleva mucho tiempo y por pereza o por no querer perder mucho rato y dejarnos sin ver algún rincón, compramos relativamente poco. A cada artículo que te quieres llevar le vas a echar mínimo 15 minutos de regateo, así que recomiendo primero planificar la visita, los caprichos, saber si merece la pena negociar el artículo, y el tiempo de zocos que vas a dedicar. Yo tuve una tarde y una horita aprox de la mañana del último día. Y en realidad el último día cuando empiezan a abrir las tiendas y casi no hay gente (en torno a las 10:30-11), hice todos los recados que tenía en mente. Preguntando cómo volver a la plaza, nos llevaron a ver el lugar donde tiñen las telas y lanas y fue un ratito muy agradable hablando con los artesanos del lugar.

Zoco de los tintoreros

La segunda noche teníamos una reserva en la azotea de NOMAD con vistas a la Medina, un restaurante donde se centran en el producto local fresco y le dan un giro moderno a la comida tradicional. La verdad es que lo agradecimos porque después de dos días comiendo casi siempre brochetas de carne, cuscús o tajín, echas de menos otro tipo de platos.

Al tercer día teníamos un viaje organizado al desierto, para dormir en uno de los lugares más bonitos para disfrutarlo, KamKam Dunes. Un campamento de jaimas perfectamente acomodadas para disfrutar de una noche en el desierto. Dormimos en una jaima privada para nosotros, con una cama con dosel y baño con ducha dentro. La habitación era preciosa y el campamento también. El dosel con vistas a las dunas quitaba el aliento y tras pasar muchas horas en un minibus para llegar allí, la emoción por llegar al desierto era total, pero no adelantemos acontecimientos, que aún nos queda llegar allí.

Habitación en KamKam Dunes

El tercer día salimos de Marrakech y pusimos rumbo al desierto de Merzouga. Para llegar allí se atraviesan casi 600KM por lo que el viaje no es nada corto. Se cruza la cordillera Alto Atlas, las carreteras son con muchísimas curvas, estrechas, con vallas o quitamiedos medio caídos y aunque las vistas son de infarto por la altura que se coge, a ratos se hace eterno, te mareas y tras pasar alrededor de tres horas de subidas aún te queda un rato para volver a bajar y estar en terreno llano.

 

Al cruzar las montañas hicimos una parada en kasbah Ait Ben Hadouh, una antigua ciudad hecha por completo de adobe, donde se han grabado películas como Gladiator y escenas de Juego de Tronos, concretamente la ciudad de Yunkai, liberada por Khaleesi. Las vistas desde arriba del todo impresionan porque estás en medio de la nada, se ven las montañas que acabas de cruzar y al fondo empieza a asomar el desierto. Esa primera noche de excursión dormimos en Dades, un pueblo que hay antes del largo trayecto al desierto.

Vistas desde lo alto de Ait Ben Haddou

A la mañana siguiente el bus vino a buscarnos temprano y fuimos a la garganta del Todra que es un valle rocoso que impresiona mucho por la altura de las paredes, el destino perfecto para los amantes de la escalada. Allí tuvimos una visita por la zona para luego ver la zona de cultivos y conocer la tienda de una familia que tras invitarnos a té, nos explicaron cómo hacen las alfombras en los telares. Tras pasar la mañana allí, el bus hizo una parada en un bar de carretera para reponer fuerzas y ya sí que sí llegamos a donde habíamos quedado con los de KamKam Dunes.

Garganta del Todra

Salimos del minibus y nos metimos en un 4×4 que nos llevaba al campamento. Tras subirnos y ponernos el cinturón, sin darnos cuenta desapareció la carretera y estábamos rodeados de kilómetros de arena y dunas. Estaba nublado y se avecinaba una tormenta, por lo que el ambiente era mas húmedo de lo que habíamos imaginado, olía a lluvia en un lugar donde reina el calor. En el coche sonaba “A sky full of stars” de Coldplay y en esa emoción de por fin estar en el desierto tras un larguísimo viaje se me empezó a hacer un nudo en la garganta y se me escapó alguna lágrima. No podía creer lo que estaba viendo. El desierto impresiona muchísimo, te sientes muy pequeño en medio de la nada, estás rodeado de dunas de arena y al fondo se veían dos dunas altísimas, no podía dejar de mirarlas. La primera impresión es increíble. Dani y yo nos mirábamos en silencio, repletos de ilusión, sobraban completamente las palabras y cualquier cosa que dijéramos para describirlo se quedaba corto.

Desierto de Merzouga, Sahara

Llegamos al campamento, soltamos las mochilas y nos fuimos a caminar por el desierto. Pasamos la primera zona de dunas, seguimos caminando, hacía muchísimo aire, estaba nublado y veíamos que las nubes negras se acercaban aún más. No tuvimos una puesta de sol llenas de color pero el paisaje era tan espectacular que no hacía falta. El color naranja de las dunas impresionaba, el tamaño de ellas y no ver civilización alrededor también. La soledad. El viento. La arena. Nos pusimos nuestros fulares a modo de turbante bereber con la técnica que aprendimos a hacer para cuando hay tormentas de arena. Y pasear en medio de la nada. Estar quietos simplemente mirando el paisaje en silencio. Quería inmortalizar ese momento, esas sensaciones de felicidad absoluta. De verdad. No puedo tratar de describirlo mejor y sé que me estaré quedando corta con lo que sentía dentro. Tenía la cámara colgada y dejaba de hacer fotos porque no hacían justicia a la realidad.

Desierto de Merzouga, Sahara

Después de hora y media caminando por la arena volvimos al campamento para descansar en la zona común. Habíamos reservado una botella de vino y la abrimos antes de empezar a cenar mientras terminaba de caer el sol. Se hizo totalmente de noche, una oscuridad que lo invadía todo y el camino de alfombras entre las jaimas se llenó de antorchas y velas encendidas. Empezó a llover. Los chicos del campamento estaban haciendo una hoguera para ver las estrellas, pero el cielo estaba cubierto y hacía mucho viento. Olía a tormenta y estando en el desierto provocaba ese olor tan peculiar y agradable de verano. Empezamos a cenar lo que habían preparado y de la cocina no paraba de salir abundante cantidad de comida cada vez más rica. Cenamos de maravilla, con la tormenta encima de nosotros. Daba mucho respeto porque cuando la ves en casa te sientes protegido pero debajo de telas impone mucho más. Dani y yo jugamos a averiguar a cuántos KMs de distancia estaba la tormenta, contábamos los segundos entre el rayo y el trueno. Caían rayos que en medio de esa oscuridad que tanto impresionaba, iluminaba las enormes dunas del fondo. Al terminar de cenar volvimos al salón común y allí los chicos marroquíes empezaron a cantar y a tocar música con instrumentos de música de la zona. Esa noche caímos rendidos, explotaba de amor y nos dormimos con el sonido de la lluvia de fondo.

Desierto de Merzouga, Sahara

A la mañana siguiente nos despertaron a las 5:30 y nos dijeron que íbamos a montar en camello para ver amanecer. A mí, que me impone mucho la oscuridad, me dio un poco de angustia ver que si caminaba en línea recta no veía nada a mi alrededor y pensar en hacer lo mismo subida a un camello me preocupaba un poco. Me subí al camello casi en tinieblas y a los pocos minutos ya estábamos caminando. Hacía muchísimo frío y viento. Al no haber nada que te tape la corriente, la sensación térmica era incluso menor. Los camellos con su ritmo tan pausado y calmado transmitían mucha tranquilidad y tras llegar a la base de la duna, se sentaron para descansar.

Merzouga al amanecer

Subimos la duna caminando, los pies se hundían y era muy difícil llegar a la cima, pero al llegar arriba del todo, empezaban a asomar los primeros rayos del sol entre las nubes. Parecía que después de la tormenta no iba a amanecer nunca, pero como decimos en Galicia, “al final siempre abre”. Y vaya que si abrió, salió el sol y al fondo nos dijeron que lo que se veía era Arabia. Y otra vez, dabas vueltas sobre ti mismo y lo único que se veían eran kilómetros y kilómetros de arena. Quería quedarme a vivir en el desierto o por lo menos disfrutarlo un día más. Pocas veces me he sentido así y solo pienso en volver a repetirlo. No sé si en ese desierto o en otro, pero me muero de ganas de volver a ver algo así.

KamKam Dunes

 

Vimos amanecer en las dunas y eso me hacía tremendamente feliz. Estaba tan ilusionada que casi no desayuné, así que cogí unas galletas y las guardé para el viaje. Nos esperaban 10h de minibús atravesando de nuevo el Atlas, donde se nos hizo de noche y si ya daba vértigo cruzar esas carreteras de un solo carril, con camiones, adelantando coches y otros minibuses, hacerlo a oscuras, era aún peor. Había momentos que pensaba “esto no lo cuento”. Como no se veía nada, íbamos con el mapa del móvil abierto para saber si quedaba mucho. Fue un viaje duro y eterno, sobre todo porque tras vivir algo tan bonito y con tanta intensidad el día de antes y la misma mañana, después te da el bajón y como era el penúltimo día, solo teníamos ganas de volver al riad, descansar y aprovechar las últimas horas de la mañana antes de coger el vuelo de vuelta.

Dejando Merzouga atrás

Esa noche cenamos en la plaza, nos zambullimos en el caos y como todos los puestos resultan ser prácticamente iguales y estábamos agotados, nos sentamos en el primero que encontramos. Cenamos bien, ¡había que vivir la experiencia más auténtica de cenar en medio de todo ese jaleo! A la mañana siguiente, después de desayunar fuerte, terminamos de cerrar la maleta y nos fuimos al zoco otra vez para hacer las últimas compras. Unas babuchas, unos tajines, un pañuelo y algo de bisutería. Como era primera hora, decían que éramos los primeros clientes y que teníamos precio especial, pero nosotros que íbamos muy al grano porque teníamos prisa e hicimos bajadas de precio sin descaro. Estoy segura de que lo podríamos haber sacado todo mucho más barato, pero también queríamos gastar los últimos dirhams que nos quedaban y no nos importaba que nos sacaran un poco extra.

Zoco de las babuchas

Finalmente, con todo el dolor del mundo tuvimos que volver al riad, hacer el checkout y subir al transfer que nos llevaba al aeropuerto de nuevo. No nos sobró tiempo y quizá el viaje con un día más habría sido más pausado, pero sinceramente, con cinco días teniendo dos de ellos el viaje hasta llegar al desierto, da tiempo a verlo todo. No te haces una idea de las distancias hasta que estás allí, pero está todo más cerca de lo que parece. Y lo mejor, es que desde Madrid se tarda hora y media aprox de vuelo, por lo que si tienes ganas de repetir, es una escapada fácil y muy muy agradabe.

De verdad, si no habéis ido nunca, dadle una oportunidad a Marrakech. Superó todas mis expectativas.

 

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Volver a escuchar. O hacerlo por primera vez.

Fotos bonitas que me hace SallyFoto

Hoy quiero hablar de algo bastante personal que poca gente sabe. Es algo por lo que a día de hoy no tengo ningún complejo pero que de pequeña cuando me lo detectaron en el colegio sí fue algo incómodo.

Desde siempre recuerdo jugar cuando era niña al teléfono escacharrado, a veces era la primera en oír el mensaje en murmullo y mis amigos decían que me inventaba el mensaje. Yo decía que no, que me lo habían dicho así. Todo quedaba en una anécdota, nos reíamos y al día siguiente volvíamos a jugar. Igual ya no me sentaba la primera pero seguíamos jugando. Así fueron pasando los años, pero durante primaria cuando me sentaba en útima fila, casualmente mis notas bajaban. En casa me decían muchas veces que estaba en mi mundo, que no atendía, que no prestaba atención. Me tenían que repetir las cosas mil veces y a veces se enfadaban conmigo.

En secundaria me cambiaron de colegio y me resultó difícil encontrar un grupo de amigos, por lo que llegué a pasar por etapas de bullying (pero eso es algo en lo que no quiero centrar este post). Justo en esa época, en una revisión médica que me hicieron los médicos del colegio con mis compañeras de clase delante, me detectaron que tenía problemas de audición. La verdad es que recuerdo que me morí del corte cuando me lo dijeron delante de las chicas que se metían conmigo, no sabía a dónde mirar, pensé que ahora encima tenían otra cosa más que llamarme. Llegó a casa mi informe médico y me señalaron que fuese al otorrino para revisarme los oídos.

Fuimos al médico, me hicieron un estudio durante unos meses o incluso un par de años  y un TAC para ver si había alguna lesión. Descubrieron que no había nada raro pero que tenía una hipoacusia moderada en el oído interno que por suerte no era progresiva. El médico preguntó si por casualidad había nacido con la bilirrubina alta y confirmamos que sí. Me dijeron que esa era la causa de mi pérdida de audición y que había sido de nacimiento, una hipoacusia neonatal bilateral causada por la hiperbilirrubinemia. En los últimos años se ha descubierto que nacer con la bilirrubina alta, en algunas ocasiones puede afectar al nervio auditivo. Pero que no os alarme, no es el fin del mundo ni le pasa a todos los bebés pero sabiéndolo, conviene revisar mejor los oídos. Creo que ese día rondaba los 13-14 años aproximadamente. Así que había pasado 14 años de mi vida escuchando mal y todos sin saberlo.

Durante estos años he hecho vida normal porque tengo la suerte de que no es una pérdida que llegue a la minusvalía mínima, se puede vivir con ello. Y no pasa absolutamente nada. La parte mala o algo incómoda es que eso no me permite tomar medicamentos ototóxicos o alimentos con quinina, ya que hacen que esa pérdida se pueda agravar. También te dicen que no puedes ponerte vacunas de enfermedades tropicales ya que son agresivas para el oído (y si ya lo tienes algo dañado, puede aumentar el riesgo de esa pérdida). Que a efectos prácticos y traducido a humano, esto significa que no puedo tomar ibuprofeno (ni otros fármacos menos comunes) ni tónica. Así que esto implica dos cosas. Por un lado, los cócteles de ginebra los pido con Sprite o refresco de limón y las menstruaciones las sufro sin encontrar un analgésico que me permita no echar a perder un día al mes de mi vida. Porque sí, soy de las mujeres que tiene menstruaciones extremadamente dolorosas y si antes con el ibuprofeno podía hacer vida normal, desde que me quitaron este fármaco, esos días del ciclo me quiero morir porque no hay nada que me devuelva a la vida. Ni bolsas de agua caliente, ni quitarme el café y teína, ni andar a gatas por la casa, ni tomarme un chupito de ginebra sola (remedio de abuela), ni nada. Dolores, cólicos, calambres y mareos durante 24h.

Volviendo a lo que implica tener pérdida de audición en mi día a día, a mi pareja le he dicho siempre que si se pone cariñoso no me susurre nada al oído porque inmediatamente romperé la magia contestando ¡¿QUÉ?! Otro detalle es que al ver la televisión tengo que tenerla a un volumen considerable para entender todos los diálogos. Pero como a veces esto es muy molesto para la otra persona, acabo entendiendo lo que pasa en la película por el contexto y las citas importantes las busco después en Google. Otro detalle es que cuando estoy con gente en una cena y hay ruido de fondo, o leo los labios o no entiendo lo que me dicen. En reuniones de trabajo me aporta inseguridad porque tengo que estar aún más alerta por si me preguntan algo. Todas esas pequeñas cosas con las que una acaba conviviendo se traduce en estrés y fatiga. Cosas que mis amigas me han traducido como que “a veces estás empanada” o que por las noches estoy extremadamente cansada sin haber hecho apenas esfuerzo físico. Porque el cerebro de una persona que no escucha bien, trabaja el doble o triple que el de una persona normal, ya que tiene que estar en permanente alerta por si oye algo que no identifica.

Las pasadas navidades probé los audífonos de mi abuelo y aunque no estaban configurados a mi pérdida, aluciné porque de repente mi madre me susurró algo y la entendí a la perfección. Al principio creía que me estaba vacilando y que me estaba hablando alto pero luego lo repitió más veces sin audífonos y con ellos y la diferencia era abismal. Antes de la anécdota de ese día, mi pareja me llevaba diciendo unos meses que debía revisarme la audición porque me notaba más sorda de lo normal. Tras darle muchas largas diciéndole que no era progresivo, que oía igual de mal que siempre, al final accedí a volver al médico y me dijo que ya tenía una pérdida suficiente como para poder plantearme llevar unos audífonos.

Mis padres y yo nos pusimos manos a la obra en busca de una marca que nos transmitiera confianza y dimos con GN, que trabaja con Beltone y ReSound. Estas dos marcas son gamas altas de los audífonos que hay actualmente en el mercado. El día que fuimos a conocerlos a sus instalaciones, nos hicieron una visita a la fábrica, lo que hizo la experiencia única, ya que entendí a la perfección como funciona un audífono y cómo es la maquinaria que lleva dentro. (Siento no tener fotos del interior, estaba demasiado atenta a las explicaciones) Porque de verdad, básicamente lo que llevas en la oreja es un ordenador del tamaño de una lenteja. Allí me volvieron a hacer pruebas y me ajustaron unos a mi pérdida. Además de eso, lo que más me gusta es que ReSound cuenta con una app que puedes controlar desde el iPhone y el iWatch. Mi audioprotesista puede acceder a la configuración de mis audífonos en remoto, instalarme programas nuevos y desde casa con la app puedo descargarlo y automáticamente se me configuran los audífonos. Sin necesidad de ir a una clínica de forma periódica a que me los ajusten.

Y en cuanto a la experiencia, os puedo confirmar que es una auténtica gozada poder escuchar como una persona sin pérdida. De hecho, es posible que escuche incluso mejor. A la hora de ver la televisión, puedo usar un accesorio que me permite escucharla directamente en los oídos. Hay otro accesorio que se lo puedo dar a mi padre y si da clase o una conferencia, aunque me vaya a la última fila, escucharía su voz directamente en el oído. También puedo escuchar llamadas de teléfono o música a través de ellos, por lo que en el metro cuando muevo la cabeza marcando el ritmo, la gente me mira raro porque ni siquiera me ve unos AirPods o unos Beats. Son completamente invisibles, los míos son pequeños de color beige clarito, externos, simplemente asoma un cable transparente y el resto queda tapado por la propia forma de la oreja. Son más invisibles que los internos, que se parecen a los pinganillos que llevan los presentadores en la televisión y que se ven si se mira la oreja de lado. Y aunque no fueran invisibles, a mí personalmente me daría igual, porque llevar tecnología encima y wearables, me encanta. Una no deja de ser geek ni aunque tenga problemas de audición. Tecnología que pueda llevar puesta encima y que encima facilite la vida, que venga a mí.

En definitiva, si alguien alguna vez detecta que no escucha bien, que lo consulte con un profesional, porque en la mayor parte de los casos, hay solución. Cuando de repente vuelves a oír, o como yo, escuchas por primera vez un montón de sonidos que te has estado perdiendo, es increíble. La primera impresión al ponérmelos es cierto que me resultó muy molesta, tuve la sensación de que “el mundo y la vida suenan demasiado alto”. Me los configuraron en un programa de adaptación para que no me diese impresión y me causara rechazo oírlo todo tan alto desde el primer día. Me tuve que acostumbrar a sonidos que en mi vida habían pasado desapercibidos.

Es posible que si los llevas oigas el ruido de tu pelo al moverse si tienes el tic de tocártelo a menudo o que oigas el roce de tus manos al pasarlas por un tejido. Pero tienes que reeducar tu oído y aprender a distinguir a qué sonidos tienes que prestar atención. Por suerte los mejores audífonos cuentan con reductores de ruido y puedes cancelar el sonido del viento, función que va de maravilla cuando estás en la calle un día de ventolera. Aunque al final tu cerebro aprende a no escuchar un ruido molesto como ese. El viento se escucha como cuando hablas por teléfono con alguien que está en un lugar ventoso. Pero solo los primeros días, yo ya casi no lo oigo. Si pasas cerca de un sitio con obras, con el reductor de ruido también puedes evitar que te lo amplifique. Pero lo mejor es que después de un mes llevándolos a veces reviso el móvil para ver si están encendidos porque los tengo tan integrados en mi vida que pienso que escucho bien sin necesidad de que estén funcionando. El cerebro es muy inteligente y aprende a mimetizar sonidos que antes eran nuevos como algo natural. Te recomiendan que al principio los lleves unas horas en casa, luego que vayas aumentando esas horas, luego salgas de casa un ratito con ellos y así poco a poco te vas acostumbrando a los sonidos nuevos.

Además de contar con un aparato de alta calidad, es importante que cuentes con un experto, en este caso un audioprotesista que te transmita confianza y que te ayude a integrar los audífonos en tu día a día. De nada sirve llevar un aparato bueno si sales de la clínica con ellos y no te aseguran que te harán un seguimiento para conocer tus impresiones y tu progresión. Es por eso por lo que muchas personas adultas y mayores sienten rechazo hacia los audífonos. Se necesita un buen equipo tecnológico y un buen equipo humano que te ayude a incorporarlo en tu día a día.

Si alguien necesita ayuda para dar el paso, ya sea por él mismo o por un familiar y quiere saber más sobre mi experiencia antes de decidirse, que no dude en mandarme un mensajito. Estaré encantada de contar en más detalle cómo está siendo mi experiencia. Yo lo hice con algunos conocidos antes de decantarme por usarlos, ya que siendo algo del oído que nadie más que el que lo sufre lo puede entender, ayuda mucho hablar con gente que de verdad está teniendo una buena experiencia con ellos y que puede saber a la perfección como te sientes.

Sin duda a mí me ha mejorado mi calidad de vida y estoy segura de que también la de los que me rodean. Cuando me los quito es como si llevara tapones en los oídos, hasta que me acostumbro a volver a escuchar como lo solía hacer durante 23 años. Desde que los uso, he pasado de tener que parar en cada conversación para repetir cosas mil veces a tener conversaciones totalmente fluidas. De repente soy más consciente de todo lo que me rodea. Disfruto de oír a mi gatita desde la otra punta de la casa, a mi pareja cuando canta distraído mientras hace cualquier cosa, a mis padres cuando me hablan y no tengo que preguntarles mil veces qué han dicho, en una reunión de trabajo cuando me siento más segura de mí misma y sé que no me estoy perdiendo nada.

Y esto no lo cambiaría por nada en el mundo.

Pasa, corazón

Nuestro primer viaje. La primera mañana de nuestra primera escapada, buscando la primera cafetería donde desayunaríamos pasteles de Belém. Esos que me pierden y que me podría comer una caja entera de una sentada. Recuerdo este viaje con muchísimo cariño, lleno de primeras veces juntos, sin saber la de viajes e historias que surgirían después.

Recuerdo la emoción de comprar un mes antes aquellos vuelos sin saber aún lo que éramos, lo que acabaríamos siendo. Comprarlos contigo porque quería volver a verte, me daba igual todo lo demás. Sin complicaciones, si quería besarte lo iba a hacer, si después no iba a más no pasaría nada, porque yo aquel día no quería relaciones a distancia. Y tú me decías que tampoco, que estábamos disfrutando del momento, que lo mismo sería simplemente un amor de verano. No éramos pareja pero éramos dos personas que se disfrutaban cuando estaban juntas. Caminábamos por la calle de la mano, porque sí, porque nos gustaba el cariño y la compañía. Nos besábamos en una esquina, porque sí, porque nos daba un arrebato de cariño. No queríamos darle un nombre concreto. Nos reíamos de los camareros que nos decían “parejita, os dejamos aquí la cuenta”.

Eras mi +1, esa persona a la que quería tener cerca, sin darle explicaciones a nadie. Hasta que me enamoré y decidí que quería llevar a cabo el resto de aventuras, que no quería un amor de verano, que quería un amor de veranos, otoños, inviernos y primaveras. Contigo.

Con sabor a beso

El otro día salí a cenar con mi pareja. Era el típico sábado noche en el que nos damos cuenta de que no tenemos planes y nos hemos dedicado a disfrutar de estar juntos sin salir de casa. Pero esa noche no nos apetecía cocinar y nos arreglamos un poco para salir a cenar algo sencillo. Fuimos a una famosa cadena de restaurantes italianos y pedimos cuatro platos. Él no había estado nunca ahí por el hecho de haber vivido fuera de España los últimos años y yo llevaba sin volver ahí casi tres. Pero recordaba perfectamente los nombres de lo que solía pedir, así que pedí eso mismo, casi sin mirar la carta.

Lo que me gustó de la cena, fue volver a probar esos platos. Partiendo de la base de que es una franquicia y lo que te dan sabe igual en todas partes. Pero precisamente por eso, esta vez (y puede que sea la única vez que me alegre de esto en una franquicia) me gustó. Mi cabeza hizo un flashback exprés e inmediatamente después le dio al play. Como si de repente pasaran a cámara rápida mis últimos ocho años hasta el día de hoy. Mismos platos, misma cadena de restaurantes, distinta compañía, distintos momentos vividos, distintos años los míos. Y entonces me puse a reflexionar en voz alta con mi pareja sobre ello.

Mi persona favorita

Los platos llevaban mucho queso (para qué negarlo), así que eso ya suponía empezar bien la cena y que sintiera felicidad en cada bocado. Empecé a hablar y me di cuenta de lo que me había cambiado la vida desde la última vez que comí eso. Sobre todo, me di cuenta de que volvía a vivir en Madrid pero mi vida era completamente distinta. Distinta casa, trabajo y gente de la que me rodeo y con la que comparto mi día a día. Y distinta yo, porque he cambiado, he aprendido por el camino y me sigue quedando mucho por hacer. Sin embargo, mantengo amigos de esos que se cuentan con los dedos de una mano, con los que quiero seguir compartiendo mi vida en los próximos años. Por eso estaba agradecida a ellos, a mis padres, a mi pareja y sobre todo a mí misma por haberme llevado hasta este punto y al estar hoy donde estoy. También agradecida a mi gatita aunque ella no lo sepa, pero si me entendiese, le diría que ya no concibo mi día a día sin ella.

Hay cosas que necesito que salgan adelante para poder seguir construyendo mi vida y el resto de proyectos a futuro que quiero llevar a cabo, pero a día de hoy, estoy feliz. Y así, con esta reflexión, volvimos a brindar y terminamos de cenar. Volvimos paseando a casa, nos pusimos el pijama y jugamos con la gatita antes de dormirnos. Así, una sencilla noche de un sábado cualquiera.

Estás aquí para ser feliz

El otro día me preguntaron qué era para mí el futuro. Me quedé pensando sin saber qué responder, hasta que más tarde estando en la ducha dándole vueltas, justo donde no podía apuntar nada, se me ocurrió una respuesta. La pregunta me la hicieron en otro contexto así que esta respuesta tan personal solo era válida para contarla aquí. O entre tú y yo alrededor de unas cervezas.

La verdad es que siempre había soñado que en el futuro me encantaría vivir en un piso luminoso y alto en Madrid, con mi pareja y una gatita. Lo que el otro día me hizo darme cuenta de que los sueños se cumplen y aquí estoy, en Madrid, en nuestro piso luminoso y alto, viviendo en pareja y con una gatita de mes y medio que nos tiene encandilados.

Desde que nos surgió la oportunidad de volver a casa no he podido estar más contenta. Los días de transición entre Barcelona y Madrid fueron bastante agobiantes, con las vacaciones ya planeadas y con los billetes ya comprados en medio, descansando física y mentalmente a la vez que íbamos buscando casa fueron bastante ajetreados. La mudanza en sí, también, fue nuestra primera mudanza con muebles que se iban a un almacén hasta que tuviésemos  lugar donde colocarlos. Empaquetamos la incertidumbre sin saber cuánto tardaríamos en desembalarla, hasta encontrar la casa soñada. Pero por suerte apareció, mucho antes de lo que esperábamos. Eso sí, con bastante tensión por los papeleos y condiciones que nos pusieron para conseguir que llegara el ansiado día de la firma del contrato. Recuerdo que ese día llegué en metro y mientras esperaba en la calle escuchando música, no sé si del aire fresco a primera hora de la mañana o de la emoción, mezclado con una canción emotiva, empezaron a llorarme los ojos a mares mientras buscaba desde la calle las que iban a ser nuestras ventanas de casa. Miraba hacia arriba mientras pensaba “lo conseguimos”. Tras leer todas las condiciones en una casa completamente vacía de muebles, pero llena de ilusión, firmamos el contrato que nos permite estar en esta casa, durante al menos cuatro años.

Nuestras vistas

Entonces me entró un poco de vértigo. En cuatro años será 2021 y hasta esa fecha da tiempo a que pase cualquier cosa. En un año hasta he podido estar de vuelta en Madrid tras haber vivido en Berlín y Barcelona, en cuatro… Me encantaría tener un buen puesto de trabajo en una empresa de la que me sienta orgullosa de formar parte, estar casada con mi pareja o al menos preparándonos para ello, con una independencia económica que me permita no depender de nadie, poder seguir disfrutando de poder compartir casa con nuestra gata, con la posibilidad de poder viajar y seguir aprendiendo de otras culturas…

Pero sobre todo, lo más importante, quiero seguir siendo feliz. Podrá parecer un tópico, pero en los últimos meses he tenido rachas que no han sido todo lo buenas que esperaba. De despertarme malhumorada y sin ganas pagándolo con mi pareja, sin tener él la culpa de absolutamente nada. De sentirme a ratos sola, en una ciudad atestada de gente, donde no terminaba de encontrarme. A pesar de haber estado aparentemente bien, he acabado necesitando el apoyo de los que más me quieren, porque aún teniendo todo lo que necesitaba, tuve días de derrumbarme y llorar en medio de un abrazo.

Pero hoy, por fin sin distancias, vuelvo a encontrarme bien y con más energía que nunca. Así que sí, en los próximos cuatro años y siguientes quiero seguir siendo feliz. Que las personas que me rodean ahora, sigan estando a mi lado para entonces. Poder brindar por el amor, por celebrar un nuevo puesto de trabajo, por el nacimiento de un hijo, por una pedida de mano… Seguir pudiendo contar con las amistades que me han visto crecer, con las recientes que se han incorporado y con las que sin esperarlo ya he celebrado grandes momentos. Seguir llenando la casa de cenas y brindis por todo lo nuevo que estamos viviendo.

La princesa de la casa

Solo llevamos una semana en nuestra nueva casa, recibiendo amigos y familiares que vienen a vernos. Desde la firma no he podido parar de repetirles lo inmensamente feliz que me siento de poder estar aquí. Con la persona de la que estoy enamorada, viendo atardecer cada día con el skyline de Madrid, disfrutando de decorar la casa y llenarla de detalles bonitos, de poder cuidar de mí misma, de mi pareja y de nuestra reciente bebé gatita de mes y medio.

Por favor, que los siguientes cuatro años sean iguales o mejores que estos momentos. Que de las malas rachas sigamos sacando aprendizajes que nos hagan cada vez más fuertes.  Y sobre todo, que nos hagan estar felices y orgullosos de estar donde estamos.

🙂

Berlinweh

Berlín – Julio 2016

He hablado mil veces de lo que Berlín ha significado para mí y hoy quería volverlo a hacer. Tengo morriña de Berlín y lo mejor de todo es que hay una palabra en alemán que significa exactamente eso, que es la que titula este post, Berlinweh. Weh significa “ay”/dolor/mal/pena y se usa como lo que los gallegos llamamos morriña, o como se dice en inglés “homesickness”. A ese -weh se le añade la palabra Berlín y los alemanes ya tienen una forma de describir ese sentimiento.

Hoy, hace un año que volé a la ciudad que más me ha marcado en mi vida. Una ciudad que me vio empezar una etapa nueva en la que no había guión escrito. Una ciudad en la que me enamoré profundamente y en la que muchos sueños se hicieron realidad. Y se siguen haciendo. Hoy hace un año que me fui de casa y hoy, un año después no me imaginaba que cambiarían tantas cosas en tan poco tiempo. Si me dijeran el año pasado donde estaría hoy, todo lo que iba a vivir y a dónde estaría yendo, posiblemente me costaría creerlo. Y lo mejor, todo lo que hoy viene por delante.

(Sí, puede ser que hayas visto estas palabras en mi Instagram, pero quería repetirlas también en el blog, para que queden siempre aquí).

Además, hace tiempo encontré esta lámina de Martin Schwartz un artista de Copenhague. Iba a publicarlo algún día, así que esta ocasión me parece perfecta. Me encanta la ilustración y sobre todo me gusta la descripción que he copiado más abajo. Describe lo que hace especial a esta ciudad, lo que quizá es lo que hace que cualquiera que la pise, no se vuelva a casa como si hubiese visitado “una ciudad más”. Porque una vez la conoces, Berlín nunca pasa desapercibida.

Ilustración de Martin Schwartz

“Berlin is like the unnoticed girl in the classroom of European capitals. She may not be a classical beauty such as Paris or Rome, but once you get to know Berlin, you will discover this city’s many unique qualities. Here you will find a mixture of new and old, ugly and beautiful. Like no other city, Berlin knows how to transform the rawness of concrete into something hip. The many aspects of this city is what gives it its charming and colorful soul. The many concrete buildings from the post war (plattenbau) are erected next to beautiful new classical apartment buildings and will remind you, that only 70 years ago this city was nothing but a pile of ruins.” – Martin Schwartz

Finalmente quería contar que pronto publicaré una guía y un MyMaps de Berlín donde hablaré de mis sitios favoritos, aquellos a los que os llevaría si pasáramos unos días juntos en esta ciudad. Es algo que he escrito con mucho cariño y que he ido enviando a amigos que me han dicho que iban de visita unos días. Tras mandarla por email, he pensado que mi blog sería un buen lugar para publicarla. En cuanto esté disponible, la encontaréis en una pestaña nueva que espero abrir dentro de poco. Por favor, cuando vayáis a ir, contádmelo o preguntadme, ya sea por aquí en comentarios, por email, por Twitter, Instagram… Por donde sea, me hace ilusión veros por Berlín. Es como volver a estar allí.

Pronto, volveré con novedades que contar, pero todavía no puedo hacerlo aquí.

¡Seguiré informando!

“Casa” tiene varios significados

Este fin de semana estuve en Madrid. Han sido 48h relámpago que han valido para mucho. La semana pasada fue mi cumpleaños y el domingo lo fue de mi padre. Mi pareja y yo nos presentamos el viernes en un restaurante para darle una sorpresa a mi padre, que esperaba cenar con mi madre y unos amigos. Llegamos más tarde que ellos y al entrar, como estaba de espaldas le tapé los ojos y le pregunté “¿quién soy?”. Al quitar las manos, de repente se encontró conmigo y se dio cuenta de que las personas con las que iba a cenar esa noche éramos mi madre, mi pareja y yo. Fue una gran velada acompañada de brindis llenos de amor. Al día siguiente, entre risas y abrazos de reencuentro, comimos paella casera con amigos y familiares. Por la noche cenamos en casa de otra amiga que celebraba sus 30 y acabamos saliendo a una discoteca a la que solíamos ir cuando teníamos 18. Finalmente, el domingo mi madre nos llevó a casa de mis suegros y al despedirme se me hizo el primer nudo en la garganta. Después de comer ellos nos llevaron al AVE para volver a Barcelona.

Podría haber sido un fin de semana cualquiera pero realmente no lo fue. Ayer al coger el tren, por primera vez me di cuenta de que iba a “casa”, pero no era a mi casa-casa de siempre, donde estar con mis padres y despertar en mi habitación grande con su ventana por la que entra el solecito cada mañana. Esta vez volvía a casa. Mi casa-nueva. Con mi pareja, en Barcelona, donde nos esperaba hacer la cena y acostarnos pronto para ir hoy a trabajar.

Era la primera vez que volvía a Madrid después de haberme ido a vivir fuera con la vida organizada y ha sido extraño. Era volver a mi casa-casa y sentir la pena de no poder quedarme allí, porque mi casa-nueva estaba en otro sitio. En otra ciudad. Y me ha dado pena, aunque no pena mala, sino pena de morriña. Morriña de estar creciendo y viviendo una nueva etapa. La de dejar el nido, la de querer estar con mis padres y llenarme de mimos cualquier domingo por la tarde, cuando realmente mi sitio está empezando a estar fuera. Estoy empezando mi nueva vida, con mi pareja, con un trabajo y una casa-nueva en la que seguir creciendo. Volver a casa-casa me ha provocado por primera vez sentir morriña y pena de no poder quedarme cinco minutos más. Ha sido despedirme de mis padres otra vez y en esta ocasión sentir que estoy empezando “mi vida de mayor, la que yo sola he elegido”. Con la persona de la que estoy enamorada, con el trabajo que nos ha salido a los dos y en la ciudad que aún no conocemos bien. Vivir en Berlín fue una maravilla, una experiencia que recomendaría a cualquiera, pero cuando estaba allí y volvía a casa-casa unos días mi sensación era la de siempre. No esta nueva que he sentido ahora. Hoy está empapada de morriña.

Hay gente que me ha criticado que igual voy muy deprisa. Pero no considero que sea rápido o lento, simplemente como ha surgido, cada uno tiene sus tiempos y el mío está siendo este. Quizá pueda interpretarse como una vida más arriesgada por ser la única de mis amigos de mi rango de edad que esté viviendo esta etapa, pero es así.

Una parte de mí quería quedarse en Madrid, en mi casa-casa con mi vida de siempre. La otra quería volver a Barcelona, a mi casa-nueva, a mi nueva vida. Como fueron mis suegros los que nos llevaron a coger el tren, llamé a mi madre para decirle que ya estaba dentro del vagón. Me dijo que se había aguantado las ganas de ir a la estación a decirme adiós otra vez. Se me hizo el segundo nudo en la garganta. Mi sitio del AVE estaba repleto de emociones que se contradecían mientras buscaba distraerme con el paisaje.  Mi pareja me cogió la mano y me miraba en silencio, con amor. Lo hizo durante las tres horas de viaje. No me decía nada, pero creo que sabía lo que podía estar sintiendo. Tenía el mismo nudo en la garganta, que no se iba. En realidad era el que llevaba teniendo todo el día. A veces apretaba fuerte y otras más flojito. Mi cabeza decía: “que no, que yo quiero volver a mi Madrid, me bajo en la siguiente estación y vuelvo a casa-casa”. Mi corazoncito decía “estoy enamorada, quiero seguir haciendo mi vida con él, en Barcelona o donde sea”. Y aquí estoy, en Barcelona. En mi casa-nueva que tanto me gusta decorar y ordenar a nuestro gusto.

Con lo que me quedo de este fin de semana es con las palabras que le dijo mi madre a él al bajar del coche: “Gracias por cuidarla”. También me quedo con el mensaje que me dijo ella por la noche cuando hablamos por chat: “Me ha encantado verte, te he visto contenta, te cuida mucho”.

Vaya si lo hace.

Y mis padres también, aunque tenga que ser en la distancia.