El cepillo de dientes

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Muchas historias comienzan con un cepillo de dientes.

Cepillos de dientes que pueden contener trazas de “quédate esta noche un ratito más”.

Ese momento en el que tenemos un feeling de que vamos a pasar muchas noches con esa persona en casa. Una historia que nos gusta. Que nos apetece que dure. No una ni dos lunas. Más de tres y cuatro. Semanas. Meses. Darle el tiempo que se merezca.

No recuerdo cuándo empezaste a tener cepillo de dientes en mi baño. Pero sí cuándo dejaste de tenerlo. Tras cortar, lo mantuve unos días por si te arrepentías o por si alguna noche venías a cenar y nos quedábamos hablando hasta tarde. Luego asumí que eso no iba a pasar y lo mantuve un poco por nostalgia. Finalmente me di cuenta de que molestaba tenerlo tropezando con el mío o incluso confundiéndome al coger el que no es.

Tiré el tuyo a la basura, no era necesario tenerlo. Ni remover recuerdos cada vez que lo veía. No dueles, no. Pero hay cosas que simplemente no es necesario mantener.

Unos días después empecé a tener cepillo de dientes no solo en mi casa.